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Navidad, consumismo y precariedad

Por Wilfredo Ardito Vega

24 de diciembre, 2013.- Amigas y amigos. Espero que estas reflexiones no sean aguafiestas, sino que les motive a vivir las celebraciones navideñas de una manera diferente. Les recomiendo también los comentarios que siguen a la RP, donde se aprecia cómo muchos peruanos son percibidos en el extranjero y en el Perú.

Como saben, la RP de la semana próxima será un balance sobre lo que ha ocurrido durante el 2013 en la lucha contra la exclusión.

Un fuerte abrazo navideño para todos,

Wilfredo

Navidad, consumismo y precariedad

Por Wilfredo Ardito Vega

-Espero que el estrés navideño no te esté afectando mucho –me escribe un amigo desde Alemania.

-Para nada –le respondo -.   Tomé varias decisiones para evitar el estrés.

Muchas personas sostienen que diciembre es el mes más agobiante del año,  con terribles congestiones de tráfico, colas en los bancos y tiendas, multitudes que pugnan por moverse en los centros comerciales, a lo cual se suma el creciente calor.   Y, naturalmente, las prisas, tensiones, angustias y frustraciones, son el peor ambiente para que florezca el “espíritu navideño”.

En realidad, este panorama tiene muy poco que ver con la Navidad o con el espíritu. O quizás sí, pero con el espíritu de una nueva fe, llamada consumismo.

Esta religión contemporánea tiene la habilidad de no oponerse al cristianismo tradicional de manera abierta, sino de aprovechar sus celebraciones. Eso sí, el consumismo sus propios centros de peregrinación, cada vez más numerosos, desde Gamarra hasta los centros comerciales, que se abren por todo el país, como nuevos santuarios donde los conversos acuden para cumplir sus obligaciones rituales.

Abrumadoramente, la Navidad va siendo representada por los símbolos del consumismo: renos, trineos, duendes, gorros rojos, nieve, todos elementos ajenos al clima veraniego que existe en diciembre en gran parte del Perú (mientras escribo estas líneas, la Municipalidad de San Isidro ha instalado tres árboles de Navidad frente a mi casa). Es más, San Nicolás, un obispo que pregonaba la solidaridad con los necesitados, ha sido deformado para convertirse en Papa Noel, cuya terrible función es enseñar a los niños a anhelar regalos.

Así, se ha logrado convencer a los propios cristianos que las ofertas, los regalos y las aglomeraciones son parte de la Navidad, lográndose que pasen desapercibidos los austeros rituales del Adviento. Inclusive, la Nochebuena, en que supuestamente se recuerda el nacimiento de un niño pobre, se ha vuelto un pretexto para cenar hasta el exceso.

A la religión consumista no le hacen falta catequistas o misioneros que van de puerta en puerta: sus mejores predicadores son los medios de comunicación, gracias a los cuales, miles de pequeños devotos exigen juguetes, marcas, tamaños y colores. Mientras los estresados padres intentan complacerlos, quizás recuerden cuando ellos eran niños en tiempos austeros, y se limitaban a esperar ingenuamente alguna sorpresa la mañana del 25. De hecho, los dormitorios de muchos niños de esta época podrían surtir una juguetería de hace cuarenta años. Pese a la abundancia, hay niños que saben hacer sentir culpables a sus padres por no complacerles con cualquier capricho, por más costoso que sea.

Entretanto, el consumismo no se limita a pedir limosnas o diezmos, sino consigue extraer a sus feligreses hasta el dinero que no tienen, a través de las tarjetas de crédito.

Interesado en ahorrar al máximo costos publicitarios, el consumismo impone un modelo único de familia feliz, sin preocuparse en los sentimientos de frustración que producen en tantas familias donde los padres se han separado o algún integrante no puede estar presente. Y, por supuesto, siempre presentan familias blancas.

La deformación de la Navidad por el consumismo no sólo coexiste con la pobreza sino con la explotación: en universidades, empresas e instituciones públicas, quienes deben colocar los ostentosos adornos navideños son las personas que reciben los peores sueldos o trabajan para infames services.

Este también es el tiempo en que algunos bienintencionados organizan chocolatadas y repartos de juguetes, a veces obligando a un sufrido individuo a sudar bajo el disfraz de Papá Noel o que los niños pobres se pongan gorritos rojos, como símbolo del consumismo. En algunos casos, pareciera que estas actividades no están pensadas en los beneficiarios, sino en que los benefactores eviten sentimientos de culpa al celebrar la Nochebuena.

Sé que muchos piensan que todo este consumismo es el motor de la economía, pero yo no creo que haga mejores o más felices a las personas, menos aún que contribuya a una sociedad más justa o equitativa.

Sin embargo, sí creo que hay razones cristianas para ir a un centro comercial: desde apoyar a los trabajadores de Saga Falabella y Ripley que luchan contra los abusos de estas empresas hasta tomar fotos de las muñecas rubias que llenan los anaqueles.

Sé que en estos tiempos, mi ideal de Navidad es muy difícil de concretar, pues es una Navidad austera, pensando mas bien cómo pasaron José, María y Jesús la primera Navidad…  sin muñecos de nieve o tarjetas de crédito. En todo caso, desde que decidí abstenerme de compras navideñas, la paso muy tranquilo en esta época.

Ahora bien, quizás muchos compatriotas, en su vida precaria, pueden estar más cerca de la primera Navidad. A veces, pueden estar muy cerca de nosotros: el huachimán en su caseta, la empleada del hogar en el pequeño cuarto de servicio. Lo que decidamos hacer por ellos, durante todo el año, nos debería marcar especialmente en esta época.

ADEMÁS…

- Lamentamos profundamente el fallecimiento de Aristóteles Picho, extraordinario actor que enfrentó el racismo y la discriminación, tan frecuentes en los escenarios peruanos.    Como autor y director, también las denunció a través de la obra Iluminados.

- Después de años de luchas y tensiones, por primera vez fueron sentenciados en Piura varios autores del terrible delito de trata de personas. Sin embargo, esta práctica sigue muy presente en nuestra sociedad con total impunidad. Hay mucho por hacer al respecto.

- Hacemos llegar nuestra solidaridad al párroco de Cocachacra (Arequipa) José Caselli, maltratado ayer por los funcionarios del Ministerio de Energía y Minas por atreverse a decir que no eran de la zona los participantes en la audiencia para aprobar el Estudio de Impacto Ambiental de la empresa Southern Perú.

- En Huancavelica se ha dispuesto que profesores y directores de colegio aprendan quechua para comunicarse con los alumnos y padres de familia.  La misma medida debería aplicarse para enfermeras, médicos y policías.

APORTES Y COMENTARIOS: (Sobre la RP 489, relativa a si uno parece peruano o no).

- He llegado a la conclusión que según te miren otros, no soy peruana en mi país ni ponja en Japón (Una abogada nikkei).

- Estar en el DF es como despertar en un barrio desconocido de Lima: no sabes dónde estás específicamente pero sabes que estás en Lima… Y entonces, escuchas hablar a la gente y por el tonito sabes que empieza la Dimensión Desconocida (Walter Twanama).

- Me ha pasado lo mismo: a veces me confunden como árabe los mismos árabes. O los italianos creen que soy español. En Italia conozco también algunos peruanos que se esfuerzan por considerarse “blancos”.  Lo que más me disgusta es cuando ellos asumen también discursos racistas de los italianos contra los inmigrantes. Es verdad que entre los italianos prevalece el estereotipo de peruano como alguien tiene rasgos andinos y, al contrario de lo que ocurre en el Perú, lo asocian además con la belleza (Ramiro Llatas, abogado peruano desde Lombardía).

- A mí toda la vida en el Perú me han dicho "Chino" pero de chino no tengo nada (Un paciente ingeniero nikkei).

- En mi caso, en el Perú mucha gente presupone que tengo ascendencia extranjera ("Ya, tú eres peruano...pero.. tu papá, tu mamá, tus abuelos ¿de donde son?"), cuando salvo mi difunta bisabuela Sara -quien era chilena- hasta donde tengo conocimiento procedo de familias netamente peruanas, lo cual, desde luego, no me hace ni mejor ni peor persona que el resto (Un sociólogo de Lince).

- Yo no tengo ese problema, yo sí parezco de aquí -  ¡¡¡Gracias, pueblo!!!  (Una lingüista).

- Una lástima que en el Perú, ser peruano sea motivo de maltrato, lo de Cusco lo he visto y el asunto es promovido por las mismas agencias de turismo y muchas empresas que están allí. ¡Es un síndrome colonial! (Una abogada de Huancavelica).

- Cuando viajé a México con mi novia, me pasaba que pensaban que yo era, como se dice acá, brichero, pues asumían que ella era gringa y yo mexicano. Felizmente no pasó del tema anecdótico, y nunca me sentí discriminado (Un abogado peruano).

- En realidad en México es muy fácil confundirte. Cuando estuve caminando por Mérida, recuerdo que pensé: "Si me dijeran que estoy caminando en Chiclayo, probablemente lo creería". (Un empresario peruano).

- A mí me ocurría en Alemania, que jugaba fulbito con un grupo de músicos folclóricos que provenían de la sierra y muchos de ellos me decían que yo no debería ser vicecónsul porque no parecía peruano. Entonces, yo les preguntaba:  ¿y cómo debe "parecer" un peruano? Perú es un crisol de razas, la única condición es el sentimiento de pertenencia. ¡Ah!  También había algunos peruanos en el norte de Alemania, que parecían peruanos pero se sentían más alemanes que otra cosa (Un diplomático peruano).

-A mí me han confundido con turco en Miami, con griego en Washington, con filipino en Australia y con indio en Londres. Así es nuestro foco cultural milenario llamado Perú: todos y todas somos como de muchas partes y a veces, ninguna a la vez (Un administrador de empresas).

LA FRASE W:

Aprender a negar regalos caros a los niños tiene un valor ético extraordinario.

*Wilfredo Ardito Vega es abogado y catedrático nacido en Lima. El texto publicado forma parte del boletín:  Reflexiones Peruanas que se distribuyen por correo electrónico y se encuentran en la dirección: http://reflexionesperuanas.lamula.pe/

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