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20 monedas de oro: el precio de ser una princesa en Perú

Imagen tomada de Amnistía Internacional

Servindi, 14 de noviembre, 2013.- Compartimos con nuestros lectores la crónica ganadora del concurso “Estímulo Telefónica a la Comunicación” (ETECOM 2013) en la categoría prensa escrita. El texto cuenta la historia de “Sayumi”, meretriz adolescente del distrito de San Clemente en el departamento de Ica (Perú).

Ella es víctima de la mala política educativa de su país, la cual no le brinda las herramientas necesarias para su desarrollo personal y el de su pueblo. Es así que encuentra en la prostitución una “alternativa” para su desarrollo.

A continuación compartimos el artículo completo:

Por Milton López Tarabochia, Sofía Alvarez Espinosa y Jesús Castillo Quispe.

Sayumi es prostituta y vive en un pueblo con nombre de santo. Dice que tiene veinte años, aunque no se sabe si miente para aparentar ternura, porque “a los hombres les gusta eso” comenta. Es cobriza, de rasgos gruesos, tiene senos pequeños y un gran amor por su hija de dos años, a quien encarga a una amiga cuando tiene que “dedicarse a esto”.

El nombre de Sayumi tiene toda una cosmología en su significado; la persona que lleva ese nombre debe ser servicial y no recibir nada a cambio, sin embargo ella tiene bien clara su tarifa: veinte soles por quince minutos de placer.

Ella ofrece a sus clientes condones plateados que se confunden con las monedas que le dejan como pago en una mesa de noche. Porque nunca deja de ser de noche en “Pachinga”, burdel famoso de la carretera Panamericana. El cuarto de Sayumi es alumbrado por una luz vertical fosforescente que brilla roja en todo el cuarto, que tiene como únicos adornos una cama y un espejo con el tamaño suficiente como para ver en él a una persona sobre otra. Las paredes tienen como único acabado ladrillos afirmados, y dan la apariencia de una pequeña aula de colegio estatal.

San Clemente, distrito de Pisco (Ica), donde vive Sayumi, es un distrito de sueños en construcción, las casas escupen de sus techos inacabados varas de acero y las pistas son carcomidas por la tierra. No es un pueblo con auge económico, pero es un centro de acopio de transportes que llevan productos o personas a diferentes partes del Perú: por el sur, Arequipa; por el norte, Lima;  y por el este, Ayacucho. Es a este último departamento donde a Sayumi la invitaron para que gane aún más dinero que en “Pachinga”, pero ella lo rechazó: “me han dicho para ir, pero yo no he querido, por temor. Hay  chicas que no tienen sus hijas y se quedan quince días o un mes. Sí, para acostarse con los mineros. Ahí siempre hay plata pues”.

No hay que ser un especialista para saber que Sayumi estudió en un colegio fiscal, y que sus maestros ya ni recuerdan su nombre (pero para alegría de ella sus clientes si lo recuerdan… y bien). Ella ve a San Clemente, su pueblo, como si el tiempo no pasara por él, no ha cambiado nada, y mucho menos sus colegios. Entre sentarse seis horas en una banca deteriorada de escuela, escuchar aburridas clases y la opción de ganar dinero para llevar a su hogar Sayumi ha escogido lo segundo. Ahora por lo menos ya sabe para qué estudió matemáticas: “para sumar lo que gano con mis clientes”, dice con ironía.

II

A Sayumi alguna vez en el colegio le contaron la leyenda llamada “La acequia del diablo”. Resulta que un hacendado del lugar le ofreció a Satanás su alma a cambio de que este construyera un canal desde el Río Pisco hasta la zona del Cáucato, lugar de su hacienda, antes de que el gallo cantara. El diablo seguro de su ventaja aceptó pero cayó en una trampa: el mayordomo del hacendado puso un espejo frente a uno de los gallos de pelea de su amo. El pobre gallo pensó que su imagen era un contrincante, se enfureció y cantó antes del amanecer. Así el hacendado salvó su alma. Esta historia se le quedó grabada: la vida era eso, una lucha constante con el demonio para la salvación. La fórmula era simple: mejor ser astuto que estudioso. Total la astucia salva, el estudio no.

Los sanclementinos tienen dos grandes colegios en su distrito, ambos con nombres de insignes personajes peruanos, María Parado de Bellido y José Carlos Mariátegui. Cientos de jóvenes entran y salen de allí en dos turnos: mañana y tarde y a esa hora el pueblo parece estar poblado solo de escolares. Los casos de madres adolescentes son numerosos. Según el UNFPA (Fondo de población de las Naciones Unidas) la tasa de embarazo adolescente se incrementó de 8.8% a 14.6% en la provincia de Ica (2000 – 2011)… a pesar de que el Artículo 38 del Código del Niño y el Adolescente, establece que el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (Mimp) debe promover y establecer programas de prevención, protección y atención para ellos.

Se dice que el primer paso para vencer algún vicio es la aceptación del mismo, pero las autoridades parecen hacer oídos sordos. Para ellos la prostitución local es “algo mínimo, no existe”. Por otro lado, el sistema educativo nacional es insuficiente, no se contempla orientar la educación como liberadora y creadora. Los y las jóvenes siguen pensando en cómo ganar dinero fácil. Esta deficiencia la reflejan los mismos profesores. En la mencionada sesión conjunta Alfredo Huamán Morán, profesor del Instituto Superior de Educación Pública “Carlos Medrano Vásquez” hablaba con voz pausada, lejano a todo compromiso con su pueblo. Su única preocupación era la falta de seguridad nocturna en el Instituto. Pero el riesgo no está afuera, sino dentro de las aulas.

Hay dos colegios emblemáticos en San Clemente, pero más prostíbulos clandestinos. Todos conocen el “Pachinga”, Kalúa”, “Cáucato” (cerca la cementerio de Pisco), “La Joya” (antigua hacienda sueca abandonada), “Pedro” (con una fachada de tienda) y “Chacón” (por la vía Libertadores). Todos son frecuentados, todos legitimados por una sociedad que poco a poco quiere equiparar su localidad a un “reino”.

III

“Solo cobro lo que tengo que hacer” dice “Samantha”, o “Sayumi”. Dos nombres para una sola persona, dos sueños para una misma princesa. Es servicial y muy buena oyente, aunque no tiene muy buena memoria, no recuerda las enseñanzas que le impartieron en el colegio.  Pero es tan buena oyente que escucha cuando sus clientes pretenden hacerle rendir examen oral, pero ella no hace eso, “felizmente nadie se ha querido sobrepasar conmigo hasta ahora”; y nadie nunca le había pagado tan solo para escucharla como ahora.

Su amiga, que también es su colega, le dijo que en Pachinga iba a ganar más dinero que en San Clemente: 150 soles diarios, pero deja 50 soles por el cuarto, “una amiga me pasó la voz para trabajar aquí, ella también ejerce. Yo trabajaba en San Clemente pero no así”, ¿cómo así, trabajabas en las calles? Le pregunto, “No, con este tipo de ropa”. Samantha deja de escucharme y me mira avergonzada, ni el amor a su hija ni mi dinero  podrían pagar tal humillación: un traje de latex negro se adhiere a su cuerpo y lo deforma, su mirada parece la de una niña que ha hecho una travesura y no sabe cómo explicárselo a su padre, aunque sea su princesita.

Mi tiempo se acaba, “Los cafés”, centinelas que protegen a las meretrices, son seres inexpresivos que observan cada movimiento de los parroquianos, y estos, cada quince a veinte minutos salen de diferentes cuartos para corretear por el gran pasadizo que es “Pachinga” y volver a ingresar a un cuarto nuevo, parecen niños volviendo a clases luego del recreo.

En el bar que se encuentra al ingresar a Pachinga se escucha a todo volumen una canción infantil “Sapito” (Tú puedes brincar, tú puedes saltar, como baila el sapito dando brinquitos…). Sayumi se despide. Recibe a su próximo cliente y mientras está con él se mira al espejo, como un gallo de pelea, e intenta cantar lo más fuerte que puede para que esta pesadilla acabe…al fin.

*Milton López Tarabochia es colaborador periodístico en Servindi. Estudiante de Comunicación Social en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Perú. Escribe periodismo narrativo en la web elinfomano.com. Es miembro del Consejo Editorial del blog dedicado a poesía iberoamericana lacosaliteraria.blogspot.com

*Sofía Alvarez Espinoza y Jesús Castillo Quispe son estudiantes de Comunicación Social en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sofía Alvarez labora en producción audiovisual en la web elinfomano.com.

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