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Perú: A propósito de Tambo 40 y la Central Asháninka del Río Ene (CARE)

Por Javier Ugaz

28 de noviembre, 2011.- Una nutrida y siempre entusiasta delegación de la Central Asháninka del Río Ene (CARE) estuvo hace unas semanas en el Museo de la Nación para compartir con los limeños su visión acerca de lo que entendían por buen vivir. En feliz síntesis nacieron ocho maneras de ser indígena, concomitantes y cardinales, que se contraponen a las propuestas de desarrollo por medio de la construcción de centrales hidroeléctricas, entre ellas, Pakitzapango y Tambo 40.

Esta semana se conoció la renuncia de Odebrecht a seguir con los estudios para represar las aguas del Ene y el Tambo en una extensión de 220 kilómetros cuadrados y con una altura de 86 metros, cuyo impacto social se hubiese volcado cual dique roto sobre las 18 comunidades asháninkas asentadas en el lugar.

Al borde de la aflicción, portales informativos se repitieron mutuamente calificando de opositores –ciertamente es un término jurídico- a CARE. Al parecer, no se enteraron de que durante la exposición en una de las salas del museo se obsequió a los asistentes el Kametsa Asaike, la agenda asháninka de desarrollo social, económico y político.

El asháninkasanori es la persona de bien, que se comporta, invita, recibe, celebra, come y se relaciona con respeto. Esta es la primera regla para el vivir bien. El ideal de vida indígena se complementa con otros siete factores: vivir comiendo lo que sabemos, vivir seguros y tranquilos en nuestro territorio de siempre, vivir en paz sin sufrir por el terrorismo, vivir mejor produciendo para comprar lo que necesitamos, vivir sanos con nuestros conocimientos y bien atendidos en la posta y por la brigada, vivir con una educación que nos mejore y nos dé poder como asháninkas, vivir bien con una organización que nos escucha y defiende nuestros derechos.

En cuanta tribuna estuviese disponible, Ruth Buendía, presidenta de CARE, explicaba que Tambo 40 desencadenaría el desplazamiento forzoso de todos los habitantes de la cuenca, que además generaría afectaciones al sistema hídrico y forestal. En buen romance, Buendía manifestaba las razones por las cuales no deseaban ser desplazados de sus territorios.

El informe “Represas y Desarrollo” (2000) de la Comisión Mundial de Represas estimaba que entre 40 y 80 millones de personas han sido desplazadas por su construcción. Más adelante sostenía que “el fin que debe alcanzar cualquier proyecto de desarrollo es el mejorar de un modo sustentable el bienestar humano, es decir, producir un avance significativo en el desarrollo humano, sobre una base que sea viable económicamente, equitativa socialmente y ambientalmente sustentable.

¿Qué bienestar sustentable alcanzarían los asháninkas y qué beneficios podrían obtener con proyectos de desarrollo, en particular con las centrales hidroeléctricas, cuando deben afrontar el desarraigo forzoso de su hábitat?, ¿cuánto valor tiene para el Estado la agenda asháninka de desarrollo, elaborada por ellos mismos?, ¿existirá en un futuro cercano la posibilidad de acercarnos a los pueblos indígenas no para informarles que tienen arriba y abajo una concesión o lote en sus territorios sino para indagar por sus visiones de buen vivir y ponerlas en marcha?

CARE hizo lo justo para persuadir a los cuatro poderes. Que sea este el momento para seguirlos escuchando.

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