Servicios en comunicación Intercultural

Contra la fábrica del miedo

Jóvenes musulmanes con carteles: "No en mi nombre"

Por Gisella Evangelisti*

22 de noviembre, 2015.- Han atacado en París a personas que disfrutaban de la vida, charlando con amigos en un bar, asistiendo a un partido de football o escuchando un concierto. Pero “Es solo el comienzo de la tormenta”, nos avisa severamente un barbudo representante del Estado Islámico en un video.

La conmoción por tanta muerte en París, la ville lumiére, resuena en todo el mundo. Mucho menos interés han suscitado en la prensa, a lo largo del 2015, otros ocho terribles atentados islamistas en el mundo, desde Ankara a Bangkok, uno de los cuales, en Nigeria, a manos de Boko Haram, ha tenido un saldo probable de 2000 víctimas.

Cabalgando la ola de la emoción, el presidente François Hollande promete una “venganza despiadada” mandando bombardear Raqqa, la capital del ISIS. Habrá víctimas civiles de las que se preferirá no hablar, y habrá más “venganzas” anunciadas de los islamistas en Europa. Pero, si no bombardeamos, se escucha decir, los islamistas pensarán que tenemos miedo.

Sin embargo, ¿es cierto que los bombardeos son lo único que podemos hacer para ganar el terror? La coalición de 60 países encabezada por Estados Unidos en octubre del 2014 ha realizado 6 o 7000 bombardeos, con el costo de 3.500 billones de dólares. Una cifra enorme, con resultados mínimos, pues ha logrado solo ralentizar la expansión del Estado Islámico, que por otro lado ampliaba el rayo de sus atentados. ¿Cuántas poblaciones desesperadas, con este dinero, hubieran podido mejorar su vida? ¿Cuántos planes de formación y trabajo se podrían realizar para los jóvenes de segunda generación de inmigrantes, atrapados sin perspectivas en la periferia de París, sintiéndose tratados como ciudadanos y ciudadanas de segunda? Nos preguntamos. En esta situación frustrante, los jóvenes pueden prestar oídos a imams radicales que ofrecen la utopía de una “sociedad perfecta y pura”, contrapuesta a la “amoralidad de la corrupta Europa”: “una sociedad donde los creyentes no deben preocuparse por pagar agua o luz, o alquileres, donde la alimentación es garantizada para todos”. Así quiere presentarse el actual Estado Islámico, que, por promesa divina, según el califa Al Bagdhadi llegará a dominar el mundo, regando de cadáveres el gran trayecto hacia la Umma, la comunidad islámica global. (No podemos olvidar, por otro lado, que las grandes transformaciones históricas, desde la Reforma Protestante contra la corrupción de la Iglesia católica, hasta la Revolución francesa, rusa o china, o el nazismo, han producido millones de muertes, y han comenzado con una minoría violenta).

Escuchamos entonces con cierta inquietud las contundentes declaraciones de un imam de Londres en un video difundido en un canal italiano. “La democracia y el capitalismo han fracasado, no sabiendo dar un futuro a los jóvenes. Occidente nos ha explotado a los musulmanes en las colonias, nos han humillado en la política, ahora toca a nosotros dominar el mundo”. “Somos un billón y medio de musulmanes en el planeta”, remata con cara de pocos amigos un chico entrevistado en la calle. “Es hora que nos hagamos sentir”. Declaraciones que no hacen sino aumentar el miedo y la islamofobia en la población europea, lo cual a su vez podrá atraer más jóvenes hacia el extremismo islámico, en una espiral prevista y planeada por el ISIS, interesado en sembrar caos y guerra civil en Europa. ¿Caeremos en su trampa?

Hay que mantener la mente lúcida, en esta oleada de emociones. Seguir distinguiendo entre los peligrosos fundamentalistas, (por ahora una minoría en el mundo islámico: el grupo dirigente del Califato son un centenar de personas, los militantes 80.000), y la masa pacífica de millones de creyentes musulmanes, con quienes convivimos desde generaciones en Europa: las mujeres con velo negro que pasan recatadas por las calles, el carnicero halal de la esquina, el comerciante de ropa marroquí en el mercadito. Personas y familias, que como la mayoría de la gente del mundo, en cualquier lugar haya nacido, no está interesada en sofismas teológicos o en matar a sus vecinos, sino en ordenar un poco su vida bajo unos cuantos preceptos morales, (derivados por lo general de los que les enseñaron sus padre o abuelos en la infancia), y a vivir, tratando de conseguir unos simples sueños, como son básicamente tener una familia amorosa, y un trabajo para mantenerla. Y alguna fiesta de vez en cuando, pues somos “animales sociales”. Con o sin chelas, caipiriña o vodka.

https://www.youtube.com/watch?v=05D5GtsoNW4

Jóvenes musulmanes pacíficos están difundiendo ahora en internet unos videos en que aseguran que los atentados no son en su nombre, y quien los realiza “en nombre de Allah” son simple y llanamente asesinos. Se sienten confuso, dolidos, avergonzados, nos expresan muchos testimonios. Sienten que ellos mismos podrían ser blancos de la violencia islamista.

En Barcelona, nos gustó escuchar en la reciente reunión de los Premios Nobel de la Paz, el sereno mensaje de la alcaldesa Ada Colau: “Si bombardear un país fuera la solución efectiva para acabar con las guerras, ya no habría guerras”. Hay otras formas de luchar contra el terror, agrega: entre ellas perseguir las mafias que trafican con personas, controlar las fuentes de financiación de ISIS, vigilar los sospechosos, bloquear la propaganda de violencia en internet, (el grupo de piratas informáticos “Anonymus” está actuando al respecto). “Y sobre todo”, afirma Colau, “hay que acoger a los que huyen del terror, recibir a los “Otros” en un “Nosotros” que aísle los violentos. Decir no a la guerra no es ingenuo ni idealista, es valiente. Si el terror consigue que el miedo nos blinde y la venganza os ciegue, ellos habrán ganado”. Se trata de estrategias que piden inteligencia y tenacidad. Y menos hipocresía.

En la reciente reunión del G20, Vladimir Putin ha develado un secreto a voces algo difícil de digerir. Son unos 40 los países (entre los 60 de la coalición occidental), afirma el premier ruso, que a pesar de su postura oficial, apoyan de una manera u otra el Estado Islámico. Uno es Turquía, miembro de la OTAN, que bombardea la minoría kurda que lucha contra ISIS, en vez de juntar esfuerzos con ella. Turquía es cómplice también del contrabando de petróleo que es una importante fuente de ingreso para el Estado Islámico, que además lucra con los prófugos sirianos en fuga hacia Europa. ISIS recibe también donaciones de particulares en los Estados del Golfo, como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes, que oficialmente hacen parte de la coalición occidental. Favorecen involuntariamente el Estado Islámico también los países occidentales que adiestran grupos armados anti Assad; grupos que con frecuencia, una vez terminado el entrenamiento, toman las armas, (¡muchas gracias!) y pasan al bando enemigo. ¿Un rompe cabezas, no? Aquí no hay una guerra tradicional entre el bando A y el Bando B, sino en un cruce de alianzas cambiantes entre un sin número de actores, donde sirve más que una brújula para orientarse.

Pero ¿a quién interesa realmente la paz si es el comercio legal e ilegal de armas directas al Norte de África y Medio Oriente es un verdadero festín para los países productores de armas (con buenas ganancias para políticos, sociedades intermediarias de las ventas, y respetables bancos que cobran comisiones por las transferencias)? El 89-90% de las armas son vendidas en el mundo por los 5 países miembros del Consejo de Seguridad (¿?) de la ONU. Supuestamente, (e hipócritamente), se avisa que no deben ser enviadas a países en conflicto o a quien viola derechos humanos. Pero basta poner un tercer estado como intermediario, o hacer juegos bajo la mesa como en el famoso caso Irán-Contras, en la década del Ochenta. ¿Nos extraña que se combatan al menos 33 guerras en el mundo?

Menos hipocresía, decíamos. Nos vendría bien una grande y saludable autocrítica a nuestra machacada democracia que “se vende el alma por el dinero”, como afirma el joven analista inglés Owen Jones, (autor de bestsellers como “La casta al desnudo”, y “Chavs, la demonización de la clase obrera”). Pues se ha reducido a un sistema de poder manejado por unas lobbies (auto, energía, armas, fármacos, alimentos, bancos, entre otras), que manipulan la opinión pública y toman decisiones en contra de los intereses de la gente de a pie. La guerra en Iraq se desató en contra de la mayoría de la opinión pública, que se expresó en multitudinarias manifestaciones, y ahora, hasta Bush sénior reconoce que fue un error descomunal.

Por otro lado, afirma Judith Butler, una filosofa y activista estadounidense de larga trayectoria, nuestra imperfecta democracia es lo mejor que tenemos hasta ahora. Nos han costado siglos de luchas llegar al reconocimiento de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, los derechos de la mujer, y más recientemente, de los gays, y de los minusválidos. No podemos regresar atrás. La democracia puede y debe evolucionar. Reforzando y coordinando las demandas populares y la voz de la información no manipulada. Ampliando el área del “Nosotros” a los grupos más vulnerables: acogiendo ahora, por ejemplo, a los prófugos de las guerras, hasta que no mejore la situación en sus países. Han llegado estos años a Europa casi un millón de personas que piden asilo (577.000 en Alemania). No se puede hablar de invasión, en un continente con 508 millones de habitantes. Y sin embargo, la mayoría de ellos será rechazada, para no permitir la entrada de terroristas, se dice, aun cuando se trata de personas que huyen en gran parte de la violencia islamista.

Ahora, los gobiernos de los 28 países de Europa no están dudando en prever más gastos militares, y recortar libertades civiles a la ciudadanía “por motivos de seguridad”. Las derechas exultan. A más miedo entre la gente, más disposición a gobiernos autoritarios. Por eso se difunden en internet falsas alarmas de atentados en estaciones de metropolitanas, o aeropuertos, como si no fueran suficientes las tristes noticias de los eventos en curso. Pero el debate está abierto. La lucha contra ISIS no debe justificar otras desastrosas guerras, con o sin tropas de tierra, como las que Occidente ha librado en Iraq, Libia, Afganistán, generando monstruos, afirman otras voces. Imams y rabinos han rezado juntos en París, y manifestaciones de millares de musulmanes para la paz se han realizado en Roma y Milán.

La lucha contra el terror debería atacar las desigualdades, (verdadera causa de violencia en el mundo), y parar el comercio de armas hacia el Medio Oriente, repite Papa Francisco. Palabras, palabras, se dirá. Y a pesar de que el Estado Islámico haya señalado a Roma como próximo blanco de atentados, el 5 de diciembre Francisco dará inicio al Jubileo de la Misericordia, en la plaza de San Pedro. Poniéndose en primera fila contra la fábrica del miedo, y el terror, que divide la gente del mundo. Rezando por la paz al único Dios de judíos, cristianos e islámicos, a quien unos profetas dieron nombres diferentes a lo largo de la historia. Y, por cómo han sido utilizados sus mensajes, no parece resultó una buena idea.

*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Nació en Cerdeña, Italia, estudió letras en Pisa, antropología en Lima y mediación de conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela “Mariposas Rojas”.

Valoración: 
0
Sin votos (todavía)

Añadir nuevo comentario