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La democracia colombiana entra en cuarentena en modo populista

¿Estaremos viviendo en Colombia una de esas “horas americanas”, que le han dado un giro radical a la historia, posibilitando el surgimiento de un populismo democrático como el de Walesa, o el de Mandela?, totalmente opuestos a los populismos antidemocráticos que representan hoy Le Pen, Putin, Lukashenko, Erdogan, Ortega, Maduro y un largo etcétera. De ser así, ¿Quiénes serían sus protagonistas?

Por Efraín Jaramillo Jaramillo

“La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final”.
Vaclav Havel

“…aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, que puede provenir menos de las teorías, y más de la luz que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos, y en sus vidas …”
Hannah Arendt

12 de junio, 2021.- Un virus recorre Latinoamérica: el virus del populismo. Este virus encuentra un cuerpo fecundo en países con deficiente o nula tradición democrática. Basta mirar a nuestro alrededor: Venezuela, Nicaragua, por la izquierda, —sin contar con la crónica Cuba de los Castro—, con notorios candidatos a entrar en ese selecto grupo: México y El Salvador. Por la derecha son Brasil y Colombia, con buenos opcionados a engrosar la fila: Ecuador y ¿Perú?

Para el filósofo Ernesto Laclau, el populismo es un concepto que está estrechamente ligado con la apelación política al pueblo.Todos los populistas coinciden sin excepción, en que el fin último de su movimiento político es el pueblo. De esa manera no habría diferencias entre los movimientos populistas, salvo aquellas de orden ideológico (izquierda o derecha).

Como no faltan candidatos en campaña que no tengan deslices populistas, resultan populismos de diversa índole. Desde los que expresan demandas por una distribución del ingreso o de la propiedad de la tierra, hasta los que incorporan reivindicaciones étnicas, de derechos civiles, o nacionales. Todos los movimientos populistas, reiteramos, tienen al pueblo como referencia, y todos manifiestan buscar su bienestar. En fin, en la guerra o en la política, el pueblo siempre estará en el centro de los debates.

Muchos movimientos populistas devienen antidemocráticos (...). No obstante, el populismo no converge, inevitablemente, en autoritarismo.

Muchos movimientos populistas devienen antidemocráticos —algunos, llegados al poder, se convierte en regímenes autoritarios, aún dictatoriales—. No obstante, el populismo no converge, inevitablemente, en autoritarismo. En el mundo también se han presentado populismos de raigambre democrática, con narrativas que buscan articular múltiples demandas, para remover regímenes autoritarios y antidemocráticos. Ese fue el caso del movimiento Solidarnosc, un sindicato polaco fundado durante la huelga de los astilleros de Danzig en 1980. Este movimiento, bajo el liderazgo de Lech Walesa, articuló las demandas de obreros, campesinos, cristianos y fracciones de la izquierda democrática, que reclamaban libertades a un férreo régimen comunista, impuesto por la Unión Soviética. Para finales de la década del 80, este movimiento se había transformado en un vigoroso movimiento político, que lideró el gobierno de coalición, que puso fin a la dictadura comunista en Polonia. Otro ejemplo de un populismo que devino democrático fue el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela, que desmanteló el sistema de segregación racial del Apartheid en Suráfrica.

Ahora bien, el populismo en Latinoamérica ha asumido, sin excepción, modalidades autoritarias, patentes en los regímenes de Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil, Perón en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, Rojas Pinilla en Colombia, Castro en Cuba y más recientemente Hugo Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua, y un poco antes de ellos, Alberto Fujimori en Perú y Álvaro Uribe en Colombia. Generalmente populismo y autoritarismo van de la mano. Son las dos caras de la misma moneda. Porque como lo anota H. C. F. Mansilla: “…ambas tendencias necesitan disolver la diferencia entre la esfera privada y la estatal, pues en ambos casos el Estado toma a su cargo el adoctrinamiento de la consciencia de los ‘ciudadanos’ y la manipulación de sus valores éticos”.

Generalmente populismo y autoritarismo van de la mano. Son las dos caras de la misma moneda.

En Colombia el futuro tiene dos puntas y las dos son populistas. Esto tiene su origen en la manera como los ‘partidos de clase’, que representaban intereses de determinados sectores sociales —gremios de la producción, obreros, terratenientes, campesinos…—, se desdibujaron de tal forma, que se desvanecieron los matices ideológicos que los distinguían. Esto trajo como consecuencia la polarización política que ha vivido la sociedad en la última década. Nos topamos así con conglomerados sociales, aglutinados a los extremos del espectro político. Estaríamos —en términos de Ernesto Laclau— en presencia de una “derecha y una izquierda populistas”. La característica común de ambos extremos es la idea que tienen de pueblo —y en consecuencia así intervienen en la vida política—: masa carente de racionalidad política: un pueblo que es caprichoso, frágil y propenso a seguir consignas luminosas.

Un resultado infortunado de esta extrema polarización, es que ha venido invadiendo todas las esferas de la vida social y política de la sociedad, alejándonos de las aspiraciones de convivencia democrática. Aunque gran parte de las organizaciones de la sociedad civil manifiestan honrar la democracia en las formas de relacionarse con otras colectividades, su respeto por la pluralidad de pensamientos o tendencias, deja mucho que desear. La praxis política efectiva de muchas organizaciones sociales y sindicales han estado bastante alejadas de ideales liberales. Asombra que al interior de muchas organizaciones de la sociedad civil se reproduzcan acríticamente —a veces inconscientemente— las prácticas viciosas de las élites gobernantes, que tanto han criticado. En este contexto vale —si me permiten la extrapolación— la afirmación antropológica, de que quien descalifica a otro en razón de sus convicciones o ideales, se descalifica a sí mismo, dada la incapacidad que muestra para reconocer la alteridad: El trato respecto al ‘otro’ y el trato respecto a uno mismo, son correlativos, y corresponden, en definitiva, a que el tratamiento que se dé al ‘otro’, es la manera indirecta de pensar la propia identidad.

quien descalifica a otro en razón de sus convicciones o ideales, se descalifica a sí mismo, dada la incapacidad que muestra para reconocer la alteridad:

En este contexto tiene sentido la cita que trae a colación la profesora venezolana, Coromoto Renaud, del filósofo político francés Pierre Rosanvallon: “La democracia es régimen político, forma de gobernar, actividad ciudadana y forma de sociedad; y es plural en cada una de sus dimensiones”Y en consecuencia, a reglón seguido se pregunta: “Si los partidos políticos, los sindicatos, las universidades, los gremios profesionales, las organizaciones culturales, sociales y comunitarias exigen democracia y ellas mismas no lo son ¿no estaremos reproduciendo el sistema?”

Como reza el dicho, ‘el que anda entre la miel, algo se le pega’, muchas organizaciones de la sociedad civil —¡que no todas!—, al sucumbir a los cantos de sirena de los extremos, ¿no estarían reproduciendo el sistema? Y es que no faltan las organizaciones que al encontrarse bajo una influencia antiliberal, justifican regímenes populistas y autoritarios.

Ahora bien, la —inusual extrema— polarización política de la Nación colombiana, más que ser el resultado de una crisis de los partidos —que también lo es—, es la expresión de una ‘sobre-politización’ de la vida pública, originada en las diferencias sobre el proceso de paz, alcanzando su clímax con el plebiscito sobre la refrendación de los acuerdos de paz. Esta polarización de la vida pública nubló desde entonces el panorama político del país, una situación, que viene opacando el sano juicio político de los colombianos, reduciendo la vida política a una confrontación entre uribistas y anti-uribistas, sobre todo después de que el ex presidente Uribe y las facciones políticas aliadas, ganaran el plebiscito. ¿Cuál de los extremos de esta polarización le hace menos daño al país? Difícil saberlo, cada uno le aporta sus propias calamidades. Lo que sí se sabe, es que no sería la primera vez en la historia del país, que políticos incapaces de ceder a su vanidad, lleven a sus pueblos a la ruina.

no sería la primera vez en la historia del país, que políticos incapaces de ceder a su vanidad, lleven a sus pueblos a la ruina.

Quedan flotando en el ambiente dos preguntas. La primera es de si ¿estaremos viviendo en Colombia una de esas “horas americanas”, que le han dado un giro radical a la historia, posibilitando el surgimiento de un populismo democrático como el de Walesa, o el de Mandela?, totalmente opuestos a los populismos antidemocráticos que representan hoy Le Pen, Putin, Lukashenko, Erdogan, Ortega, Maduro y un largo etcétera. De ser así, ¿Quiénes serían sus protagonistas?

La segunda, más que pregunta es una preocupación: ¿Seguiremos siendo en Colombia “ciudadanos de baja intensidad” (1), con total indiferencia por la Nación? Pues ya se ha generado mucha locura, se ha producido mucho dolor, se han destruido muchas relaciones sociales, sobre todo han resultado muchos muertos, como para no intentar, alguna vez, un elemental entendimiento. Tarea que no es fácil. Ya lo decía Mateo: “El reino de los cielos hay que conquistarlo con buenas obras...”

“Con la democracia ocurre algo parecido. No es un club exclusivo, pero la entrada no es gratis. A la democracia hay que conquistarla y defenderla de sus enemigos”. (Fernando Mires). Y esa es la razón por la cual los jóvenes, en buena hora, decidieron levantarse.

Por el momento es conveniente —así lo recomienda la profesora Renaud— “…observar cuán plurales son las organizaciones donde participamos, cuán coherentes son en sus narrativas y actuaciones”.

Nota:

(1) La expresión “Ciudadanía de baja intensidad” es un concepto de Guillermo O’Donnel, utilizado para caracterizar el comportamiento social de aquellos ciudadanos que no creen en la ley ni en su obligación de cumplirla; recusan al gobierno pero lo esperan todo de él; no pagan impuestos pero exigen cuentas y bienes públicos; no estiman la tolerancia ni son respetuosos de la diferencia; no tienen el hábito de asociarse con los diferentes y juntarse para perseguir causas comunes; en síntesis no son ciudadanos activos, atentos a la cosa pública, ni son solidarios y participativos en la construcción de un Estado y sociedad democráticas.

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* Efraín Jaramillo Jaramillo es miembro del Colectivo de Trabajo Jenzera.

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Fuente: Seminario Virtual Caja de Herramientas, edición 733 – Semana del 12 al 18 de junio de 2021: https://viva.org.co/cajavirtual/svc0733/articulo08.html

Edición 733 – Semana del 12 al 18 de junio de 2021

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Comentarios

Dice el autor: "Nicaragua, por la izquierda". ¿Cuál izquierda? No se ve ninguna desde rato, sólo un poco se mira en la oposición perseguida, y más perseguida, si se define como izquierda. Y en Nicaragua el mncionado personaje (auto nombrado cristiano socialista) no encuentro "... un cuerpo fecundo", al contrario: una minoria de tal vez 15% de oportunistas, sapos y dependientes forma ese cuerpo, el resto sólo está controlado por armas, armas, armas, dsaparicion total del estado de dercho, prisión, nuevas leyes anti DDHH, secuestros de parte del régimen, torturas etc. entonces, en eso se equivoca el autor.

Buen comentario. Pero te recuerdo que lo que se menciona como "cuerpo fecundo" es la poca o nula tradición democrática.

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