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Arguedas: forma y contenido de un nuevo Perú

La evidencia del advenimiento de ese nuevo Perú está, además de la producción artística de los y las quechuas, aimaras y afroperuanos, en los productos literarios que están apareciendo en territorio peruano y americano. Obras literarias gestadas desde una conciencia de la multiculturalidad desarrolladas a partir de diferentes lenguas, en un periodo que ojalá ya no siga siendo de lucha descarnada, sino de reconocimiento respetuoso.

Arguedas: forma y contenido de un nuevo Perú

Celebrando los 110 años de vida de José María Arguedas Altamirano, más joven que nunca en este siglo XXI.

Por Luis Chávez Rodríguez*

18 de enero, 2021.- El Perú del siglo XXI presenta una ruptura mucho más acentuada con respecto al siglo anterior. El Perú de hoy está sosteniendo una nueva etapa de lucha entre las fuerzas colonizadoras y la población indígena, que 500 años después de la invasión sigue defendiendo su territorio y su cultura. A diferencia del siglo pasado donde las luchas se dieron especialmente en la parte andina, en la actualidad esa lucha de independencia, de autonomía, se da de modo sostenido también en el área amazónica, y tiene en el llamado “Baguazo” su punto de quiebre. Esta lucha es una lucha política y también, por supuesto, cultural en la que José María Arguedas es uno de sus héroes.

De igual modo que en periodos anteriores el enemigo es de procedencia foránea, con la colusión de gobiernos corruptos que han hecho del Estado un instrumento mafioso que se maneja con reglas exógenas para administrar de modo eficaz la extracción de recursos naturales, favoreciendo a lo que a estas alturas de la historia se llama, “el capital”, en contra de la vida y la salud de la mayoría de los peruanos para quienes el Estado en un monstruo burocrático, incapaz de proteger a sus ciudadanos y ciudadanas en áreas tan básicas como: alimentación, salud, vivienda y educación.

El Perú del siglo XXI está iniciando una segunda gesta de independencia para convertirse realmente en un nuevo Perú. Estamos en tiempos que ya se puede ver una ruptura mucha más consistente entre el pasado colombino-virreinal-republicano y un nuevo Perú. En el Perú de hoy se está construyendo activamente una nueva República, cuya nación, paradójicamente, hunde sus raíces en una gran variedad de culturas precolombinas mucho más antiguas que la cultura occidental, que es uno de sus componentes, y en esta gesta la contribución de José María Arguedas, en el campo de la literatura, la educación y la cultura es la del escritor que condensó no solo la resistencia en contra del empeño colonizador sino, la del escritor, el poeta visionario, que en tiempos muy oscuros, pudo sentir este nuevo Perú que se está forjando desde una marginalidad, con respecto al sistema internacional imperante.

¿Cuáles son los elementos que componen el legado intelectual y artístico, de José María Arguedas, cuál es el material que le permitió componer su obra, cuáles los recursos estéticos y el lugar de su enunciación, como para mantener esa vigencia, que no sólo es actual, sino que se proyecta poderosamente hacia la cultura peruana del futuro?

Estas preguntas, en realidad, se condensan en una sola, ¿qué tipo de escritor es José María Arguedas Altamirano en comparación con otros escritores importantes de nuestro país? Tratando de contestar esta pregunta muchos estudiosos, especialistas en Arguedas, han escrito cientos de libros, pero cualquier peruano que ha leído sus libros puede intentar una aproximación a su vasto universo.

Arguedas escribió poemas, cuentos, novelas, ensayos, recopiló canciones, leyendas y mitos, tradujo del quechua textos fundamentales para nuestra tradición cultural, y en cada uno de sus trabajos se puede encontrar la célula matriz que articula su discurso y esta es: el amor que el escritor tenía por su patria. A partir de este rasgo central, en Arguedas, que todo peruano puede sentir, si conoce a su país y lee aunque sea una sola de sus obras, aquí una mirada más de ese trabajo primordial para los peruanos. Aquí un intento de análisis, dentro de los miles de estudios que se vienen realizando, alrededor del mundo, para explicar su magnitud universal y trascendencia histórica, a más de un siglo de su nacimiento y a más de medio siglo de su muerte.

Plantearemos, entonces, esta entrada a la obra de Arguedas, trazando a grandes rasgos su genealogía y poniéndolo a contraluz con otro importante escritor peruano, Mario Vargas Llosa, quien, por los premios que el mundo occidental otorga para establecer su canon, y sus incuestionables méritos estéticos ha logrado un lugar importante en la llamada literatura universal de occidente.

José María Arguedas, a quien en el siglo pasado se le ubicó dentro del movimiento artístico llamado, indigenismo y más exactamente, neo-indigenismo, y que en el futuro se le incorporará, junto a Gamaliel Churata, en un indigenismo futurista, creciente en la estética que se está elaborando en las provincias del Perú, tiene su parentela ancestral en el escritor chachapoyano Blas Valera Pérez (Levanto, “Amazonas”, 1545-¿1599?).

La escritura de Valera la conocemos gracias a los cientos de páginas citadas textualmente por el Inca Garcilaso, en sus Comentarios Reales, y a los documentos, ensayos, diccionarios, crónicas y poemas, del chachapoyano, que han ido apareciendo de modo tardío, especialmente, en el siglo pasado. Del mismo modo se le va apreciando cada vez más con la aparición reciente de documentos que muestran los testimonios de cronistas de su época, que lo conocieron, lo leyeron y se dejaron influenciar por su escritura, su pensamiento y su compromiso social con la población indígena que por aquél tiempo iba en camino a su exterminio.

La obra de Blas Valera, que como venimos señalando es el primer antecedente de Arguedas, ya contiene los elementos que articularan la literatura y el compromiso, que movilizó las preocupaciones de escritor andahuylino. Esta obra es también una obra monumental, que da cuenta de un territorio y una problemática específica; de ella tenemos fragmentos que al igual que las monolíticas paredes y templetes incas, nos dan una idea suficiente de su magnitud arquitectónica y que más temprano que tarde lo pondrán en el sitial de héroe cultural amerindio, como el que tiene Arguedas en el Perú andino. Sin embargo, Blas Valera fue acallado, castigado con la cárcel y la expulsado de su territorio porque los opresores de ese tiempo lo veían como un peligroso agente de resistencia cultural. Por esas mismas épocas, el que sí gozó de los favores del sistema, fue su par, el Inca Garcilaso de la Vega, otro de los colosales escritores que han nacido en tierra peruana. Los reclamos, la voz poética y el pensamiento de Varela, no solo fue acallado en su tiempo sino a lo largo de toda nuestra historia virreinal y republicana. Para dar una idea de la posición marginalizada de Valera en ese antiguo Perú, después de un periodo de vigencia en el que su escritura y su lucha en defensa del mundo indígena, eran atendidas por sus colegas más cercanos, en el siglo XVI y XVII, hacia finales del virreinato y especialmente en el Perú republicano, se dio un silenciamiento sistemático a su legado, que por fin parece terminar en nuestros días.

El prestigioso historiador Porras Barrenechea, como de algún modo lo hizo su maestro Riva Agüero, en las arduas polémicas que tuvo con Gonzales de la Rosa hacia inicios del siglo pasado (Revista Histórica, Lima, 1906) sobre el manejo de las fuentes que el Inca Garcilaso de la Vega realizó en los Comentarios reales, estuvo muy empeñado en instituir al Inca, como el paradigma de la peruanidad, privilegiando su lado estético castizo y renacentista con temática indígena. Porras Barrenechea, en sus estudios sobre los cronistas, reseña a Varela del siguiente modo:

“Valera, como escritor es duro, seco y pesado, artificioso y libresco, sin alas de ingenio ni gracia alguna de narrador, en contraste con la manera amena, espontánea y natural del Inca […] En mi opinión, lo más penoso y deleznable de Garcilaso, pertenece a Valera (Cronistas del Perú, Lima, 1962).”

Esta escritura según el historiador es “pesada”, por no decir densa, “artificiosa”, queriendo decir inusual y hasta “sospechosa”, como lo insinúa líneas abajo, en oposición al registro “ameno” y clásico, manejado por Garcilaso, hasta entonces paradigma de la buena prosa y el estilo renacentista vigente. Toda esta empresa hispanizante a favor de un Perú contrahecho que se ha querido imponer hasta el siglo pasado sobre una cultura autóctona, mucha más rica y variada, mucho más densa, es el antiguo intento de mantener una posición domesticada y sin aristas, frente a la hegemonía occidental. Un Perú “mestizo” que, durante siglos, ha tenido que vivir imitando una producción cultural foránea, negándose a sí misma para poder sobrevivir.

El legado de Valera se irá visualizando más nítidamente, en los próximos años, como el acta de nacimiento de esa otra variante estética y vigorosa, arisca y combativa que nunca se rindió y que en la actualidad muestra su hermoso rostro plurinacional. Ese Perú más indígena y menos occidentalizado que ya estaba en Blas Valera y que José María Arguedas ha hecho florecer. Gracias a los nuevos rescates de documentos en donde se halla tanto su prosa como su poesía, escrita en quechua y en latín, así como por los estudios académicos que en su mayoría se vienen realizando en el área anglosajona e italiana, pero que, en los últimos años, se puede ver también en investigaciones peruanas, la figura del chachapoyano tendrá el lugar que se merece.

El tipo de escritura que nace con Varela, quien forma una escuela de resistencia cultural con otros cronistas indígenas y españoles tuvo una vigencia soterrada lo largo del siglo XVII y totalmente oculta en los siguientes. Uno de esos documentos que muestran de modo más completo esta línea indigenizante -que corría paralela y cuidadosamente cifrada, a la hispanizante inaugurada por el Inca Garcilaso- es El Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno, firmado por Felipe Guamán Poma de Ayala; pero es recién, entrando en el siglo XX, que esta poderosa voz ya no puede contenerse y nos hallamos con la expresión literaria de Gamaliel Churata y de José María Arguedas.

Esta línea creativa, que florece plenamente en Arguedas, tiene como rasgos principales, en primer lugar, un origen lingüístico multicultural quechua-español y hasta latín en tiempos de los inicios de la colonia. En el caso de Arguedas es específicamente quechua-español, aspecto que se ha constituido en una de las ramas de estudio del universo arguediano. Esta factura bilingüe lo acerca de modo central a la tradición oral como fuente o recurso para darle a su poesía en quechua la profundidad mitológica y la fluidez que tiene. Del mismo modo, desde la oralidad le viene su entronque con géneros precolombinos como el Haylli Taki que es evidente en su poemario Katatay, especialmente en el extraordinario poema: Tupac Amaru kamaq taytanchisman; haylli-taki. Otro tanto sucede en su narrativa, escrita en español, donde su matiz lingüística quechua logra introducir en el género novelístico, híbrido por naturaleza y de origen europeo, un proceso inverso de conquista, donde la oralidad andina quechuiza la forma novelesca hasta ponerla en crisis, como ocurre en el libro, El Zorro de arriba y el zorro de abajo, que desdibuja al género y se puede leer también como un mito o como un testimonio literario de no ficción.

Otro elemento, muy estudiado también, en la obra de Arguedas, y que le viene de lejos, es el manejo de referentes culturales y religiosos andinos precolombinos en el mundo que representa y que se pone en juego, encarando, confrontando, o a veces fusionándose con los referentes occidentales.

Como lugar de enunciación de esta tendencia creativa está el territorio peruano y americano, pero demarcado en un acto de posicionamiento concreto, que lo reclama como original y parte inseparable de las comunidades que lo poblaron milenariamente. Un territorio, cuya conceptualización no solo se circunscribe a una localización geográfica ni a la propiedad individual o colectiva, sino refiere a un territorio que contiene aspectos culturales y hasta espirituales específicos, que son indesligables de la vida humana, y también de la vida no humana, hasta el punto de concebir la noción de persona incuso en los reinos no humanos. El lugar de la enunciación incluye, de manera natural, a una voz de la naturaleza, de modo tal que lo ríos, las montañas, los animales, las plantas y hasta las piedras poseen su propia facultad de enunciar desde una personalidad definida que todos los seres poseen, incluso no animados. Ese es el caso de la piedras incas del Cuzco, sobre las que se han construido edificaciones modernas, a las cuales es fuertemente atraído el joven Ernesto, personaje de Los ríos profundos:

“Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso enca-lado, que por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase pa- tética constante: “yawar mayu”, río de sangre; “yawar unu”, agua sangrienta; “puk-tik’ yawar k’ocha”, lago de sangre que hierve; “yawar wek’e”, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse “yawar rumi”, piedra de sangre, o “puk’tik yawar rumi”, piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman “yawar mayu” a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman “yawar mayu” al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.”

Toda este sistema de conocimientos, que contiene este texto, viene de la cosmovisión andina, que da cuenta, entere otros aspectos, de una relación no occidental entre lo humano y su contexto medioambiental, al igual que en otras culturas como la del mundo amazónico. En la obra de Arguedas, el lugar desde donde se emite la voz del poeta o la del narrador es el territorio peruano, en una coyuntura de lucha por su recuperación. Desde este espacio se delinea el horizonte no solo geográfico sino simbólico y, desde este “aquí”, se construye al narrador en primera persona, como es el caso de la cita anterior o en una perspectiva omnisciente, de modo franco y directo, sin ironías y más bien con una fe entramada por una epistemología indígena, en permanente conflicto con la visión invasiva occidental.

Una lucha, en términos alegóricos, que es como la de dos serpientes, una más bien joven y aventurera, expansiva y depredadora, venida desde el mar y otra milenaria, ancestral y fecunda, venida desde la selva. Las dos serpientes se encuentran en las montañas para enfrentarse en un combate donde la una intenta tragarse a la otra, y después de una batalla campal, la serpiente advenediza al no poder digerir a su presa la regurgita, sin sosiego, durante siglos. Por fin, la vieja serpiente vuelve a mostrar su perfil multicolor que contiene “todas las sangres”, mientras que la invasora, cansada de cambiar su piel, se da por vencida y deja que sus escamas, como cenizas evanescentes, desaparezcan buscando que alguna corriente marina las devuelva a las costas en donde emprendió su aventura. Llevando esta alegoría al espacio literario peruano y a las genealogías que estamos trazando, simbólicamente estas dos serpientes están representadas, por aquella milenaria serpiente americana que se personaliza en un monje sin abolengo de padre español y madre indígena, como lo fue Blas Valera “Pérez”, para emprender una larga lucha de resistencia, alrededor de 500 años. La otra serpiente, paradójicamente, la joven, con ínfulas aristocratizantes, estaría representada por el Inca Garcilaso de la Vega. Después de casi 500 años las nuevas caras visibles de esta lucha sin sosiego, serían las obras literarias de José María Arguedas en la línea valeriana y la de Mario Vargas Llosa en la garcilasiana.

Parafraseando a la poeta Caitlin Rolston, hay dos tipos de artistas y en este caso escritores: los que pueden escribir y los que tienen que escribir. Para un país como el Perú, esta dicotomía aplica, especialmente para el caso de nuestros escritores mayores. Para el tipo de escritores que pueden escribir, además del talento, están las condiciones materiales favorables de una educación y una posición social y económica holgada que les genera un tiempo de ocio para dedicarse a la escritura. El otro tipo, en cambio, el de los escritores que deben escribir, ellos están obligados a escribir porque tienen una sensibilidad artística y un compromiso no solo consigo mismos sino con la comunidad a la que pertenecen. Un compromiso con su realidad social e histórica, con la cultura que les dio los elementos para gestionar su identidad, de modo incluso, angustioso, como se puede ver en El zorro de arriba y el zorro de abajo, es lo que les marca a este segundo grupo. La diferencia es que el tipo de escritores del segundo grupo se juegan la vida misma en el acto de la escritura y ese compromiso llevado al límite, es el que permitió a José María Arguedas, al igual que a Blas Valera, traspasar desde un nivel estético de los grandes escritores hacia el nivel trascendental de los héroes culturales.

El perfil que asoma de ese nuevo Perú, que fue diseñado desde el inicio de la resistencia indígena, es el de una nación compuesta por muchas naciones, es un perfil de múltiples y persistentes rasgos. El Perú que asoma ya no es el país andino o criollo solamente, es también el amazónico, y el afroperuano. Un viejo Perú diverso que ha mantenido una larga lucha, sostenida por culturas ancestrales que se encargarán de seguir modelando a los peruanos en el futuro, mientras estemos atentos a nuestra autonomía.

Artistas y escritores cómo José María Arguedas, construyeron su legado cultural, desde la base de las culturas autóctonas, a diferencia de escritores como Vargas Llosas quienes pulieron sus recursos creativos con la su mirada estética puesta en occidente; si bien es cierto, teniendo como centro de sus temáticas al Perú, cumplieron sus roles dando continuación a un impulso colonizador, llevando agua para el molino de una cultura occidental que ahora muestra su declive y su falta de recursos para su propia sostenibilidad en un largo plazo, y que estaría en una crisis irreversible si no fuera por el uso de sus estrategias depredadoras.

Ese territorio que los escritores post arguedianos muestran en nuestras épocas ya sin trabas segregacionistas, donde todas las lenguas son bienvenidas por un sector mucho más grande de la población, es ese espacio prodigioso que el mismo Arguedas lo describió en su discurso, al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega, es el que se contará y cantará en el nuevo Perú:

“No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y calor, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo.”

La evidencia del advenimiento de ese nuevo Perú está, además de la producción artística de los y las quechuas, aimaras y afroperuanas, en los productos literarios que están apareciendo en territorio peruano y americano. Obras literarias gestadas desde una conciencia de la multiculturalidad desarrolladas a partir de diferentes lenguas, en un periodo que ojalá ya no siga siendo de lucha descarnada, sino de reconocimiento respetuoso. Poemas y narraciones, testimonios, cuentos y canciones -y cuanto soporte narrativo este al alcance- son la expresión de ese nuevo Perú por el que trabajó Arguedas. Muestra de ello son los poemas y narraciones de escritores y escritoras como Dina Ananco desde su matriz lingüística Wampís, Bikut T. Sanchium desde el Awajún, Raquel Antun Tsamaraint desde el Shuar (poeta hermana “ecuatoriana”), Inin Rono Ramírez desde la cultura Shipibo-konibo, Shirley Canaquiri, poeta Kukama, o Jessica Sánchez Comanti y Enrique Casanto Shingiari desde la nación peruana Asháninka, solo para mostrar unos cuantos nombres de ese nuevo Perú que se nos viene.

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*Luis Chávez Rodríguez es poeta y fundador de La casa del colibrí de Chirimoto, en Amazonas, una asociación civil fundada en el 2006. Trabaja con un sistema de voluntarios, recibiendo y movilizando estudiantes y profesionales para realizar proyectos en áreas de educación, arte, organización comunal, saneamiento, agricultura y medioambiente.

 

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Comentarios

Podrían mencionar al autor de esa foto de Arguedas tan expresiva?

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