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Perú: Madeinusa o desencuentro-made, por Vicente Otta

¡Continúa la polémica sobre pelicula peruana!

La idiosincracia sigue sin entender a la indiosincracia

¡Qué asco, esta huevada!, dice el criollo-limeño cuando prueba el primer bocado del potaje andino que le han hecho llegar para saciar su hambre, después de varias horas de ayuno involuntario. Esta frase resume la actitud del personaje frente a la comunidad en que se encuentra, y puede decirse que resume también la postura de la directora sobre el mundo indígena que ha querido presentar: distancia, incomprensión y rechazo.

Los críticos más benévolos, escamotean el tema en discusión afirmando que se trata de una ficción, que la película no debe asumirse como testimonio real sobre la forma en que viven peruanos indígenas en el ande. Que no es su pretensión, etc., etc. Que hay que ubicarla y mantenerla dentro de los parámetros de la libertad artística.

Sin embargo, las pretensiones antropológicas y etnológicas de la obra son absolutamente evidentes. Solo que está hecha de manera indolente, sin compasión. Tramposa. Por que se produce en un contexto socio-cultural mundial, en que lo étnico es un tema de moda, en que se vende bien y otorga prestigio por la innovación y creatividad. Pero está abordado con ignorancia y falta de interés por comprender al otro, ese otro que son millones de peruanos que tienen otros códigos culturales, costumbre y rituales, que por más extraños y absurdos que parezcan a algunos, responden a una racionalidad que ha permitido su organización y supervivencia durante los últimos 450 años.

No se trata solamente de si los autores tienen una sensibilidad social o sentido de ciudadanía, sino incluso de profesionalismo. Todo intelectual o artista de vanguardia, profesional y serio (y entendemos que la directora se asume como tal) que trata los temas étnicos y culturales, requiere un conocimiento mínimo sobre pluriculturalidad e interculturalidad. Entrar en estos terrenos sin la elemental información sobre estos temas, nos parece poco profesional.

Películas en que lo étnico y lo antropológico han sido el leiv motiv de la obra, hay a montones, sobre todo en los últimos años en que el tema de los pueblos indígenas y originarios, lo étnico, ocupan espacios cada vez mayores en la gastronomía, el vestido, la música. Es decir, se vende bien y es cool estar en el tema.

No es necesario mencionar a Emil Kusturica, o al ya clásico latinoamericano Sanjinés (Ukamaru) para decir que hay películas que han tratado el tema para aproximarnos a otros pueblos y seres humanos. Hasta el propio Hollywood ha hecho cintas respetables: Un Hombre Llamado Caballo, en 1970, y Danza con Lobos veinte años después, nominado a onces oscares, de los cuales ganó siete y catapultó a la fama a K. Kostner dan cuenta de esta afirmación.

Pero Un Hombre Llamado Caballo (dirigido por Elliot Silverstein y protagonizado por Richard Harris), ha sido un film paradigmático en la relación con la otredad. Revolucionario en cuanto a la reivindicación del Piel Roja americano. A más de cincuenta años, en que el cine USA presentara a los indios pieles rojas como salvajes, sanguinarios e inhumanos, esta película los presenta como un pueblo que tiene su cultura y formas de vida dignas y válidas como cualquier otra comunidad. En esto reside su mayor valor: en el intento de reconocer al otro, de extender el sentido de humanidad a gente que vive y piensa diferente a nosotros.

En la novela Elizabeth Costello, del premio Nóbel, J. M. Coetzee, el personaje principal, que da nombre a la novela, dice en uno de los pasajes: El corazón es la sede de una facultad: la compasión, que a veces nos permite compartir el ser ajeno. La compasión tiene todo que ver con el sujeto y muy poco con el objeto, con otro, Hay gente que tiene la capacidad de imaginarse como otra persona y hay gente que no la tiene (cuando esa carencia es extrema las llamamos psicópatas). Y hay gente que tiene esa capacidad pero decide no ponerla en práctica, obviamente aquí nos referimos al segundo caso mencionado. Y tiene que ver con que durante muchos años, la clase oligárquica y los criollos peruanos han visto al indígena como sub-humano, casi bestias que no podían ser admitidos en la categoría de nosotros, sino como otros mas cercano a los animales.

Por eso no verlos en su humanidad , no sentir compasión por ellos, es una conducta generalizada y normal de muchos peruanos que siguen manteniendo una mentalidad criolla-oligárquica, prejuiciosa, en el Perú actual.

La semana santa como francachela y festividad carnavalesca

Si la directora del film se hubiera tomado la molestia de consultar a algún entendido de la cultura andina, se habría enterado de que existe algo llamado sincretismo, fenómeno por el cual los pueblos andinos han asumido formas de la religiosidad cristiana, para seguir celebrando a sus propios dioses. Que en la fecha en que se ritualiza la semana santa católica, los pueblos andinos celebran la fiesta de la cosecha, los bienes recibidos de la pacha mama, que les permite mantener y reproducir la vida.

Por eso es una fiesta vital, se celebra la vida con todo regocijo y pasión, hasta con desmesura. La historia (ficcional) según la cual, en esos días Dios está muerto y no ve, y por consiguiente hay licencia hasta para el incesto, no deja de ser una verdadera estupidez. Solo puede ser aceptado por alguien lleno de ignorancia y prejuicio sobre el mundo andino. Al margen de la intencionalidad de la directora, es evidente que la comunidad indígena, motivo de la película, es presentada como un grupo de seres incivilizados, perversos y degradados. Imagen que refuerza la visión distorsionada que la modernidad criolla-oligárquica ha construido sobre los pueblos andinos y amazónicos. Sus descendientes pretenden seguir haciéndolo.

Es imposible no ubicar esta película en el contexto nacional. La guerra y violencia demencial de los años ochenta, que sigue presente con las controversias sobre la Comisión de la Verdad y Reconciliación, los juicios a los cabecillas terroristas, ha mostrado que las fracturas y desencuentros de nuestra sociedad siguen vigentes. El proceso electoral último ha estado atravesado por estas mismas tensiones: el Perú oficial, criollo, de pretensiones eurocéntricas, se escandalizó y llegó casi al terror ante la posibilidad de que un candidato cholo, de origen andino, con banderas nacionalista y étnicas, pudiera llegar al poder. La coalición política y mediática que se organizó para impedirlo, ha sido una expresión flagrante de estos desencuentros y distanciamiento entre los peruanos.

Comprender y aproximarnos a los otros pueblos y comunidades que habitan este territorio llamado Perú, es una condición indispensable y urgente para organizarnos como sociedad nacional, como nación integrada en nuestra diversidad y diferencias.

Desde la orilla costeña-criolla, sensibilizados por la traumática década de los ochenta, se han realizado esfuerzos por aproximarnos. Alonso Cueto (La Hora Azul), Santiago Roncagliolo (Abril Rojo), en la literatura, y Josué Méndez, con la película Días de Santiago abren mentes y corazones para tratar de ver a los otros peruanos que viven a nuestro lado, pero que durante cientos de años han sido invisibilizados .

Obviamente los informes tipo Uchuraccay, de la autoría de la comisión Vargas Llosa, y películas como la que comentamos, no contribuyen en nada a hacer del Perú un país en que podamos vivir todas las sangres y todas las patrias, al decir de Arguedas.

Por eso es tan necesario y urgente que Flaviano Quispe, Palito Ortega y demás cineastas andinos ajusten sus lentes, y mejoren su posicionamiento en la cinematografía nacional, para que el mundo andino sea mirado y presentado por ojos que salen de sus entrañas. Para que cámaras neo-señoriales no sigan enfocándolo sin compasión ni afecto, ni miradas neo-indigenistas lo falseen por su exceso de afecto y compasión.

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