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“Santíguame”, nuevo relato de José Luis Aliaga Pereira

Foto referencial: Curandero espiritual el indio del Putumayo / Facebook.

Servindi, 28 de mayo, 2022.- Compartimos “Santíguame”, el último relato de José Luis Aliaga Pereira, en el que un joven narra la historia de su abuelo y cómo santiguaba a las personas para curarlas.

También muestra el rol espiritual que cumple la hoja de coca en las culturas indígenas y que no tienen nada que ver en absoluto con la cocaína y su consumo.

 

“Santíguame”

Por José Luis Aliaga Pereira*

A pesar que lo escuché decir que él solo mentía y repetía tonterías cuando santiguaba, yo creía en las dotes mágicos y la energía descomunal del abuelo que, en aquellos tiempos, parecía, provenía de algún lugar desconocido.

Un misterio sacudía mi alma.

¡Enséñame a santiguar!, le dije. El abuelo arrugó el entrecejo y me explicó que eso no era para cualquiera. Me enteré, mucho tiempo después, que le enseñó a mi hermano porque, según él, era más fuerte y estaba preparado para enfrentarse a cualquier enfermedad maligna o alma en pena que rondaba por ahí...

Veía y escuchaba admirado como, antes de comenzar a chacchar su coca, repetía un ritual todas las tardes cuando las agujas del reloj marcaban las seis: desplegaba una alfombra de colores que, con sobras de hilos, había tejido su compañera. Se sentaba en la alfombra y desparramaba la coca, que guardaba en una alforja mediana y vieja con rayas verde oscuras sobre un poncho color café que tendía en milca sobre sus piernas; para terminar, retiraba del pilar de eucalipto su machete mocho con el que cortaba la coca, sopla que sopla. Escogía las semillas retirando los pequeños tallos, separándolo parsimoniosamente, las hojas que cortadas en siete, ocho o diez partes le hacían más fácil el chacchado, era, para él, un ritual, toda una ceremonia mística.
 

Cuando el día era devorado por la noche, el abuelo ya estaba sentado en la banca larga de la sala. La abuela seguía tejiendo su sombrero en el pequeño dormitorio contiguo. Yo, me acomodaba a escuchar lo que hablaba, muchas veces, palabras que, si lo decía una vez, parecían incoherentes hasta monologar. Pero, por lo general, contaba hechos o situaciones que hacían volar mi imaginación. En cierta ocasión narró la aparición de una gringa en la choza de Atumpuquio, luego de haber terminado su jornada en la chacra y se preparaba para echarle el bolo.

— “Era como si estuviera mirándome al espejo —contaba—, y en lugar de ver mi cara veía la cara de una mujer hermosa, de pelo rubio” ¿Y no tenías miedo? —le pregunté. Sí —me confesó. “Al siguiente día, a la misma hora, temiendo pase lo mismo, llame al Melquiades, un vecino de la jalca, para que me acompañe. Le expliqué lo que pasaba”. “Es doña Carlota —me dijo”. “¿Cuál Carlota? —le pregunté”. “La que viajó a Lima cuando cayó enferma y murió abandonada en esa ciudad de locos —me respondió—. Dicen que dejó enterrau un tesoro y por eso vuelve y quiere decirle a alguien para que lo desentierre y así hacer el bien que, cuando en vida, no hizo”.

El abuelo detenía su chacchada para fumar cigarros que él mismo preparaba envolviendo guajango con papel de biblia que cuidadosamente encendía sobando su pedernal.

Ahora que, desaparecido él y al ver que mi hermano menor santigua, me doy cuenta que el abuelo tenía mucha razón.

Recuerdo muy bien cuando mi madre regresó de un paseo por Ancash y se asustó en la zona del Cañón del Pato, quedando su espíritu atrapado allí por ser débil y miedoso. La fiebre y los delirios no lo dejaban. Mi hermano, después de hacerle unas preguntas, concluyó: “La mamá se ha quedau”.

Fueron tres sesiones, tres santiguadas que hicieron que mi madre sanara; pero él, mi hermano, estuvo mucho tiempo con fiebre y delirios. La fuerza espiritual de la que hablaba mi abuelo lo salvaron de morir. Si hubiera sido el santiguador el que escribe estas líneas, no estarían leyendo este relato.

Por lo general, al anochecer de un día martes o viernes, eran las madres que traían a sus hijas e hijos menores para santiguarlos. Tocaban el portón de la casa y esperaban su turno. Eran oportunidades que no me las perdía.

— ¿Qué pue' tiene la chinita? —preguntaba el abuelo según el caso.

— Siasustau —explicaba la señora—. Sia ido a la sequía madre y allí su espíritu siaquedau. No puede dormir. Habla y habla una y otra cosa, no se entiende nada.

El abuelo, entre sombras, porque la luz era cashquita, sacaba un crucifijo grande y amuraba un poco de aguardiente que tenía preparado en un vaso de vidrio y soplaba el líquido en aerosol sobre la cabeza del enfermo o enferma; luego, pronunciando palabras que solo él entendía, hacía la señal de la cruz.

— Regresa el viernes, a esta hora, son tres las santiguadas, si quieres que se cure —les decía.

Puntual regresaban, una y otra vez.

Lo supe mucho tiempo después que el abuelo viajara por entre las nubes. Yo miraba la vieja banca que nunca movieron de debajo de la ventana de la sala, en el alar hasta que encementaran el patio. Fue una conversación familiar, tras la llegada de un desubicado individuo quien preguntó por el abuelo.

— ¿Está don Félix?

— No —contestó mi hermano menor—. Hace dos meses que ya lo enterraron.

— ¡Qué pena! ¡Quería que me santigüe!...

— Como si bajara del cielo —contó mi hermano—. Sentí que la figura del abuelo ingresaba por la parte superior de mi cabeza hasta meterse hasta el mismo centro de mi corazón.

En esos momentos me acordé de sus palabras: “Este oficio nues para cualquiera”...

Y es aquí que mi hermano sacó el medallón que le había entregado el abuelo en los últimos minutos de su vida.

—Tú, tú eres el único que puede resistir a los malos espíritus, a esos que no pueden ingresar ni al cielo ni al infierno. A esas pobres almas que asustan a la gente y se quedan dando vueltas y vueltas buscando personas débiles o temerosas para someterlos.

Luego, para que creyéramos en sus palabras, corrió das das a su ropero y nos enseñó la cruz que colgaba de una antigua cadena color marrón. Desde ese día comprendí por qué muchas personas hablaban que gracias a sus oraciones sus familiares se curaron y que no son mentiras ni vanas las palabras que el abuelo repetía y repetía cuando alguien llegaba por una santiguada.

 

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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