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Llamado a aprender para proteger

Servindi, 15 de setiembre, 2020.- Leydi Burbano Santa Cruz, de la Comunidad Quillasinga de Santiago (Putumayo, Colombia) es una de los 22 autores y autoras del Libro Experiencias y Aprendizajes en Gobernanza Territorial Indígena, que será presentado el viernes 25 de setiembre por las redes de Servindi.
 

En el participan pueblos y organizaciones indígenas de 4 regiones y países de la Amazonía, en Pastaza (Ecuador), Ucayali (Perú), Rondonia (Brasil) y Putumayo (Colombia). Quienes tengan interés en saber más de este Programa de Formación, pueden ver el siguiente video:
 

En la siguiente nota, ella relata lo que fue su experiencia en el Programa de Formación en Gobernanza Territorial Indígena, un programa de Forest Trends y WWF con apoyo de la Cooperación Noruega (NORAD) que se implementa desde el 2016.

Llamado a aprender para proteger
 

Por Leydi Burbano Santacruz*

15 de setiembre, 2020.- En el caminar de la vida hay circunstancias que son guiadas por las fuerzas del universo, los espíritus ancestrales, la reciprocidad y justicia de la misma madre tierra, de esto a mis treinta años no tengo dudas. Una de estas experiencias guiadas fue el Programa de Formación en Gobernanza Territorial Indígena.

Todo empezó cuando mi mamá gobernadora, dio a conocer la invitación al Cabildo Quillasinga de Santiago a ser participe del diplomado en Gobernanza Territorial Indígena, ante lo cual no titubee en postularme en la asamblea. Mi comunidad, sabiendo que la responsabilidad era mi aporte principal –valor inculcado por mis taitas–, aprobó mi asistencia. El programa había sido configurado de manera estratégica, incluía como requisito la participación de hombres y mujeres, jóvenes y mayores, permitiendo conjugar los conocimientos novedosos y las sabidurías de la experiencia.  

Mientras me dirigía rumbo al primer encuentro, pensaba qué me depararía este diplomado novedoso, pero lejos estaba de imaginarme el sinnúmero de experiencias y aprendizajes por vivir. Nuestra vida cotidiana fue alterada en buena manera, cada participante sabía que cada dos meses, por el trascurso de un año, teníamos una cita semanal con el saber, en algún territorio indígena; el cual vino a ser, el acogedor territorio de los pastos en la puerta al fin del mundo y el majestuoso Yunguillo atravesado por el caudaloso Caquetá. En ellos y la sede OZIP, se desarrollaron las temáticas: Marco legal, territorio y globalización, buen vivir, gobierno territorial y comunal, género y generación, manejo administrativo y financiero, economía indígena, políticas públicas y cambio climático.

Todas estas cátedras propiciaron en nosotros conocimientos nuevos, intercambios de saberes, el desarrollo de trabajos manuales, los cuales eran ambientados por la presencia de la naturaleza y la cultura de los territorios indígenas, convertidos en hogar y aulas transitorias que hicieron llevaderas las largas jornadas. Además, al inicio y terminación de cada semana éramos armonizados por el sagrado remedio yagé, rezado con intenciones de unidad, sabiduría y salud.

Recuerdo algunos momentos sublimes, como la tarea de esquematizar en el mapa de Putumayo los entes que se veían como aliados o adversos a la gobernanza indígena, encontrando que la presencia de las empresas minero energéticas y el narcotráfico se veían como un ente extraño y perjudicial al territorio. También se hizo una pieza esquemática de los territorios, identificando las potencialidades en las economías propias y la ejecución de los planes de vida. Igualmente fueron significativas las cátedras en administración y cambio climático, las cuales brindaron bases fuertes para los retos administrativos en los territorios y la manera de articular el sustento de conservación cultural con conceptos técnicos como la ecociencia, ante males como la deforestación y el calentamiento global.

La conexión entre los participantes, docentes y grupo de apoyo fue tan perfecta, como la pinta de tejidos que el yagé me enseñó una noche de luna llena en la maloca mágica de taita Juan Yaiguaje.

A fin de asegurar la conexión del diplomado con las comunidades, se trabajaban proyectos formativos comunitarios desarrollados en los momentos no presenciales, en los cuales compartí junto a la tulpa con mi comunidad las enseñanzas recibidas.

Si bien el curso no pretendía una competencia de calificaciones, el nivel de compromiso era alto y aunque pensaba no faltar ningún día, hubo un hecho que cambió el rumbo de mis planes. La oportunidad de ser parte del equipo de la mesa amazónica indígena se me presentó cuando había llegado a Tandarido a estudiar el quinto presencial. Esa noche con el sagrado yagé minguié la conveniencia de ir a entretejer mis conocimientos en otro nivel. Al alba, el rezo de los taitas y el poder de la waira colmaban mi cabeza de la energía de la selva en forma de lucecitas ingresando en mí ser. Horas más tarde, tras atravesar en tarabita el apabullante río Caquetá, me dirigía a Bogotá D.C., a continuar mi lucha en otros escenarios.

El diplomado representó esa oportunidad de retroalimentarnos de nuevos conocimientos, los propios y los occidentales –adquirir las dos fuerzas– sin ser absorbidos por una cultura mayoritaria, el empoderar mi pequeño liderazgo, el apropiarme de herramientas para organizar y fundamentar los procesos, ante amenazas externas cada vez más diversas y recurrentes. La importancia de conocer y dotar nuestros territorios del valor necesario para que se mantenga vivo. También significó en mí, esa conexión para participar en otros espacios, desde los cuales he puesto mi granito de arena en la atención de las preocupaciones de los pueblos indígenas como el enfoque étnico en el programa ingreso solidario creado con ocasión del Covid 19 y apoyo a la mujer indígena en diferentes normas. Las bondades del curso se reflejaron en otros compañeros con la destreza en la oratoria y la aplicación de los saberes en casos puntuales.

Fuimos como pequeñas y grandes semillas de distintos pueblos amazónicos, reunidos en un espacio para ser nutridos y preparados. Hoy cada quien, desde su territorio y rol comunitario, es un fruto, un ser  lleno de aprendizaje, con más sabiduría, en busca de la revitalización de los territorios, el conocimiento del entorno, la defensa de lo que es propio y de todos, la construcción del sendero de la conservación, la armonía y la paz.

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* Leydi Burbano Santacruz es de la Comunidad Quillasinga de Santiago, Putumayo, Colombia.

 

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