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Elena Burga: Reflexiones en cuarentena

Nativos fabrican mascarillas con hojas de bijao por temor a contraer coronavirus ante la escasez de tapabocas. Fuente de la foto: Diario Ojo

Ojalá que en los días que sigan sean los hechos que nos emocionan y nos hagan sentir orgullosos los que primen, y asumamos todos una actitud mucho más proactiva, aún sin salir de casa, generando solidaridad, fuerza y esperanza. Todos lo necesitamos.

Por Elena Burga Cabrera*

6 de abril, 2020.- En varias ocasiones en los últimos años he pensado “como no pasa algo que nos obligue a todos a estar en casa, a no salir, a no trabajar, y a no ver a nadie… pero sin que sea por estar enfermos. No me imaginaba qué podría ser eso, sólo era una pensamiento loco producto del cansancio y el extremo estrés, y una necesidad de parar el ritmo, ese ritmo intenso de trabajo que abarca muchas veces los fines de semana y feriados, que inunda parte de las vacaciones y que nos “obliga” a estar siempre conectados, pendientes del correo, el wasap y las redes sociales.

Sin embargo, jamás imaginé que llegaría un día en el que “todos” pararíamos ese ritmo loco, y que la gente de más de la mitad del planeta estaría en el mismo momento metida en sus casas, viendo las mismas noticias, sintiendo el mismo temor, pendientes de lo que pasa en todo el mundo y buscando todos la forma de sobrevivir a un virus que de pronto nos ha puesto en un limbo, en un estado de incertidumbre inusitado y global del que no sabemos cuándo realmente saldremos. La más sui generis situación que sin duda haya vivido la presente generación hasta hoy.

He leído tantas cosas extraordinarias estos días sobre la capacidad de resistencia de la gente, sobre la empatía, sobre cómo ser solidarios, cómo sobrevivir en nuestras propias casas y con nuestras propias familias a esta pandemia. También cosas sobre cómo esto nos cambiará la vida, que el mundo no será el mismo después del COVID-19, que la naturaleza, tan maltratada por los humanos, está agradeciendo este respiro y se está recuperando. Tal vez sea cierto, pero sólo lo sabremos cuando esto pase, y no me refiero a cuando pase la cuarentena - pues el virus seguirá acechando por mucho tiempo, y las medidas de cuidado y aislamiento continuarán – sino cuando pase todo y hayamos derrotado como humanidad al virus, sea con una vacuna o con lo que los científicos logren descubrir para controlarlo o convivir con él sin morir. Recién ahí, que no será muy pronto, podremos ver la dimensión del impacto de esto en nuestra vida personal y familiar, en la organización de nuestras sociedades, en nuestro trabajo y desempeño profesional, en nuestra manera de vivir la vida y de relacionarnos con los demás.

Por ahora, en estos días que nos están tocando vivir, puedo decir que hay cosas sumamente esperanzadoras, que nos enternecen y nos arrancan lágrimas de alegría y de compasión, y otras sumamente preocupantes, que nos indignan y llenan de frustración. No cabe duda que situaciones excepcionales como estas son las que sacan a la luz lo mejor y lo peor de las personas y de las sociedades.

Me emocioné, por ejemplo, cuando el Apu de una comunidad indígena kukama, San Pedro II Zona, el señor Elmer Huaymacari Silvano, llegó en su bote con 100 racimos de plátano para donar a la gente de la ciudad de Nauta, la capital del distrito al que pertenece su comunidad. Hermanos indígenas de la zona rural dando alimento a la gente de la ciudad que no tiene chacra y no puede trabajar… Pero por otro lado, también he sentido (siento) una gran frustración e indignación porque hasta la fecha no se dan medidas particulares para evitar que el virus llegue y se propague por las comunidades indígenas y campesinas, y no hay ninguna ayuda económica especial para ellos. Muchas de estas comunidades han tomado medidas desesperadas para no permitir la llegada de lanchas con gente foránea que sigue navegando por los ríos y que son potenciales portadores del virus.

hasta la fecha no se dan medidas particulares para evitar que el virus llegue y se propague por las comunidades indígenas y campesinas

Me emocioné también cuando un campesino de una comunidad rural no quiso recibir la canasta de víveres que le llevó la Municipalidad porque ya había recibido el bono de 380 soles. El señor decía: “yo lo necesito, pero hay gente que la necesita aún más” dando una lección de altruismo impresionante… Pero me llené de indignación al ver cómo algunos señores directores del BCR, que ganan más de 40 mil soles mensuales y reciben otras gollerías, se ofenden porque alguien propone que se les baje el suelo o que donen el 10% de él por unos meses, para crear una bolsa de ayuda a los más necesitados.

Me emocioné con el relato de una enfermera a la que el taxista no le quiso cobrar la carrera del hospital a su casa, en agradecimiento por todo lo que están haciendo ella y el personal de salud que está trabajando incansablemente en esta emergencia, exponiendo además su vida y la de sus familiares… Pero qué tristeza e impotencia saber que sigue aumentando el número de contagios entre el personal de salud, y que nos vamos quedando con menos profesionales.

Me emocioné también al ver que mucha gente (espero que sean muchos más de los que sé) está pagando el sueldo completo a las personas trabajadoras del hogar sin que ellas estén trabajando (como corresponde, pues están en sus casas en cuarentena) y que en muchos edificios y condominios están haciendo lo mismo con los vigilantes y personal de servicio…. Pero indigna leer en un periódico nacional a una columnista insultar en su artículo a su “Ama de llaves” por no haberse quedado a trabajar durante la cuarentena, y saber además que como ese hay muchos casos más, y que tal vez sean la mayoría.

Seguramente seguiremos viendo y siendo testigos de algunas situaciones dolorosas e indignantes, y de otras que nos enorgullecen como especie humana y nos dan esperanza. Solo espero que de verdad esta pandemia sirva para mucho, que la famosa frase que siempre dicen nuestras abuelas y madres se cumpla hoy más que nunca: “no hay mal que por bien no venga”, y que en unos meses podamos decir “valió la pena pasar por todo esto”, porque seremos mejores personas, mejores familias, mejores sociedades. Ojalá que en los días que sigan sean los hechos que nos emocionan y nos hagan sentir orgullosos los que primen, y asumamos todos una actitud mucho más proactiva, aún sin salir de casa, generando solidaridad, fuerza y esperanza. Todos lo necesitamos.

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Elena Burga Cabrera es profesora y se desempeñó como viceministra en el Ministerio de Educación del Perú.

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Fuente: Cuenta de Facebook de Elena Burga: https://www.facebook.com/106996634080567/posts/206377967475766/?d=n

 

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Muchas veces el poder oscurece la mente de las personas, que una vez que logran un cargo importante muchas veces sin ningún concurso, sino a dedo o por amiguismo como se acostumbra en las últimas décadas, la gente cambia y más que el amor al trabajo el pago que reciben también les gusta mucho. Lo he visto en tantos años de trabajo, en diversos ministerios, en el Congreso (donde particularmente se aprecia este cambio de las personas que empiezan a usar el poder), por eso he preferido trabajar como profesional independiente y no estar sentada con un séquito de secretarias y personal técnico. Lo máximo que soporte como Directora en un Ministerio fueron 2 meses. Y en mis tiempos se concursaba, eso lo implantó Velazco Alvarado. Los entrenadores de la Reforma Educativa pasamos por tres niveles de concurso, a nivel `provincial, Departamental, Regional y Nacional, igualmente para trabajar en el Minsiterio de Educación todos los cargos eran por concurso, no como se acostumbra ahora. En mi trabajo en campo durante más de 30 años he aprendido mucho más que en cualquier cargo político y me siento profundamente agradecida por lo que aprendí de los niños y adultos indígenas en el convivir diario, sus valores, su cultura, etc, etc,., a quienes admiro y no me asombró de su actitud ante la vida como si fuera una anécdota.

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