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Los límites de nuestra autosuficiencia

Servindi, 5 de setiembre, 2021.- Frente al aumento de precios de los alimentos urge una estrategia económica que sume instrumentos de mayor alcance, la participación de múltiples sectores económicos y de actores de la sociedad nacional e inclusive internacional.

Así lo afirma Miguel Pintado al comentar el alza del costo de algunos alimentos, especialmente los de mayor dependencia. Esto pone en alto riesgo la seguridad alimentaria de las familias en el país.

Ante la se requiere con urgencia una estrategia que reduzca los riesgos de la volatilidad internacional y mantenga la estabilidad alimentaria de las poblaciones más vulnerables sostiene el economista del CEPES.

El esquema de franja de precios y la creación de fondos de estabilización son instrumentos de política que pueden ser opciones viables en un contexto de limitaciones y complejidades económico-productivas.

A continuación presentamos el artículo completo de Miguel Pintado, economista del Centro Peruano de Estudios Sociales (CEPES):
 

Los límites de nuestra autosuficiencia

Por Miguel Pintado*

CEPES, 5 de setiembre, 2021.- Casi en todos los ámbitos de la acción humana enfrentamos límites que resultan imposibles de superar. El tiempo, la biodiversidad, las tierras, los combustibles fósiles, etc., son algunos de los elementos que definen dichos límites. Cuando hablamos de alimentación, también estamos sujetos a ciertos elementos que marcan límites. En corto, estos son principalmente cinco: tierra, agua, capital, tecnología y trabajo.

En nuestro país dos de ellos, más allá de sus complejidades intrínsecas, se mantienen todavía en niveles competitivos. Las tierras para uso agropecuario se han ampliado, según los últimos dos censos agropecuarios, y han sido responsables de alrededor de la mitad del aumento de los niveles de producción nacional (la otra mitad correspondería a los cambios en los rendimientos).

Sumado a ello, la variada geografía y los diferentes pisos ecológicos de producción aportan elementos de biodiversidad, estacionalidad y, por ende, singularidad que podrían ser aprovechables. El otro elemento es el trabajo. A pesar de las tendencias migratorias internas que van conduciendo al despoblamiento del campo, la agricultura es todavía el sector que más mano de obra absorbe en el país (un poco más de 4 millones, según la última Enaho pre-pandemia), aunque con niveles de productividad todavía deprimidos.

la agricultura es todavía el sector que más mano de obra absorbe en el país

En cambio, en el caso del agua, el capital y la tecnología sus niveles son muy heterogéneos, los cuales conllevan ciertos límites en materia alimentaria. En el caso del agua, los proyectos de irrigación, que han contado con importantes beneficios fiscales y laborales por parte del Estado, han marcado un notable contraste entre una agricultura de costa (principalmente de grandes empresas, orientada a la exportación) y otra agricultura de sierra y selva (mayoritariamente de pequeños productores, orientada al mercado interno (1). Tanto el capital como la tecnología también han tenido desempeños diferenciados: niveles muy bajos en la pequeña agricultura versus niveles superiores en la gran agricultura.

La interacción entre estos cinco elementos, además de otros, son los que finalmente determinan nuestras ventajas o desventajas comparativas de tal o cual agricultura en el mercado nacional e internacional y, por consiguiente, de nuestro mayor o menor grado de autosuficiencia (peso de la producción nacional sobre la oferta interna de alimentos) o de dependencia externa (peso de las importaciones sobre la oferta interna de alimentos).

Hoy en día, nuestro grado de autosuficiencia alimentaria es del 97% (FAOSTAT, 2018). Cifra relevante, sin duda, pero que podría resultar engañosa. Pongamos la lupa. Cuando solo se considera al sector agrícola, este grado baja al 88%.

Haciendo un zoom mayor (a nivel de grupos de alimentos y de productos), encontraremos ya niveles tan bajos de autosuficiencia que resulta mejor observar el indicador opuesto: grado de dependencia externa (técnicamente llamado Razón de Dependencia de Importaciones). A nivel de grupos, destacan los altos niveles de dependencia en cereales (54%), oleaginosas (54%) y aceites (72%) y, a nivel de productos, los registrados en la cebada (45%), maíz amarillo duro (69%), avena (79%), soya (100%) y trigo (100%). Casi todos estos productos vienen, precisamente, experimentando alzas de precios preocupantes que ponen en urgente riesgo la seguridad alimentaria de gran parte de las familias del país.

 

Ante este panorama, no se trata de dirigirnos hacia una autarquía alimentaria, lo cual es un despropósito desde el punto de vista económico y comercial, dado que se generan equilibrios subóptimos y pérdidas de bienestar.

Se trata, más bien, de buscar mecanismos y estrategias que desemboquen en políticas de mediano y largo plazo con la finalidad de reducir los riesgos propios de la volatilidad internacional y cambiaria, y mantener la estabilidad alimentaria de las poblaciones más vulnerables.

El esquema de franja de precios (no el control de precios, ojo) y la creación de fondos de estabilización son, sin duda, instrumentos de política que, si bien no forman parte del ideal económico teórico, sí aparecen como opciones viables (lo que en la teoría económica se conoce como el ‘second best’) en un contexto de limitaciones, distorsiones y demás complejidades económico-productivas que nos caracteriza. Frente al reto de sumar instrumentos de mayor alcance no solo temporal sino también estructural, la participación articulada de múltiples sectores de la economía y de diferentes actores de la sociedad nacional e inclusive internacional se vuelve cada vez más necesario y urgente.

Nota:

(1) Con la excepción de algunos productos tradicionales tales como el café y cacao con destino exterior de importante envergadura.

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* Miguel Pintado es economista del CEPES.

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Fuente: publicado en Cepes el 26 de agosto de 2021: https://bit.ly/3h5GCA9
 

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