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Mi Australopithecus favorito

Foto: Culturizando.com

Hace millones de años el camino fácil nos ayudó a sobrevivir, pero desde la aparición de la cultura en las primeras especies de homínidos el camino fácil fue una dificultad para la innovación porque se perdía información en el proceso reflexivo y de aprendizaje producto de la observación, el ensayo y la experiencia.

Por Mirbel Epiquién

Servindi, 5 de febrero, 2021.- Hace aproximadamente 2 millones de años atrás en las sabanas africanas los ancestros de nuestra especie de Homo sapiens tenían que jugárselas cada día por su sobrevivencia ante depredadores más grandes que ellos.

Leopardos, leones, guepardos o hienas acechaban constantemente a los diminutos Australopithecus, los primeros homínidos. Por entonces nuestros ancestros desarrollaron estrategias evolutivas para lograr superar estas amenazas. Una de estas consistía en actuar instintivamente ante un mínimo de estímulos o de información, es decir, el cerebro solo necesitaba recoger información básica como un ruido, un movimiento o un olor extraño para salir corriendo antes de ser devorado. El pequeño Australopithecus no se quedaba a reflexionar sobre el origen del ruido, o cuan lejano podría estar la amenaza, simplemente salía corriendo a protegerse. Aquellos que actuaban con el mínimo de información sobrevivieron, los “reflexivos” fueron devorados y su linaje desapareció para siempre. 

Muchísimo tiempo después, en nuestros días, esa característica evolutiva nos sigue ayudando como especie. Sin embargo, con la aparición de la cultura esta misma característica nos ha traído ciertos inconvenientes. Nuestro cerebro, por esta condición innata, siempre toma las rutas más familiares y de menos resistencia a la hora de tomar decisiones, de allí por ejemplo que cuando llegamos a un lugar nuevo por primera vez nos detenemos un poco para elegir donde sentarnos, pero las siguientes veces que vamos a ese lugar automáticamente nos dirigimos al sitio que habíamos elegido la primera vez, ya no volvemos a hacer un nuevo esfuerzo de elección porque eso implicaría pérdida de tiempo y energía.

Es decir, muy pocas veces elegimos el camino de mayor resistencia para tomar decisiones. Es esa misma condición natural la que nos lleva a creer y aceptar lo primero que se lee o se escucha sobre un problema en particular.

Por ello es que los videítos de noticias falsas que circulan por WhatsApp son tomados como ciertos ya que por inercia nos da “pereza” innata en hacer un esfuerzo en cruzar información, analizar el contenido o investigar un poco más sobre la certeza de lo que nos dicen. El camino fácil para nuestro cerebro será ese, el tomar como cierta la primera información que nos llega y si ya estamos convencidos con cierta línea de ideas preconcebidas solo esperaremos que esa información, falsa, refuerce lo que creemos. 

hace millones de años el camino fácil nos ayudó a sobrevivir, pero desde la aparición de la cultura en las primeras especies de homínidos el camino fácil fue una dificultad para la innovación porque se perdía información en el proceso reflexivo y de aprendizaje producto de la observación, el ensayo y la experiencia.

¿Es malo esta manera de actuar? Como ya lo mencioné, hace millones de años el camino fácil nos ayudó a sobrevivir, pero desde la aparición de la cultura en las primeras especies de homínidos el camino fácil fue una dificultad para la innovación porque se perdía información en el proceso reflexivo y de aprendizaje producto de la observación, el ensayo y la experiencia. Trayendo el fenómeno hasta un caso concreto y actual; la pandemia del Covid-19 ha despertado como nunca la condición innata del camino fácil, lo vemos en las miles de cadenas que circulan por la redes sociales contándonos que el virus del SARS CoV2 no es natural sino creado adrede en un laboratorio, o que las vacunas contienen sustancias para matar a la gente en un futuro apocalíptico, o que la medicinas como la ivermectina puede prevenir una infección viral, o que en realidad hay todo un plan internacional para eliminar una parte de la población mundial. Todas estas afirmaciones carecen de una condición, nadie lo ha demostrado con pruebas o evidencias que nos hagan, por lo menos, dudar de la realidad, por el contrario se basan en una fe personal en que así son las cosas, punto.

He podido escuchar de muchas personas, educadas, profesionales, con buen estatus económico y social afirmaciones tan surrealistas como las antes señaladas. No se trata por tanto de decir simplemente que hay un problema de educación, inteligencia o condición social, el problema en realidad es más humano de lo que parece. Hacerse de una conclusión más cercana a la realidad implicará de un esfuerzo adicional en leer más, indagar, obtener datos, relacionar ideas, comprobar hipótesis, algo que la gran mayoría de personas no está dispuesta a hacer porque será una pérdida de tiempo y energía, el tiempo y energía que necesita para hacer cosas más vitales y por tanto, en este caso, elegirá el camino más corto, creer en el video que acaba de enviar la tía por el chat familiar o el que tiene más links en el Facebook.

Los científicos, que fueron formados para hacer ese esfuerzo adicional y los comunicadores, que tienen la obligación de contrastar los datos, son las personas que tienen la responsabilidad de facilitar la vida a la mayoría de la gente en cuanto a la interpretación de la realidad. Claro, eso no quiere decir que no haya gente que sin ser científico o comunicador se dé el tiempo de investigar más y tener ideas más claras de la realidad, pero vamos, siempre será un porcentaje muy bajo de la población. Hay más trampas que la mente encierra y que nos hacen el trabajo más complicado, por ejemplo la fijación funcional, que es la incapacidad para darnos cuenta de que algo que sabemos que tiene un uso particular, también se puede utilizar para otras funciones, o la fijación estructural, que es el sentido innato de ordenar y estructura las cosas para darle sentido al mundo que nos rodea. Si mezclamos todas estas condiciones innatas del ser humano tendremos por delante unas barreras inmensas para adquirir más certeza de la realidad. Con más razón para recurrir a los que deberían ayudarnos; los medios de comunicación y el método científico.

Sin embargo son justamente los medios de comunicación los que están tan alejados de la realidad, por intereses diversos, que más que informar induce a generar ideas erróneas.

De otro lado la gente de ciencia vive tan alejada del común de población que nadie les entiende o no se dejan entender. Es en ese espacio vacío de información que hacen su aparición las ideas dogmáticas, conspirativas, superficiales y surrealistas. Solo porque a un estudioso de las ciencias no le dio la gana de explicar por ejemplo que un virus sí puede ser transformado en laboratorio, pero que esa transformación puede ser rastreable por cualquier virólogo tan solo leyendo la cadena de su código genético, y que hasta ahora el SARS CoV2 no ha mostrado rastros de haber sido modificado en un laboratorio, más bien su capacidad de mutación es una muestra de su origen natural.

Además, las vacunas fueron generadas en tiempo récord porque muchas universidades ya venían probando estas técnicas desde hace más de 10 años desde la aparición de otros coronavirus en el mundo. Claro que hay secretos en este planeta, multimillonarios que quieren controlar a la población o vacunas que pueden fallar en su efectividad, pero todas estas ideas no deben despertar a nuestro Australopithecus favorito y nos impida investigar cómo es que se dan esos procesos y hasta dónde son ciertas.

 

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