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Un río que muere en Alta Verapaz, Guatemala

Río Chixoy, Guatemala. Fotografía: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Es urgente repensar los sujetos de derechos cuestionando su origen antropocéntrico. Como decía una abogada maya: “hay que repensar los derechos humanos desde sus orígenes – agua, fuego, tierra, los elementos nuestros. Si no existen estos, no existimos nosotros. Hay que repensar el derecho a la vida usando todos los elementos”.

“Del agua empezaron a surgir los cerros y de inmediato en grandes montañas se convirtieron”
Popol Vuh.

Por Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Prensa comunitaria, 2 de agosto, 2019.- En el mes de junio, un video circulando por Facebook mostrando la desaparición del Río San Simón en Chisec, Guatemala, conocido por sus atractivos turísticos, provocó una avalancha de reacciones de consternación de esta aparente muerte natural del agua.

Según la opinión pública, el río murió al ser desviado por uno de los tantos proyectos extractivos que están operando en el territorio de Alta Verapaz. Tanto las hidroeléctricas, como las plantaciones de palma africana, los finqueros y las empresas de tala de árboles fueron señalados públicamente como los perpetradores de este robo del río, del ríocidio, del ecocídio.

Al día siguiente, el Periódico de Guatemala publicó el comunicado del Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN) indicando que éste era un evento “normal” causado por la prolongada sequía en la región y que se trata de efectos naturales que deben atribuirse, sin duda alguna, al cambio climático.

“Nuevas” y “viejas” violencias en Alta Verapaz– Guatemala

Antes de la llegada de los religiosos españoles en el siglo XVI, Alta Verapaz se llamaba Tezulutlán o tierra de guerra. Hoy día parece ser el escenario de nuevas guerras planetarias; en los últimos años se ha convertido en uno de los epicentros de las disputas sobre el territorio en Guatemala, y particularmente sobre el agua.

Sus ríos caudalosos como el río Cahabón y su afluente Oxec han atraído proyectos de energía hidroeléctrica, desatando algunos de los conflictos más notorios, como los que se han dado sobre los proyectos Renace y Oxec. Los ríos se han fragmentado y año sobre año se han ido secando. Muchos finqueros han vendido sus tierras a las empresas multinacionales que impulsan los megaproyectos.

El cardamomo que se cultivaba extensamente en los años 90 ha sido reemplazado en parte por la palma africana, monocultivo sediento que monopoliza las fuentes de agua en donde se siembra y que además contamina la poca agua que queda para la población local. Los planes de protección y manejo ambiental de los grandes proyectos a menudo han resultado muy deficientes. Sumado a este expolio por el capital, el crecimiento poblacional combinado con los efectos cada vez más marcados del cambio climático han agudizado aún más las disputas sobre los recursos en esta región donde los índices de pobreza figuran entre los peores del país.

La resistencia del pueblo q’eqchi’ y poqomchi’ frente a ese avasallamiento de sus territorios históricos ha traído la criminalización de líderes comunitarios, que han tenido órdenes de captura o incluso la encarcelación, como fue el caso célebre de Bernardo Caal Xol. Otros líderes han sufrido la represión más abierta, con amenazas contra su vida, ataques físicos, y hasta asesinatos.

Tristemente, el sufrimiento de la población indígena no es ninguna novedad en Alta Verapaz. El saldo del conflicto armado interno de los años 80 y 90 fue incalculable para los pobladores q’eqchi’ y poqomchi’ de esta región que padecieron aldeas masacradas, poblaciones desplazados, mujeres y niños esclavizados y brutalizados por las fuerzas militares.

Tan solo las exhumaciones en el centro militar Creompaz en Cobán han revelado la fosa clandestina más grande de América Latina. El ejército no solo había violado los derechos más fundamentales de las personas, sino había cometido muxuk, violaciones o profanación contra la naturaleza de todo. Los q’eqchi’ hablan del tiempo de la guerra como nimla rahilal, el gran sufrimiento. Y como han dicho muchos comunitarios, los conflictos socioambientales por los proyectos extractivos son el nuevo nimla rahilal.

Un análisis multidimensional por los ancianos y las ancianas q´eqchi’

El video del río desaparecido nos hizo reflexionar nuevamente sobre nuestros aprendizajes en territorio q’eqchi’, y más que todo sobre las profundas e imbricadas relaciones que existen para los q’eqchi’ entre los seres humanos y los no-humanos, expresadas tanto en su ontología como en sus prácticas diarias.

En abril de 2017 pasamos un mes en Nimlaha’kok, una aldea del municipio de Cobán que ambas habíamos conocido años atrás en distintos trabajos de investigación. Esta vez uno de los intereses que nos trajo de nuevo a este pequeño poblado fue indagar sobre la relación entre los q’eqchi’ y el agua, y aprender particularmente del saber y la memoria de las ancianas y los ancianos.

Cuando llegamos a la aldea casi no había agua y ésta se reducía a un pequeño arroyo abajo de la comunidad que servía a gran parte de las familias y tomaba horas cada día el buscar y traer el líquido vital. Reciclamos cada gota, conscientes de la tremenda escasez del agua que según los pobladores se agravaba cada año. Encontrar una rata muerta en la pila de nuestra cocina provocó una pequeña crisis porque implicó vaciar completamente la pila, lavarla y subir otra vez varios galones de agua desde este arroyo que quedaba a diez minutos a pie.

Arroyo de la comunidad Nimlaha’kok, Alta Verapaz. Fotografía: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

En distintos talleres, los ancianos nos compartían su saber. Decían que en el pasado estaban más en contacto o comunicación con el agua: “Antes saludábamos a diario al agua cuando íbamos al monte a recogerla…estábamos en comunicación con el agua, con las estrellas”. Se hacía el mayej, la ceremonia para pedir permiso. Como decía una anciana: “estábamos pagando (tojok) con pom y candela al agua, para tener permiso para utilizarla”. La reverencia y cuidado para el agua, un ser, como decían, que nunca duerme, era evidente.

Taller sobre el agua con mujeres q’eqchi’s. Fotografia: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Nos contó una anciana que “mi abuela llevaba candela y pom para pedir al agua, para que no se sintiera golpeadas las personas y el agua cuando se encuentran. Las abuelas decían que tienes que saludar al agua. Cho na, al agua para que no se asuste. Había palabras que uno tenía que usar para saludar al agua antes de empezar el día”. La percepción del agua y los ríos como seres vivientes era impactante. Como nos comentó Qana Elvira: “el río sí tiene corazón, vive, tiene venas. Decían mis abuelos, las venas son como los arroyos que salen de los ríos grandes. El agua es el sudor de la tierra. Sí tiene corazón. Si no tuviera, no tuviera vida”.

Las razones identificadas por la crisis del agua que experimentaban en Nimlaha’kok eran múltiples, desde la falta de cuidado diario hasta el impacto de los megaproyectos. Las ancianas lamentaron el efecto de los cambios: “Ahora el agua viene en tubos a las casas, ahora ya no saludamos el agua” … “Ahora los jóvenes desconocen los sitios sagrados del río por lo cual no piden permiso y violan la vida del río (xmux´bal yuam nimla ha)”. Se reconocían los efectos negativos del crecimiento poblacional y de los hábitos contemporáneos, afirmando que ahora cortan los árboles de los nacimientos de agua y hay mucha contaminación, “por los plásticos, los jabones, las pesticidas, la basura”.

Ciertamente, si antes abundaba el macuy, ahora el uso generalizado de las pesticidas había acabado con las plantas silvestres que antes suplían la dieta cotidiana de tortilla y frijol. Para Qawa Flavio había una lógica clara detrás de la falta de agua: “El agua se está retirando por la deforestación. Nosotros mismos estamos acabando con el agua”. La contaminación y el descuido hiere al agua: “por eso que el agua se enoja, por eso es que se secó el arroyo de la comunidad”. Como ser viviente, “el agua nos manda esta señal que no está contenta, que está triste”.

Taller etnolingüistico con ancianos q’eqchi’s, 2017. Fotografía: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Decían que era en parte un problema de educación y de transmisión intergeneracional: “Todos somos culpables, no le decimos a los niños cómo cuidar el agua sagrada…esta idea cuesta decirla y entenderla, los jóvenes no nos creen” … Los hijos ¿qué van a decir buenos días, si el agua llega del tubo? Cuando éramos jóvenes había que ir al cerro a buscar el agua, era ley saludar al agua. Ahora los jóvenes no respetan esas ideas, no quieren escuchar…se burlan, todo ha cambiado”.

Sin embargo, como nos indica la crisis planetaria del cambio climático, la reverencia y el cuidado hacia los seres no-humanos es vital para mantenerlos con vida. Como nos explicó un anciano q’eqchi’: “cuando uno va en un lugar sagrado, no vamos a ir a ensuciar, a mancillar. Hay que llegar pidiendo permiso, respetando, como si fuera una persona”. Como se sabe, la comodificación capitalista rompe profundamente con estos conceptos milenarios de la cosmovisión indígena, y no solo en Guatemala. Pero no queda duda de que los patrones actuales del capitalismo tienen que adaptarse para poder contrarrestar los efectos del cambio climático, efectos cada vez más agudos que ponen en peligro nuestra supervivencia, junto con la de las demás especies.

Taller con ancianas q’eqchi’s, 2017. Fotografía: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

En los talleres en Nimlaha’kok con los ancianos y ancianas también se discutió la ola de megaproyectos en la región y sus efectos. Todos nos transmitieron imágenes de destrucción y de pérdida. “Ahora cortan las venas de la tierra por la construcción de las hidroeléctricas”. Don Zacarías nos decía: “Si cortan el río se va a secar. Es como si la sangre que se tiene en el cuerpo se seca, es similar lo que pasa con el agua”.

Taller con ancianas q’eqchi’s, 2017. Fotografía: Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Nuestra propia angustia por el hecho de no tener agua era compartida entre todos. Qana Herlinda nos relató: “cuando yo crecí había mucha agua, los pequeños nacimientos nunca se secaban. Había tantos peces, de allí nos alimentábamos … ya están tapando los ríos, están echando veneno en los ríos. No nos respetamos, pero todos somos lo mismo, hijos de un solo Dios. Están diciendo que un día se va a terminar el agua, que solo va a ser posible comprarla por tonel. Yo como viuda ¿cómo voy a hacer? No puedo pagar”.

El miedo por el mundo que iban a heredar a las futuras generaciones era tal vez lo más impactante. Como decía con toda razón una anciana: “El agua es el centro de la vida y es el centro de todo, nuestros hijos y nietos lo necesitan. Sin agua no podemos vivir”. Las mujeres más que todo estaban en contacto diario con el agua y sentían de forma más aguda su ausencia: “el agua es un compañero de vida, como un esposo, es mi compañero cada día. Sin él no podemos vivir, es parte de nuestra vida”.

La revolución legal de otorgar derechos a los ríos: ¿un parche sobre un planeta herido?

Desde 2017 ha habido mucho interés internacional en las posibilidades que puede ofrecer la atribución de personalidad jurídica a los ríos para combatir la crisis ambiental. Nueva Zelandia, Ecuador, Colombia, India, Argentina y Australia han declarado a los ríos como sujetos de derechos en decisiones legales innovadores plasmadas en leyes y sentencias. Ahora estos ríos tienen estatus de entidades vivas y son considerados personas legales, con sus correspondientes derechos, obligaciones y responsabilidades.

Colombia está en la vanguardia de esta revolución legal con tres sentencias para los casos del Río Atrato (2017), los Ríos Coella, Combeima y Cocora (2019) y el Río Cauca (2019).

Por ahora Colombia está en la vanguardia de esta revolución legal con tres sentencias para los casos del Río Atrato (2017), los Ríos Coella, Combeima y Cocora (2019) y el Río Cauca (2019). El propósito compartido es asegurar la protección, recuperación y conservación de estos ríos severamente contaminados y/o alterados por la minería o las hidroeléctricas. Para combatir el cambio climático, el año pasado Colombia también reconoció derechos a la Amazonía y al páramo de Pisba.

Esta emergente “jurisprudencia ecológica” existe gracias a acciones de judicialización por comunidades afectadas por proyectos extractivos, la que está contribuyendo a la tendencia global de un reconocimiento de “derechos de la tierra/naturaleza”. Un semillero clave de esta nueva corriente legal es el reconocimiento constitucional (2008), el primero en el mundo, por Ecuador de la naturaleza como sujeto de derecho. Aunque esta cuestión tampoco es tan nueva. En 1972, el profesor de derecho Christopher Stone (Universidad Southern California) ya puso sobre la mesa jurídica la cuestión de si árboles debían de tener derechos.

Ciertamente, el cambio climático exige nuevas herramientas jurídicas. Es urgente repensar los sujetos de derechos cuestionando su origen antropocéntrico. Como nos decía una abogada maya: “hay que repensar los derechos humanos desde sus orígenes – agua, fuego, tierra, los elementos nuestros. Si no existen estos, no existimos nosotros. Hay que repensar el derecho a la vida usando todos los elementos”.

Sin embargo, ante dicho entusiasmo internacional sobre esta novedad jurídica, debemos estar claros: el derecho en sí no va a resolver los conflictos y desafíos ambientales que enfrentamos. Más bien, a un año de la sentencia histórica del Río Atrato, muchos defensores de este río están siendo amenazados y algunos han sido asesinados por sus intentos de recuperarlo. Igual que en Guatemala, estas comunidades sufrieron mucho durante el conflicto armado y ahora lo siguen haciendo.

Nuestros diálogos con los ancianos q’eqchi’ sobre esta crisis nos exige una profunda reflexión sobre nuestra relación con nuestro entorno natural. Ellos nos ponen un espejo frente a nosotros: ¿será que es tiempo para despertarnos y reconocer la interrelacionalidad de los seres humanos con los demás elementos no-humanos que habitan el planeta? ¿Cómo pareciera el planeta, el único hogar que tenemos, si tratáramos todos los elementos naturales – agua, tierra, aire y fuego – con el mismo respeto y dignidad con la que tratamos a nuestros seres queridos?

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Las autoras y sus ríos académicos sobre el territorio q’eqchi’

Foto: Prensa Comunitaria. Rachel Sieder y Lieselotte Viaene

Rachel Sieder es profesora-investigadora en CIESAS, Ciudad de México e investigadora asociada del Chr. Michelsen Institute de Bergen, Noruega. Caminó por primera vez por el territorio q’eqchi’ en 1995, cuando llegó a Cobán para empezar un trabajo posdoctoral de investigación sobre el derecho indígena y los impactos del conflicto armado.  Conoció la zona de Nimlaha’kok con los religiosos de la Comisión del Inmaculado Corazón de María (CICM), quienes estaban en ese tiempo apoyando la labor del proyecto interdiocesano de la Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI) y colaborando en el fortalecimiento de la autoridad de los consejos de ancianos q’eqchi’ en la región. Aprendió mucho de la espiritualidad q’eqchi’, de su concepto de lo sagrado que abarca todo, de su gran cuidado y reverencia para el territorio y la comunidad. En los últimos años ha colaborado con la Alcaldía Indígena de Santa Cruz del Quiché en defensa de su derecho propio, incluyendo la elaboración (junto con Carlos Y. Flores) de los videos K’ixb’al y Dos Justicias: https://vimeo.com/user11226723. También colabora con la Asociación de Abogados Mayas en distintos casos judicializados de defensa de los derechos colectivos de los pueblos indígenas, y en particular de los derechos de las mujeres. Su último libro es Acceso a La Justicia Para Mujeres Indígenas En Guatemala: Casos Paradigmáticos, Estrategias De Judicialización y Jurisprudencia Emergente (2019, Nim Ajpu). Sus publicaciones están disponibles en www.rachelsieder.com

Lieselotte Viaene es profesora del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid. Tuvo su primer encuentro con los q’eqchi’ en 2002 cuando realizó trabajo de campo en el marco de su tesis de maestría en antropología sobre el rol de la justicia restaurativa en procesos de post-conflicto. En esta estancia acompañó a dos facilitadores de la ONG ADICI, entre quienes se encontraba el finado Manuel Paau que fue también aj ilonel o curandero, a una gira a comunidades retiradas en la zona de Chama Grande. En esta primera visita a las comunidades, caminó más horas que las que durmió porque fue invitada a todas las ceremonias en las que la gente solicitó a Pau. Aunque en este momento no entendió mucho de estas realidades tan ajenas a su mundo, siendo joven de un país europea que no tiene población indígena, este “otro” mundo sigue llamándola hasta hoy en día. Lieselotte ha regresado regularmente a estas zonas q’eqchi’, primero en el marco de su investigación doctoral sobre pueblos indígenas y justicia transicional (2006-2010), después por una investigación de consultoría antropológica-jurídica sobre el proyecto hidroeléctrico Xalalá sobre el río Chixoy (2014-2015) y en 2017 por un estudio comparativo entre Guatemala y Colombia sobre epistemologías indígenas del derecho humano al agua, financiado por la beca post-doctoral de Marie Curie de la Unión Europea. Actualmente dirige el proyecto RIVERS – Water/human rights beyond the human? Indigenous water ontologies, plurilegal encounters and interlegal translation (2019-2024) financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC, por sus siglas en inglés). Su último libro es: Nimla rahilal. Pueblos indígenas y justicia transicional: reflexiones antropológicas (2019, Universidad de Deusto) Sus publicaciones están disponible en Academia.edu y Researchgate.

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Fuente: Prensa Comunitaria: https://www.prensacomunitaria.org/un-rio-que-muere-en-alta-verapaz-guatemala/

 

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