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Mocoa: ¿la furia de la naturaleza o el costo de la negligencia?

Foto: El Espectador.

A casi una semana del alud que arrasó la capital del Putumayo y arrebató más de 300 vidas algunas lecciones tempranas apuntan que la magnitud del desastre pudo ser menor. Falta de planificación, deforestación y omisión de la variable climática en el ordenamiento territorial jugaron como agravantes de la tragedia.

Por Patricia Saavedra

Servindi, 7 de abril, 2017.- La madrugada del 1 de abril, mientras todos dormían en la capital del Putumayo,  una copiosa lluvia nocturna descargaba en unas horas un tercio del volumen del agua que descarga en un mes.

De acuerdo a fuentes locales las fuertes lluvias saturaron el nacimiento de los ríos Sangoyaco y Mulato, afluentes del río Mocoa, así como las quebradas La Taruca y Catira, produciéndose un voluminoso deslizamiento que en su descenso se bifurcó, rodeando el casco urbano de la capital, la zona más afectada.

La  avalancha más fuerte bajó de la quebrada La Taruca  —a unos 1000 metros de altura y dos horas de Mocoa— y a su paso arrasó con 17 barrios de la localidad. El descenso iba en busca del río Sangoyaco.

Lo demás es historia conocida. A la fecha suman 311 las víctimas mortales y decenas de desaparecidos. El presidente de Juan Manuel Santos tuvo que declarar al municipio de Mocoa en estado de calamidad pública, así como la emergencia económica, social y ecológica para acelerar la atención a las víctimas.

Sabemos con sobrados ejemplos propios que la naturaleza desata su furia, pero ¿hubo variables que incrementaron la magnitud del desastre?

La memoria de los ríos

Para Luz Marina Mantilla, directora del Instituto de Investigaciones Científicas de la Amazonia en Colombia (Sinchi), existe un problema de planeación de las ciudades.

“Las imágenes de Mocoa muestran que los barrios estaban al pie de quebradas, pero no se nos puede olvidar que las aguas tienen memoria”, pero ¿a qué se refiere la especialista?

“No creo que en la Amazonia los ríos se desborden. Tenemos llanuras aluviales de ríos grandes que nacen de la cordillera de los Andes como el Putumayo, el Caquetá y el Amazonas. Pensaría que estas superficies con llanuras de inundación tienen memoria y tratan de volver a sus cauces”, sostuvo.

La variable climática en la planeación

La especialista remarcó el costo de no entender este comportamiento de la naturaleza y dejar de lado los determinantes ambientales en la planeación.

“Quienes hacen la política pública no cuentan con que lo ambiental es una variable clave para la gente. (…) la variable climática es un escenario claro y contundente que hay que tener en los planes”, indicó.

La deforestación

De otro lado y no menos importante es que Mantilla pone énfasis en lo que para ella es el gran responsable de lo ocurrido: la deforestación.  

Según explica, la deforestación, la lluvia y el “desprecio” por las condiciones ambientales, son una sumatoria complicada que agravaron el desastre.

“Todo el arco suroccidental del amazonas (Caquetá, Guaviare y Putumayo) conforma los puntos calientes de la deforestación. (…) Putumayo es el quinto departamento del país con más pérdida de capa vegetal. 9000 hectáreas habían sido deforestadas al 2015”, remarcó.

Advertencias previas

Sin embargo tanto pobladores, especialistas e incluso algunas autoridades advirtieron del peligro que rondaba la zona con mucha anticipación —desde hacía año y medio atrás—.

Por su parte, el experimentado rescatista Luis Eduardo Marulanda también había advertido a través de un informe técnico hace un año sobre la avalancha en Mocoa, pero reclamó que nadie lo escuchó.

La grave omisión ha motivado que la Fiscalía General de Colombia abriera este martes una investigación para establecer la presunta responsabilidad de varios funcionarios del departamento de Putumayo, entre los que figuran el actual alcalde de Mocoa, José Antonio Castro y la gobernadora del Putumayo, Zorrel Aroca, entre otros, a fin de determinar si hubo negligencia.

Entre tanto, este riesgo ronda también a otras localidades ya que 385 municipios están ubicados en las riberas de los ríos o cauces menores, según señaló un estudio de la Universidad Nacional de Colombia. 

 

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