Clima y biodiversidad: las crisis gemelas

Ríos voladores en la Amazonía. Imagen: Somos el Cambio. Ríos voladores en la Amazonía. Imagen: Somos el Cambio.

Servindi, 6 de junio, 2024.- Una vez más acaba de conmemorarse el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio), fecha en la que se realizó la Cumbre de Estocolmo (Suecia), la primera gran conferencia sobre temas relativos al ambiente (1972).

Desde aquél momento se puso de relieve la importancia de la protección y la salud del ambiente, y cómo son determinantes en el bienestar humano. 

Sin embargo, desde aquél medio siglo transcurrido, cuando la biodiversidad era vista como inagotable, muy pocos vislumbraron como hoy nos precipitamos hacia los límites de nuestra propia subsistencia, persistiendo en un modelo de producción y consumo que rechaza esta finitud.

Hoy, con el incremento de la temperatura en más de 1° C a nivel global –por ahora–, la existencia de comunidades oficialmente desplazadas por el cambio climático, y en medio de la sexta extinción masiva, pero en versión acelerada –un millón de especies van camino a la extinción para el 2050, según el IPBES– ¿nos lo hemos tomado realmente en serio?

Cualquier reflexión sobre el ambiente es incompleta e insuficiente si no reconocemos los niveles a los que hemos escalado para que hoy nos hallemos en una triple crisis planetaria, donde se combinan clima, biodiversidad y contaminación.

Cambio climático y biodiversidad

Se experimenta un incremento de la temperatura global desde el 1900, a la par del surgimiento de la revolución industrial, ya que sus procesos asociados liberan grandes cantidades de gases de efecto invernadero. 

Con ello se incrementaron el uso y explotación de combustibles fósiles y minerales, produciendo el desgaste de los recursos energéticos y biológicos, pero también contaminado las aguas de la superficie.

Así, los efectos más apreciables del cambio climático se dan en la variación de sus patrones, es decir, mayor o menor temperatura y precipitaciones.

Por su parte, la biodiversidad constituye la red vital de la que dependemos. Y es que, según refiere el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal el cambio climático es uno de los cinco motores directos de su pérdida.

Los cuatro restantes que le siguen son: el cambio en el uso de la tierra y el mar; la explotación directa de organismos; la contaminación y las especies exóticas invasoras.

La pérdida de biodiversidad amenaza al 25 por ciento de las especies conocidas y estamos presenciando las primeras extinciones provocadas por el clima.

Asimismo, incide en la alteración y desaparición de los servicios ecosistémicos, es decir, aquellos beneficios que mejoran nuestras calidad  de vida y que provienen de los ecosistemas. 

Solo un ejemplo de ello son los denominados servicios de regulación, que contribuyen a mantener la calidad del aire y suelo, regulando el clima, ciclo del agua, la erosión del suelo, polinización entre otros procesos.

Cabe recordar que el principal impulsor de la pérdida de biodiversidad sigue siento el uso de la tierra, especialmente la que se destina para la producción de alimentos. 

Asimismo, la actividad humana ya ha alterado más del 70 por ciento de toda la superficie sin hielo. Esta alteración de la tierra para el uso agrario, a estos niveles, puede poner al borde de la extinción a muchas especies animales y vegetales, debido a la pérdida de sus hábitats.

Sin embargo, detrás de ello, están las políticas de producción y consumo insostenibles, modelos de desarrollo basados en la extracción y la sobre carga de capacidad, es decir la superación de los límites planetarios, siendo estas las grandes cuestiones de fondo.

Dados estos vínculos, es que la biodiversidad y el cambio climático deben abordarse conjuntamente, y nunca de manera separada.

Más allá de voluntades quebradizas, subyace el no reconocimiento de que debemos replegarnos y decrecer sosteniblemente.

Caras de la misma moneda

El cambio climático exacerba la pérdida de biodiversidad, pero protegerla y mantenerla mitiga los efectos del cambio climático.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), ambos establecidos en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992, son los principales marcos instrumentales para enfrentar la triple crisis.

Estos surgieron de una nueva visión por una agenda de desarrollo con adecuada gestión del ambiente.

Sin embargo, a más de tres décadas en las que han transcurrido compromisos, discusiones y acuerdos ambientales multilaterales relacionados con la biodiversidad, por qué no han frenado la degradación.

Más allá de voluntades quebradizas, subyace el no reconocimiento de que debemos replegarnos y decrecer sosteniblemente.

Sin embargo se insiste en estimular un desarrollo sostenible basado en el crecimiento económico, enfoque sobre el cual también se trazan las políticas de biodiversidad y de mitigación y adaptación al cambio climático.

“El cambio climático y la pérdida de biodiversidad son crisis gemelas que deben abordarse juntas, con ambición y acción integrada”, advirtió Valerie Kapos, directora de Cambio Climático y Biodiversidad del Centro Mundial de Vigilancia de la Conservación (UNEP-WCMC).

Se trata de una rama del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente con sede en Cambridge cuyo informe sustentó la necesidad y beneficios de integrar ambos enfoques.

Agregaríamos también decisión y urgencia, si queremos seguir habitando este planeta tal como lo conocemos, que es el resultado de 4 500 millones de años de evolución, que hoy se borran por unas décadas de degradación superintensiva de la mano del ser humano.

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