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Crónica en Paoyhan: Una comunidad Shipiba en tiempos de COVID-19

El olvido sistemático de los pueblos indígenas por parte del Estado sumado al aislamiento geográfico y sanitario en tiempos de COVID-19 ha generado una respuesta antropológica particular que gira en torno al cuidado mutuo y el conocimiento ancestral de las plantas medicinales en una comunidad que hoy, contra todo pronóstico, registra una tasa mínima de mortalidad a causa del COVID-19.

Crónica de un viaje a Paoyhan: Una comunidad Shipiba en tiempos de COVID-19

Por Sharon Di Cocco

Alianza Arkana, 30 de julio, 2020.- Paoyhan es una comunidad de la Amazonía peruana que se encuentra a días de la capital de Loreto, el departamento al que pertenece. En aislamiento dentro del aislamiento, establece un “protocolo interno”, expresión de la cultura del compartir y del acercamiento en un momento donde se impuso la regla de la distancia.

Organizamos este viaje a partir del pedido de medicinas por parte de la misma comunidad, en coordinación con el jefe Rafael Cairuna Tutusima y el enfermero responsable de la posta medica, Oscar Rodriguez Reátegui. 

Decidir enviar una comisión a Paoyhan generó mucho debate y planificación. Teníamos claro que tanto el gobierno como las organizaciones no gubernamentales recomendaban no realizar viajes a comunidades indígenas debido al riesgo de expansión del virus COVID-19.

Sin embargo, al enterarnos que las personas de la comunidad han tenido los síntomas desde el mes de abril, decidimos viajar asumiendo el riesgo que también implicaba para nosotras. Consideramos que era importante registrar lo que estaba pasando y comunicarle al mundo los  testimonios, reclamos y pedidos de los residentes de Paoyhan. 

En Alianza Arkana teníamos un fondo destinado a proyectos culturales y tras conversar con el cooperante nos permitieron disponer de ese dinero para atender esta emergencia. Llevamos medicinas para la posta médica y víveres para los quince miembros de “Farmacia Viva Sanken Yaka” - un proyecto que Alianza Arkana ha apoyado en el pasado y que hoy es manejado de forma autónoma por la comunidad.

Después de 12 horas de viaje llegamos a la comunidad pasada la media noche. Los residentes de Paoyhan nos reciben con mucha alegría y cordialidad a pesar de la hora. Nos comentan los días siguientes que han estado esperando durante mucho tiempo alguna ayuda externa.

Cuando comienza el estado de emergencia en Perú las autoridades deciden cerrar el puerto como medida de seguridad. La reducción de la movilidad genera falta de medicinas y se hace difícil pedir colaboración cuando los los residentes de Paoyhan empezaran a enfermarse con el COVID. Por otro lado, el gobierno de Perú generó subsidios para los ciudadanos afectados económicamente por la pandemia. Las autoridades de la comunidad no pueden impedir a las personas que dejen Paoyhan para ir a cobrar sus bonos y sus pensiones a la ciudad. Incluso los residentes no saben si son beneficiarios del bono o no porque en la comunidad no hay conexión a internet para acceder a esta información. Este es el caso de Brígido: a él le avisa su hija desde la ciudad que recibirá el bono. De este modo, muchos como Brígido, salen de Paoyhan, se infectan y al regresar llevan el virus a sus familias y a la comunidad. Es así que entre los meses de abril y mayo se registra el auge de la enfermedad.

Poblador de Paoyhan con síntomas de Covid

Foto: Gabriela Delgado Maldonado

La pandemia genera una grave crisis económica entre los residentes de Paoyhan. Las madres artesanas pierden su mercado porque ya no hay turistas y muchas personas provenientes de las comunidades Shipibas nativas pierden sus trabajos en la ciudad. Hablando con el jefe de la comunidad de Paoyhan nos comunica un pedido importante: la necesidad de que el estado invierta en proyectos de agricultura sostenible en la comunidad para generar empleos. No obstante, Paoyhan es una comunidad afortunada pues no enfrenta problemáticas socioambientales como la deforestación, contaminación por derrames de petróleo o minería ilegal, a diferencia de otras comunidades indígenas amazónicas. El río los abastece con diferentes especies de peces y encuentran en sus chacras yuca, plátano y otras frutas. Al no poder viajar con tanta frecuencia a la ciudad, han regresado a una comida básica y local, haciéndoles falta aquellos insumos alimenticios que no producen sus tierras. 

Pasamos nuestros días visitando viejos amigos, entregando canastas de víveres, organizando medicinas en las estanterías de la posta médica, reuniéndonos con las autoridades y acompañando a Oscar, el responsable de la posta médica. 

Cuando llegamos, también llegaron 50 pruebas rápidas de la Dirección Regional de Salud Loreto, entonces para Oscar, el único enfermero de la comunidad, se perfilan  unos días densos. Decidimos visitar junto a él los hogares de los pacientes a quienes realizaría la prueba. Después de dos días, 39 personas resultan positivas y solamente 11 salen negativas. 

Oscar nos cuenta que el día 27 de Mayo, después de dos meses de la declaración del estado de emergencia por parte del Estado, cuando la comunidad ya había vivido el pico más alto de contagios, solo llegaron 5 pruebas rápidas para una población de 1500 personas y todas resultaron positivas. “¡Hemos sido marginados, hemos sido olvidados!”, es la amarga exclamación de Oscar. La lejanía del Estado no es exclusiva de esta coyuntura: la posta médica de la comunidad está hecha de cemento y todos los años se inunda quedando inhabilitada durante la temporada de lluvias. 

Pruebas rápidas

Foto: Gabriela Delgado Maldonado

Ante estas condiciones, Paoyhan decide que la mejor manera de afrontar la pandemia es no aislar a los enfermos. La gente respeta el aislamiento domiciliario durante los primeros meses, pero si alguien se enferma no se le deja solo, sino que recibe todos los cuidados que necesite de parte de su familia, como tratamientos basados en la medicina tradicional y masajes curativos.

De esta manera, Paoyhan enfrenta el Covid-19 con los instrumentos que más conoce, que son también los únicos que tiene: el apoyo recíproco y el conocimiento ancestral sobre las plantas medicinales. 

Es un ejemplo la nieta de Lydia, una madre artesana, quien nos cuenta sobre la fe que tenía mientras atendía a sus abuelos enfermos. Matico (Buddleja globosa) Mucura (Petiveria alliacea), ajosquiro (Gallesia integrifolia), eucalipto, jarabe de cebolla con miel de abeja, limón y kion son los remedios que los residentes de Paoyhan más usan para aliviar los síntomas del coronavirus. Rodolfo, papá del jefe, habla así del Matico: “¡Comandante mático le decimos! Eso porque los comandantes son fuertes”. A sus pacientes, Oscar les recomienda tomar paracetamol, pero también continuar tomando los remedios naturales “hasta que se limpie su sangre y todo su cuerpo”. De hecho, además de ser enfermero, Oscar tiene también otra carrera: es curandero y experto en plantas medicinales. A lo largo de esos dos días lo vemos recoger unos datos sobre la historia clínica de los pacientes y sacar unas estadísticas interesantes. Oscar puede comprobar que hay una relación entre el uso continuo de las plantas medicinales y la condición de salud de las personas que salen positivas. Quienes no han dejado de tomar plantas incluso después de no presentar síntomas, muestran una notoria mejoría en comparación a aquellos que han dejado de tomarlas en cuanto se sienten mejor. 

Nos cuentan los residentes Shipibos que al principio de la cuarentena se organizaron para ir al bosque a buscar plantas medicinales y repartirlas entre los enfermos. Además, no solo se utilizaban para tomarlas en remedios caseros sino también se humeaban, es decir, quemaban las plantas para proteger sus casas del virus. La gente nos transmite el recuerdo de una comunidad llena de humo desde las 5 de la tarde hasta las 7 de la noche. Una comunidad vacía, sin niños saliendo a las calles a jugar debido al aislamiento domiciliario. 

Llega el momento para nosotras de regresar y el motorista de la lancha nos cuenta que por ser temporada de sequía el nivel del río ha bajado y el viaje en bote lento tomará 8 horas más. Con nosotras viaja Adelinda, una madre artesana que se dirige a la ciudad de Pucallpa para reunirse con su hija que acaba de perder a su bebé. Adelina viaja por 30 horas (10 horas de retraso debido a un fallo en el motor), todo el tiempo acurrucada porque en esa parte del bote el techo es demasiado bajo. Adelina, ahí sentada, se la pasa bordando durante el día y tratando de cubrirse de la lluvia durante la noche. Es así que viajan los Shipibo para ir a la ciudad: un viaje en bote lento cuesta la tercera parte que uno en bote rápido. Tiene los ojos dulces, Adelina, pero una mirada triste y melancólica. Su corazón ya está en la ciudad con su hija.

El olvido sistemático de los pueblos indígenas por parte del Estado sumado al aislamiento geográfico y sanitario en tiempos de COVID-19 ha generado una respuesta antropológica particular que gira en torno al cuidado mutuo y el conocimiento ancestral de las plantas medicinales en una comunidad que hoy, contra todo pronóstico, registra una tasa mínima de mortalidad a causa del COVID-19.

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Fuente: Alianza Arkana: http://alianzaarkana.org/es/news/cronica-de-un-viaje-a-paoyhan

 

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