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¡Qué bonitos son los castillos!, por José Aliaga Pereira

Servindi, 20 de junio, 2021.- Esta semana compartimos el relato ¡Qué bonitos son los castillos! sobre la fiesta patronal del pueblo que se celebraba todos los meses de mayo, con enorme regocijo y participación, antes de la pandemia.

El relato de José Luis Aliaga Pereira conmueve porque transmite el candor de un niño poblano que distrae su hambre durante las festividades cuyos fuegos artificiales (castillos) elevan al cielo su afán, sus ilusiones, su jolgorio ilimitado.

El día principal es estas festividades es el 15 de mayo, en honor a San Isidro Labrador. La presente edición viene acompañada de algunas fotografías de fuegos artificiales en Sucre y Celendin recopiladas por el autor.

Fiestas como las que se reseñan en este magnífico relato organizan las autoridades locales y los mayordomos en coordinación con los representantes de la iglesia en los pueblos del Perú.

¡Qué bonitos son los castillos!

Por José Luis Aliaga Pereira*

Para el niño, la fiesta comenzaba con el estallido del primer cohete.

¡Uiishshsh... pum! —sonaba, y el chico salía corriendo a la esquina de la calle y mirando emocionado el azul del cielo y la torre de la iglesia, preguntaba a sus amigos:

— ¿Escucharon el "cuete"?.

— ¡Sííí...! —respondían todos.

Cruzando la calle Dardanelos, a cincuenta metros de la esquina, en la casona de la señora Nieves, tirados por sus alares y en aparente desorden, se hallaban los carrizos, los papeles, la pólvora y demás cachivaches, que los pirotécnicos manejaban seguros y en absoluto silencio.

El niño y su madre vivían en la casa del padre. Era una casucha pobre y el padre andaba lejos pero la madre no le decía donde. El chico lo recordaba, era un hombre corpulento, fuerte, de pelo crespo y de manos gruesas y tibias. Pero todos estos recuerdos se olvidaban rápidamente cuando se hallaba entre cohetes, bombardas y wiscapiques.

Ese era su tema de conversación y ya no extrañaba el pan en los desayunos, ni se quejaba del hambre en los almuerzos.

--Son más de cinco mamá —gritaba el chiquillo—, dicen que son de Arequipa, tienen las manos negras y fuman sus cigarros sin miedo, al "costau" de la pólvora.

Un día, el niño, apareció con un "brazau" de cohetes quemados y ya era un pirotécnico de primera que había llegado de Lima, de Arequipa y hasta del Japón.

—Estas llegando muy tarde —le reprochaba la madre.

El niño hacía de oídos sordos y llenaba la casa de castillos de once cuerpos, de guerras con Chile, de palomas que llegaban hasta la Luna y ¡uishshsh... pum!, ¡uishshsh...pum! y ¡uishshsh...pum!

— ¡Uiishsh...! —gritaba; y si no había ¡pum!, ¡era un cohete de luces de colores!

— ¡Shag, shag, shag...! y más rápido; ¡Shag, shag, shag, shag! Las ruedas daban vueltas en sus brazos y sus luces blancas iluminaban sus noches. Noches que muchas veces se convertían en pesadillas porque, según contaba su madre, lo escuchaba "muspar": ¡Mis cuetes, mis cuetes!. —el niño soñaba que los mismos hombres que organizaban las fiestas, intentaban robarle lo que para él era su preciado patrimomio. 

Como ya sabía leer, en voz alta, deletreaba el programa de la fiesta que los señores mayordomos repartieron por el pueblo: "... trece de mayo, cuatro de la tarde: desfile de 10 vistosos juegos artificiales por las principales calles de la ciudad, acompañados por los acordes de la banda de músicos "La Mermelada...".

El ansiado día pronto llegó, y el niño esperaba desde muy temprano en el portón de la casa donde trabajaban los pirotécnicos.

El ajetreo era más que notorio. Los mayordomos daban órdenes y movían cabeza y cuello, de un lado a otro, por la incomodidad que les causaba el nudo de sus corbatas. Los pirotécnicos sacaban los carrizos a la calle en forma de rectángulos, de cuadrados, y diversas figuras geométricas.

La madre del niño también había salido a la calle, llamada por la curiosidad, ante el alboroto y la música característicos en estos eventos.

Los hijos de los mayordomos iniciaban el desfile sosteniendo las piezas más pequeñas de los "castillos". Sus padres iban detrás, con las piezas más grandes. La banda de músicos tocó una hermosa marinera y la comitiva avanzó lentamente.

Más tarde, el niño, al ver a su madre cerca, abrazándola, le habló como si estaría recitando un poema:

— ¡Qué bonitos son los "castillos" mamá! Cuando sea grande, ¡yo también seré mayordomo!

La madre pensó en el esposo; en el padre del niño: en el pueblo ya no se podía vivir; hace tiempo que partió en busca de trabajo, ¿y esta fiesta?, ¿y esta fiesta? —se preguntó.

Ya en la Plaza de Armas, las autoridades y los señores mayordomos, zapateaban la "fuga" de un huayno alrededor del "castillo" más grande; el de once "cuerpos", valorizado en 10 mil dólares.

El niño, con sus pies descalzos, corría alegremente.

En las mesas de las chinganas las cervezas se veían formadas como soldados de un pequeño ejército; y los cuyes, en los cordeles, lucían sonrientes, calatos y con el guashatullo roto.

Glosario:
*Muspar: Hablar mientras se está durmiendo.
*Castillos: Fuegos artificiales.
* Cuy: Animal doméstico comestible, un poco más grande que un ratón.
** Guashatullo: Columna vertebral.


* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendin, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

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Fuente: Del libro "Grama Arisca", Grupo Editorial Arteidea EIRL, Lima, Perú, abril de 2013, páginas 75 a la 78.

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