EE.UU.: Resistencia a la era Trump (Parte 1)

Foto: La prensa Foto: La prensa

Por Gisella Evangelisti*

3 de enero, 2017.- Jeff es un veterano norteamericano de grandes bigotes y ojos azules apagados que regresó de una inútil guerra con un país lejano de quien apenas conocía el nombre, con la cabeza poblada de pesadillas, y no supo recuperar los fragmentos rotos de sus días. Ahora es uno más del grupo de homeless, los sin techo que se reunen en la plaza de Harvard (en la pequeña y rica ciudad de Cambridge, al lado de Boston) para fumar un pitillo juntos con otros compañeros y compañeras que perdieron muchas batallas pero no todavía la guerra con la vida.


Homeless se traduce en español como: "sin hogar", "sin vivienda" Foto: Catholicleader.com.au

Entre ellos hay hippies empedernidos, una que otra mujer embarazada y desempleada. Jeff observa con una mirada entre cínica y nostálgica los grupos de jóvenes que entran y salen de la universidad más antigua de Estados Unidos, con sus auricolares puestos y el vaso de cartón en mano con un café aguadisimo. Jeff nunca ha podido pertencer a este mundo. Quiso alistarse como combatiente para después tener el derecho a estudiar, pero regresó deshecho de la guerra, incapaz de concentrarse. 

Los jóvenes que observa caminan rápidos, casi corriendo pues estando endeudados hasta la coronilla para pagar sus estudios en la prestigiosa universidad de Harvard, no pueden bajar la guardia y perder un minuto de su apretadísima agenda. Son jóvenes a veces geniales, que al salir de esta universidad extremadamente exigente y cara, deberán acumular entrevistas sobre entrevistas, para conseguir trabajos que les permitan pagar en veinte años la deuda de 250 mil dólares promedio que han contraído, más los alquileres carísimos de sus futuras casas, las escuelas carísimas de sus futuros hijos, y así contando. Una montaña de dinero. (Obama, que estudió en la cercana Facultad de Derecho, terminó pagándola con su sueldo de senador).

Chicos y chicas saben que deberán hacer muchas mudanzas en su vida, pasando de una ciudad a otra, en busca de mejores oportunidades, unos lográndolo otros menos, según talentos y circunstancias. Sea como fuere, que se sientan león o gacela, cada mañana, saben que deben correr. Claro, pueden tener un bajón  de vez en cuando, pero no problem.

“¿Estás deprimido?  ¿Piensas suicidarte? ¿Tienes problemas alimentares? ¿Tomas demasiado? ¿No logras dormir? Run, run. Corre, que hace bien. Y consulta nuestros expertos terapeutas¨” (siguen direcciones). Anuncios de este tipo se ven por doquier, desde los baños de la universidad, hasta los vagones del metro. Algunos, con una promesa: “¿Se ofrece 10.000 dólares a la estudiante que quiera donar un óvulo”: aviso colgado en la Facultad de Lenguas y Literatura románica de Harvard.  Donde también la genética cuenta.

Jeff a veces (por supuesto, no debe estar desaliñado) entra en la bellísima biblioteca pública en Cambridge, donde atiende a los usuarios también una señora con su velo musulmán. Hay libros, revistas, cd de musica, y películas de todo el mundo. Dan cursos gratis de informática y compilación de cv. Jeff no pide nada, viene solo para echar una discreta siestecita en un ambiente tan agradable, con esa justa calefacción, con ese respetuoso y dulce silencio. Y hojear unas revistas o algun comic. Allí, por unas horas, puede creer que está cuerdo. Hasta ue regresan las pesadillas. Entonces sabe que debe regresar frente a su bar preferido de la plaza de Harvard, donde a veces le regalan un café.

Pero nunca logra amistarse con alguien específico: los jóvenes camareros nunca son los mismos, pues no les renuevan los contratos por más de tres meses, para no tener que pagarles el seguro de salud. Recién cuando se vuelven hábiles en preparar el “frappuccino moka” con su espuma y nata como obras maestra, ya deben dejar el trabajo y buscar otro, donde-sea y como-sea.com, pero siempre precario. Es el capitalismo, señoras y señores, que con la globalización y las crisis financiera se ha vuelto bastante más salvaje. 

Son treinta años, desde la ascesa de los neoconservadores del entorno de Ronald Reagan, que la desigualdad social no ha hecho que aumentar, y todos los políticos se han obsesionados con el crecimiento del PBI, sin tomar en cuenta las realidades humanas atrás de los números. También en Massachussets ha habido manifestaciones para pedir el pago de 15 dólares a la hora, más correspondiente al coste de la vida.


Un homeless, es decir un "viejo" sin techo, un "irregular", como hay en todas partes. Foto: pbs.twimg.com 

Pero a Jeff el silencio de la biblioteca ha dado una idea: escribir un pensamiento personal en un cartel. Y ver lo que pasa. "Soy demasiado noble para robar, y demasiado feo para prostituirme". Había escrito una vez, y ese día muchos de los peatones les habian sonreído y dejado monedas.

Ahora piensa en alguien que lo ha impresionado, viendo pasar fragmentos de sus discursos por la televisión prendida todo el día en la pizzería de Harvard Square. Es un político de pelo blanco alborotado, conocido como un viejo luchador de toda la vida, desde estudiante a senador del Vermont. Cuando llegó a ser pre-candidato presidencial quería convencer a sus compatriotas que es posible tener universidades casi gratuitas, como en Europa, (why not?), menos armas nucleares (¿no teníamos ya tantas para destruir la tierra decenas de veces?) y más cobertura sanitaria. Decía que los veteranos de tantas guerras (inútiles e injustas, por lo visto) no sean olvidados cuando regresan sin piernas y con pesadillas, como trapos sucios botados bajo un puente. ¡Puucha! su corazon dió un salto cuando oyó decir esto al viejo Bernie Sanders. Pues él se sentía como un trapo sucio, tantas veces. El discurso de Sanders le parecía el sueño de un mundo mágico, más calientito y amigable. Donde se pagaran impuestos según las rentas. O sea, quien gana más debe contribuir más al bienestar colectivo. Como se hace en Suecia, o Alemania, y nadie se suicida por eso. Normal nomás.


Un nuevo "hombre sin techo" como los que se observan en ciudades "ricas" como Barcelona o Milan (con 3000 sin techo cada una) o de Estados Unidos, por la crisis económica. Imagen: Blog de Terrythetourist.com 

“¿¿Bienestar colectivo?? ¿qué es eso? Jeff sabe que suena a disparate, a blasfemia, para muchos de sus compatriotas educados al individualismo extremo del sueño americano que impone volverse prósperos en solitario, “con su propio esfuerzo”, defendiéndose solos con sus armas, de todos los malos que merodean en la oscuridad. Siguiendo en un Far West imaginario, cuando los colonos marchaban hacia California en sus carruajes crujientes, perseguidos por flechas de indios, o balas de plomo de bandidos.

Entre los que hicieron fortuna (¡mira por dónde!) en esa época hubo un inmigrante alemán, el señor Drumpf, que ofrecía restoración y burdeles a los buscadores de oro. Y hubo un tal William Cody, que en ocho meses en 1867 diezmó a 4200 bisontes para abastecer de carne a los trabajadores de los ferrocarriles, pero usando solo jamones y cuartos traseros, el resto a los buitres. Un despilfarro total, el de Buffalo Bill, como el de tantos otros empresarios modernos que invertieron, en este bendito país, (como en muchos otros) envenenando tierras y recursos. Por supuesto para construir los ferrocarriles que cruzaron el continente del Este al Oeste se buscó la contribución del Estado, pero a lo vivaracho, gracias a la sobrefacturación de trabajos de compañías privadas como la Unión Pacific. 

Para ellas, en el mundo económico regía y rige la ley de la selva, donde los animales grandes comen a los pequeños, como observaba Darwin. El Estado tenía, y tiene que estar allá al fondo, listo cuando hay que reparar los desastres provocados por los buitres. 

Tuvo que intervenir massivamente, por ejemplo, en los años de depresión que siguieron la Gran Crisis financiera y de sobreproducción del 1929, cuando inmensas filas de desempleados hambrientos pedían alimentos y trabajo para sobrevivir. Fue el momento histórico en que el  presidente demócrata  Franklin Delano Roosvelt dio lugar al New Deal, con la adopción de un primer modello de seguridad social, que incluía salarios mínimos garantizados, subsidios para desempleo y pensiones (en Alemania existían desde 1870), programas de empleo y cierto control de la economía, dando más poder a los sindicatos, para balancear la codicia de muchos especuladores y capitalistas. Otro momento álgido en la historia mundial, que bien conocemos, ha sido el crack financiero de Wall Street en 2008, con el derrumbe de bancos y empresas, que transladaron la crisis a medio mundo.

En este caso, Obama logró sortear la tempestad apoyando con fondos del estado la importante industria automovilística, haciendo disminuir el desempleo que se habia disparado, y tratando de imponer un mínimo de reglas al sistema financiero alocado. Pero la existencia de un “libre mercado” sin controles  no puede impedir que se mude a México, donde el trabajo cuesta poquísimo, parte de la producción de autos. Ni que el avance del automatismo, provoque la desaparición de los trabajos más repetitivos. Ni que se quede una sensacion de descalabro en el interior del país, territorio de grandes praderas, bosques o desiertos, donde la gente vive más aislada y menos escolarizada; donde la pérdida de una mina o una industria representa una tragedia y mucha gente se vuelve alcohólica u obesa cuando le faltan esperanza y alternativas. Desde allá el mundo pujante de las costas (sea el Este que el Oeste) con su mezcla de cultura, finanza y tecnología de vanguardia, y una población multiétnica, es visto con desconfianza, como un mundo demasiado refinado y degenerado, explica el demógrafo William Frey. En el interior de Estados Unidos prevalece en cambio la cultura conservadora y tradicionalista, con los valores del siglo pasado, como el mito del hombre fuerte y orgulloso que vive de su trabajo y no necesita subsidios del Estado ni seguros, o que las mujeres deben estar en la cocina, los gays esconderse, los “negros” en sus guetos; la Biblia el domingo, y una buena ametralladora en el armario.

En estas praderas bajó en 2016 un avión largo 46 metros, con una gran cama, sala de reunión y grifos de oro, y una gran palabra (TRUMP) pintada afuera. Era el tataranieto del señor Drumpf, que un día habia americanizado su apellido, en Trump. Sin duda el tataranieto Donald había absorbido hasta la médula esa falta de escrúpulos de su antepasado en la búsqueda de un enriquecimiento ilimitado, entre una bancarrota y otra. Antes de las elecciones, Trump tuvo que sanar a toda prisa un juicio pendiente sobre su universidad, considerada fraudulenta, pagando 25 millones de multa, y tuvo que disolver una fundación filántrópica a su nombre que en realidad le servía para gastos personales. 

Pero, a los desorientados pobladores de las praderas, (la mayoría hombres blancos de mediana edad), este tipo grandote y gritón, que hablaba por frases cortas y vulgares como ellos (que odiaban cordialmente la costumbre de hablar “políticamente correcto” del elegante mulato Obama, ay Dios, un mulato en la Casa Blanca!!), les resultó simpatiquísimo. Por jactarse sin duda como un tremendo winner, un ganador, que amaba hacer las cosas a lo grande: grande corbata, grandes negocios en 20 países del mundo, grandes hoteles de lujo, (las Trump Towers), grandes casas, (solo la de Florida tiene 160 habitaciones), y, ojo! con un mensaje de prosperidad también para ellos. “Make America Great Again”. Hagamos de nuevo grande América.

El mismo slogan que había usado Reagan, el carismático ex actor que sabía como manejar las emociones del público. Un eslogan que se ha revelado acertado cuando se dirige a gente deprimida, incierta, e ingenua, inyectándole grandes dosis de esperanza o ilusión, con promesas de grande riqueza, grandes carros, grandes armas. Y recetas simplistas: expulsión de los millones de inmigrantes “que nos roban el trabajo”, regreso a Estados Unidos de la producción delocalizada al extranjero, un gran programa de empleo en la mejora de infraestructuras. “Y por Dios, basta de hablar de crisis o “equidad” hacia las categorías que se sienten hasta ahora discriminadas, como mujeres, gays, afroamericanos o latinos. O mencionar que debemos darnos límites y controles, en el uso de los recursos del planeta. No existe cambio climático, lo inventaron los chinos para jodernos. Queremos usar todo el carbón y el petróleo que nos antoje, y donde nos plazca,... queremos tener arsenales de armas de guerra en casa y más armas nucleares en el país, para espantar a todos. Los aliados paguen sus cuentas y se defiendan solos. America great again. Pues somos especiales en el mundo, los mejores. Nadie nos puede jalar por la manga a decirnos qué hacer. Ni la ONU, ni La Convención de Ginebra, ni el Acuerdo de Kyoto, o Jesús Cristo...”  Estos son fragmentos de declaraciones que Jeff escuchaba en la tv de la pizzería.

Cambridge-Boston, 23 de diciembre de 2016

(continuará el 5 de enero)

---
*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Nació en Cerdeña, Italia, estudió letras en Pisa, antropología en Lima y mediación de conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela “Mariposas Rojas”.

 

Escucha nuestro podcast


Comentarios (1)
Victor Ayala (no verificado) Mié, 04/01/2017 - 09:53
Será cierto, que los pueblos tienen los presidentes que se merecen??? Pobre pueblo norte americano, podre pueblo global. Lo que nos espera.
AÑADE UN COMENTARIO
CAPTCHA
This question is for testing whether or not you are a human visitor and to prevent automated spam submissions.