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América: Conversión de los indígenas (autor desconocido)

Un jefe indígena llamado Pluma Roja fue a ver al monje español, el padre Balmojado, quien en la última década del siglo XVI llegó a América a enseñar a los nativos la única fe verdadera. El padre Balmojado pronto se dio a conocer como gran amigo de los indígenas, quienes lo amaban por su bondad y afabilidad.

El jefe indígena llega acompañado por seis ancianos de su tribu. Recorrieron ciento cincuenta kilómetros para ver al monje de quien tanto habían oído hablar durante los últimos años. El padre Balmojado recibió a sus visitantes con la amabilidad y cordialidad que lo caracterizaba.

Pluma Roja saludó al padre Balmojado diciéndole:

"Bendito padre blanco, hemos venido a visitarte porque queremos que nos hables de los dioses nuevos que has traído de mas allá de las grandes aguas. Escucharemos con paciencia tus santas palabras, para saber si puedes ofrecemos mejores dioses. Si puedes convencernos de que los tuyos son más grandes y poderosos que los nuestros y de que realmente nos van a socorrer en todos nuestros deseos, toda la tribu estará dispuesta a aceptarlos y a seguir tus enseñanzas; si nos convences, tu religión será la nuestra y la honraremos y respetaremos como hacemos con la nuestra. Escucharemos tus palabras con cuidado y con gran atención, y todo que nos digas llevaremos en nuestros corazones y meditaremos con el alma. A su debido tiempo te daremos nuestra honesta respuesta. He hablado, bendito padre blanco, y estamos dispuestos a escucharte."

El padre Balmojado no utilizó muchos adornos o pompa; predicó la palabra de Dios en forma de simples historias, de tal manera que hasta un niño pequeño pudiera comprenderla. Habló el lenguaje de la tribu a la cual Pluma Roja y sus hombres pertenecían. Como no podía hablarlo fluidamente, y su pronunciación era mala, habló lenta, claramente, utilizando las palabras más sencillas y las frases menos complicadas; esto era, en cierto modo, ventajoso para la tarea que debía cumplir.

Todos los detalles que eran difíciles de explicar y para los que habría tenido que dar infinidad de rodeos - como los dogmas- con los cuales habría confundido aun más a estos seres naturales, hacía a un lado, pensando, y con razón, que le llevarían los siguientes quinientos años intentar explicar estas intrincadas cuestiones.

Dedicó todo un día a la enseñanza de sus visitantes, porque estaba ansioso de ganarse a esa tribu para el cristianismo. Sus huéspedes no estaban menos ansiosos de aceptar la religión de los blancos, que el padre de convencerlos de la superioridad de la fe católica.

Ni una sola vez interrumpieron los indígenas aparte, ni le hicieron preguntas, ni le pidieron que repitiera algo. Permanecieron como estatuas a sus pies. Sin embargo, a través de sus ojos el padre podía comprender que no perdían una sola palabra de que les decía.

Cuando la noche comenzó a caer terminó relatándoles la historia de Salvador ascendiendo al cielo y desapareciendo dentro de una nube, después de haber dicho a sus seguidores que fueran a todos los países y con toda la gente a divulgar el evangelio.

Por más de doce horas permanecieron los indios sentados sobre la tierra sin decir una palabra.

El padre Balmojado entró en su casita a preparar su cena. Una vez lista salió e invitó a sus huéspedes a compartir sus sencillos alimentos. Los indígenas agradecieron cortésmente y declinaron la invitación, explicando a monje que ellos llevaban consigo sus alimentos y solamente le pedían permiso para pasar la noche en el pórtico de su casa.

A la mañana siguiente, cuando el padre Balmojado salió a decir misa, encontró que los indígenas hacía mucho que se habían levantado, al parecer le esperaban desde hacia buen rato. No les pregunto cuál era su decisión, pero antes de entrar a una pequeña capilla les miró con cierta expectación, que ellos supieron interpretar.

Así el jefe Pluma Roja dijo:

"Bendito padre blanco, hemos oído lo que nos contaste. Podríamos darte nuestra respuesta en este mismo instante, porque pensamos que nuestra respuesta esta lista. Pero tu nos has relatado tu historia tan honestamente y con tanto deseo de atraernos a tu fe, que mi corazón sangraría de responderte ahora mismo. Podría hablar precipitadamente y sin la cortesía apropiada. Podría herir tus sentimientos y los de tus dioses que son tan buenos y tanto han sufrido y jamáis han hecho daño alguno a nadie. Estamos muy lejos de querer causar dolor a los corazones y almas de tus dioses. Nosotros, mis consejeros y yo, nos quedaremos en la vecindad tres días y dormiremos aquí tres noches. Y en profundo silencio escucharemos durante esos tres días con sus noches que nuestros dioses, nuestros corazones y nuestras almas tienen que decirnos después de que hemos escuchado de ti. Para decidir tenemos que escuchar también a nuestros dioses. Después de pasados tres días regresaremos y te daremos nuestra respuesta. Así no habremos contestado con precipitación y no habría dios, amigo o enemigo, que pueda sentirse ofendido, porque son los dioses los que ponen dentro de nuestros corazones los pensamientos que tenemos. ¿Estas de acuerdo, padre?"

"Perfectamente de acuerdo. Pediré a Dios Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que los dirija hacia la salvación, a ustedes y a toda su tribu. Que Dios los bendiga y que permanezca con ustedes por los siglos de los siglos, amen."

Tres días después, el padre Balmojado acababa de decir su misa en la pequeña capilla, que había construido con ayuda de algunos nativos, y estaba a punto de entrar a su casa cuando encontró al jefe indígena y sus seis ancianos consejeros esperándolo en la puerta. Quería hablar con ellos de inmediato y oír que le tenían que decir.

Sin embargo, el jefe Pluma Roja dijo:

"Veo santo padre blanco que tu almuerzo te espera y sé que debes estar hambriento. El que estes hambriento podría hacerte impaciente, porque un estómago vacío hace hombres impacientes. En materia de religión nada debe hacerse precipitadamente. La religión dura mucho y la vida del hombre poco. Por tanto, toma tu desayuno primero y cuando tu estómago se sienta satisfecho, harías el honor de oír que tenemos que decirte."

Cuando el monje terminó su desayuno, salió y guió a sus visitantes al patio de la capilla en donde se sentaron bajo un árbol. No preguntó ni urgió a sus visitantes; sé sentó y esperó a que hablara el jefe. El jefe estuvo sentado media hora antes de empezar:

"Hemos examinado en nuestras almas y corazones todas las palabras que nos has dicho. Creo que no hemos olvidado ni un solo detalle de los tantas que salieron de tus venerables labios."

Durante unos minutos el jefe dudó. Después continuó:

"¿Tu Dios permitió que los hombres lo azotaran, no es cierto?"

"Si, es cierto. Lo hizo a fin de cargar sobre sus hombros los pecados de la humanidad."

"Tu Dios permitió que los hombres y las mujeres le escupieran el rostro. Le permitió a la multitud que le lanzara lodo. Permitió a la gente que se burlara de él, haciéndolo caminar por las calles como un ladrón. ¿Dejó que le pusieran en la cabeza una corona de espinas para ridiculizarlo, es verdad?"

-"Si, es verdad. Él dejó que la gente mala que no reconocía su bondad le hiciera todo eso. Pero lo hizo porque quería librar a todo los hombres de la Tierra de sus pecados, para que pudieran llegar al cielo y ver la gloria de Dios."

"¿Dejó que la gente clavara en un palo y el se quedó ahí, clavado, donde murió miserablemente, es verdad?"

"Si, lo hizo para salvar a la humanidad de padecer por sus eternos pecados en el infierno."

El jefe dijo:

"Bendito padre blanco, mensajero honesto de tu dios, debo decirte que nuestro dios puso en nuestro corazón y nuestras almas en estos tres días y tres noches de pensar. Un dios que a través de su personalidad de dios no es capaz de hacer que el hombre lo respete, que la gente no se atreva a escupirle el rostro, azotarlo, tirarle lodo e insultarlo en la forma mas mala, no puede ser un dios para los indígenas. Él que no se defiende a sí mismo cuando es atacado e insultado, no puede ser dios para los indígenas. Alguien que es clavado a una cruz de madera y no es lo suficientemente fuerte para liberarse a sí mismo con sus poderes divinos, nunca podrá salvar a un indígena de ningún malo, de ningún enemigo."

El jefe quiso continuar, pero el padre Balmojado no tuvo fuerzas para permanecer en silencio solemne como se habían mantenido los siete indígenas durante todo el día en que había estado platicándole. Interrumpió al jefe y con voz excitada dijo:

-"Todo lo que digas hijo mío, es verdad. Pero tienes que ver que nuestro Dios hizo estas cosas para salvar al hombre de las consecuencias del pecado. Él deseaba sufrir todo eso para que el hombre no tuviera que sufrir a través de la eternidad."

El jefe estaba muy lejos de ser convencido: "Tu dices que tu dios es un dios todopoderoso. También dices que es un dios de infinito amor y piedad."

"Cierto. Cierto. Eso dije porque es la verdad de Nuestro Señor."

"¿Entonces, bendito padre, si tu dios es realmente todopoderoso, por qué no quitó los pecados a los pobres humanos?, ¿Si él, como tu nos dices, es un dios tan grande y tan lleno de amor y piedad eterna, por que dejó que las personas cometieran pecados y errores?, ¿Si es tan poderoso, por que no hizo a los hombres perfectos para que no tuvieran pecados?, ¿Tu dios permitió que los hombres cometieran pecados por la única razón de tener la oportunidad de salvarles después, cuando creyó que era tiempo de hacerlo?"

¿No entiendes mi querido y descarriado hijo que nuestro Dios hizo todo eso para que el hombre ganara la vida eterna en el cielo por cuenta de sus propios méritos y de su fe, de haber creído en Él, para que tuviera oportunidad de ganar lo que Dios le ha prometido?"

"No, santo padre blanco. Hay algo que no entiendo. Disculpa si fallo y soy descortés, pero ¿por qué es todo tan complicado? ¿Por que el hombre tiene que ganarse con toda esa revoltura lo que un dios del amor eterno les podría dar por nada más que su gran amor? Por su gran amor y bondad de dios, el no debería nunca pedirle a la gente que creyera en él, que rezara y lo adorara. Mi propia madre me ha dado todo y me lo da por amor a mí, crea o no en ella, aunque rece o no por ella. Ella, mi adorada madre, daría todo lo que pudiera aunque yo fuera tan cruel de insultarla, algo que mi dios ni en sueños permitiría, y aun así ella me daría todo lo que estuviera en sus manos. Si, mi madre está lejos, muy lejos de ser como tu dios, y es solo un ser humano."

El monje no tuvo inmediata respuesta en aquel momento, por lo que trató de desviar la discusión sobre ese punto tan peligroso de comparaciones y lo cambió a un cierto dogma que sabia, por experiencia, nunca fallaba para lograr una profunda impresión en los sencillos indígenas.

"Tu madre morirá algún día y tu yo tenemos que morir un día también. Pero mi Dios nunca ha muerto. A lo mejor no has oído claramente la historia que dice que él vive por siempre y para siempre. El solo murió en apariencia. Pero tres días después de que había muerto resucitó y en forma deslumbrante subió al cielo."

"¿Que tan seguido?, Preguntó el jefe en tono seco.

Desorientado por esta inesperada pregunta, el monje respondió.

"Bueno. Este. ..una sola, naturalmente."

"¿Nada mas una? ¿Y ha vuelto tu gran dios a venir otra vez a la Tierra?"

"No, claro que no -contestó el padre Balmojado. Su voz estaba llena de irritación. "No ha regresado todavía, pero ha prometido a la humanidad volver oportunamente a juzgar a..."

... "y a condenar a la pobre humanidad." -finalizó la oración el jefe.

"Si, a condenar" -dijo el monje en un tono fuerte y amenazador. Al tener que enfrentarse a tanta terquedad humana perdió el control de sí mismo.

Continúo con voz fuerte:

"Sí, a juzgar y a condenar a todos aquellos que le niegan y que rehúsan creer en Él, a todo aquel que haya criticado sus palabras y lo ignore y maliciosamente se niegue a aceptar la verdad y al único Dios verdadero, aunque este les sea mostrado con amor fraternal y el corazón anegado en compasión por los que viven en las tinieblas de la ignorancia y que podrían ganarse la salvación fácilmente si tuvieran verdadera fe."

El jefe no se mostró afectado en lo más mínimo por la repentina explosión del monje, sacado de quicio por estos verdaderos hijos de América, que habían sido enseñados a pensar cuidadosamente antes de hablar.

El jefe permaneció calmado y sereno y con voz suave agregó:

"Mi santo padre blanco, esto es lo que nuestro dios ha puesto en nuestros corazones y almas. Y será la última palabra que te diga antes de regresar a nuestra bella y tranquila tierra. Nuestro dios muere cada día al atardecer por nosotros, que somos sus hijos. Muere todas las tardes para traernos vientos frescos y la refrescante brisa de la naturaleza, para darnos paz y quietud en la noche para que descansemos bien tanto hombres cuanto animales. Nuestro dios muere todos los atardeceres en una profunda y gran belleza dorada. Sin ser insultado, sin ser escupido y sin ser salpicado con lodo ni fango. Muere hermosa y gloriosamente como cualquier dios verdadero moriría. Sin embargo, no muere para siempre. Al amanecer regresa fresco y más bello y hermoso que nunca. Cuando vuelve, se le mira vistiendo todavía los velos de la muerte; pero pronto sus dardos de oro cruzan el azul firmamento derrotando a las tinieblas que gustan de amedrentar al hombre. Y antes de que alguien se percate de lo que ocurre, él esta ahí, ante nuestros maravillados ojos, y ahí se queda, grande, poderoso, dorado, dominando al mundo con una belleza creciente."

"Él, nuestro dios, es eternamente grandioso, un derrochador de luz, de calor; enriquece al mundo con flores, colores, perfumes. Incita a los pájaros a cantar. Da vigor y salud al grano y juega con las nubes sobre el azul océano. Y al igual que mi amada madre, él da y da sin cesar, sin pedir plegarias ni adoración, sin demandar obediencia o fe y nunca, nunca, condena a persona o cosa alguna sobre la Tierra. Y así, cuando vuelve el atardecer, fallece nuevamente en su gloria y belleza, sin lamentarse; con una sonrisa en los labios y bendiciendo con sus últimos fulgores a sus hijos indígenas. Y en la mañana, vuelve a ser el eterno donador, eternamente joven, eternamente bello; eternamente recién nacido, que siempre y siempre regresa, grande y dorado dios de los indios."

"Y esto es lo que nuestro dios puso dentro de nuestros corazones y almas y que debo decirte, bendito padre blanco: Nunca, nunca, los amados hijos indígenas de esta hermosa tierra cambiaran a su gran dios por ningún otro dios."

Diciendo esto el jefe agradeció al monje todas sus amabilidades y atenciones que el y sus hombres recibieron durante su visita. Enrollaron sus sarapes y sus petates y empacaron para su largo viaje de regreso y se fueron con su gente, a quienes recomendaron no cambiar jamás una canasta llena de maíz por otra canasta cuyo contenido no pudieran ver bien.

Fuente: Tornado de: El Guerrero Solar (Tlacaozelotl) publicaciones, octubre de 1991, órgano de la Sociedad Cultural Anahuaka, A. C. Kalpuli Akopilko Apartado Postal 24-328 C. P. 06700

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Comentarios

Señores SERVINDI: quisiera expresarles lo hermoso que resultó para mà leer el relato (Conversión de los indÃgenas) Ojalá sigan poniendo en el sitio relatos similares. Son muy enriquecedores. Me encantan. Muchas Gracias.
LAURA.

Amigos de Servindi he leido con mucha atencion este articulo por segunda vez (la primera fue en otra web y me agrado, pero debo decirles que deberian dar credito ustedes de las personas u organizaciones de las cuales ustedes han tomado este articulo, pues esta ya fue publicada ya varios dias atras... No cuesta nada hacerlo. Gracias

Estimada Victoria:
Tenemos la costumbre de colocar nuestras fuentes. Sin embargo, esta vez nos llegó el mismo relato por diversos medios. Por esta razón solo colocamos la fuente original.

Amigos de servindi:

Me parece muy gratificamente, la defenza de la religuion de nuestros antepasados, mas que todo el valor que tubo y que puede revalorarse. porque no?..
victor gutierrez

Amigo Servindi, muy hermoso este relato los felicito, continuen con esa manera de ecribir los articulos, que es para darlos a conocer, y espero que esas personas que siempre dicen: que la Nueva Tribu vino a salvarlos de la ignorancia se vean en ese epejo, porque los va agarrar la sabidurÃa de la tierra pura. felicidades.

Estimado Clemente: No todo lo que publicamos es escrito por Servindi. Por el contrario, la mayorÃa de artÃculos son recibidos directamente de sus autores o son tomados de otros servicios informativos. Si algo tiene que agradecernos es la selección de la información.

que laaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaargooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Me parece muy curioso que hablen de "nuestros antepasados" personas con un apellido "gutierrez" con origen en castilla (España)

hola esta cronica esta super chido deben publicar mas de estas historias o cronicas okkk

en realidad me puso la carne de gallinita , imprecionante tanta belleza de pensamiento, sentimientos de honestidad de sabiduria y asi se les pretende exterminar ?? que terrible humanidad existe .

Hermoso relato y muy didàctico para entender el mundo sagrado (de los dioses). Dioses que dan alegrìa y felicidad si se les entiende cuando nacen y "mueren" todos los dÃas sin exigir condicionamientos ni sancionar y castigar.

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