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"El rescate de Leticia", un libro crítico sobre un episodio poco conocido de la historia loretana

- Un texto que comunica amor por la patria, cuestiona a los "patriotas de fanfarria" y pone el dedo en la llaga de males recurrentes en el Perú.

Servindi, 5 de setiembre, 2015.- El libro "comunica altruismo, desinterés, amor al suelo de los padres, es decir, a la patria. Pero es a su vez un libro tremendamente crítico contra los patriotas de fanfarria" afirma el antropólogo Alberto Chirif comentando el libro El Rescate de Leticia, escrito por Pablo Carmelo Montalbán.

Precisamente el principal valor del libro de Montalbán es poner el dedo en la llaga de "males recurrentes en el país que se expresan de manera cotidiana y, lo que es más grave, incluyen momentos de crisis donde más que nunca se necesita de honestidad y decisión como requisitos básicos para lograr la unión en pos de una meta compartida".

Así lo expresa Chirif en la disertación expuesta en la presentación del libro escrito por Pablo Carmelo Montalbán, uno de los voluntarios que se enroló en el Ejército Peruano para defender esa parte del territorio nacional en uno de los episodios vergonzosos de la historia nacional, poco y mal conocido en el Perú.

En 1922, el gobierno del presidente Augusto B. Leguía firmó el Tratado Salomón-Lozano que definió los límites del Perú con Colombia. Mediante ese Tratado, Colombia se quedó con el espacio interfluvial comprendido entre los ríos Putumayo y Caquetá y también con el territorio conocido como Trapecio Amazónico, que se extiende entre el Putumayo y el Amazonas, dentro de cual se encuentra Leticia.

Lo extraño es que este segundo espacio no había sido materia evidente de los reclamos colombianos. Hubo entonces una cesión extraña de un territorio que estaba ocupado por el Perú y de un centro poblado como Leticia que había sido fundado por peruanos.

El tratado de límites, mantenido en secreto por el gobierno de Leguía durante años, fue repudiado por ciudadanos de Loreto y otros afincados en ese departamento. Indignados, decidieron rescatar Leticia en una acción cívica que se ejecutó el 1º de septiembre de 1932.

Diez meses más tarde, y luego del asesinato del presidente Sánchez Cerro, el Perú refrendó el Tratado y retiró sus tropas que ocupaban Leticia. Sobre este episodio trata el libro El Rescate de Leticia.

A continuación el texto de Chirif en la preserntación que se efectuó el 27 de agosto en la ciudad de Iquitos y en la que también participaron Joaquín García y Hugo Zaavedra Eléspuru.

El rescate de Leticia

Por Alberto Chirif

Transcurren los últimos días del mes de septiembre de 1932. Una nave que transporta bulliciosos pasajeros acoderada frente a Iquitos, se aparta de la orilla. Es de noche. Un observador del zarpe describirá así el acontecimiento años más tarde: “¡Larga proa…! ¡Larga popa…! Sonó el telégrafo de órdenes en la sala de máquinas, las hélices empezaron a batir ruidosamente las turbias aguas del río y la enorme mole del barco que estaba cediendo a la fuerza de la corriente, se retiró suavemente de la plataforma y volteó lentamente para navegar aguas abajo.

Los gritos y frases de despedida empezaron a brotar creciendo en intensidad; se agitaron manos en el barco, en la plataforma; ondearon los pañuelos; las luces del muelle iluminaban débilmente una masa humana que se movía desordenadamente en todas direcciones, extendiendo las manos como en actitud de detenerlo, que parecía querer seguir tras el barco; sollozos, lamentaciones, expresiones de conformismo y esperanza en labios de madres, esposas, novias; parejas abrazadas llorando desconsoladamente; palabras de aliento de amigos, hermanos; recomendaciones, promesas”.

Unas semanas antes, en la madrugada del 1º de septiembre de 1932, 57 personas procedentes de Iquitos, Caballo Cocha (la mayoría), Yahuma y Tarma, desembarcan en Leticia, deponen a las autoridades colombianas e izan nuevamente la bandera peruana, recuperando para el país transitoriamente este territorio. “No se derramó una sola gota de sangre”, señala el narrador.

Quien relata estas escenas es un civil que, como muchos, se enroló posteriormente para revertir una injusticia cometida por el gobierno de Leguía que suscribió el Tratado Salomón Lozano, por el cual Perú cedió a Colombia dos bloques territoriales: el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá y el Trapecio Amazónico donde se encuentra Leticia.

Es un protagonista directo de esos hechos y se llama Pablo Carmelo Montalbán, autor del libro El rescate de Leticia que hoy su hijo Fernando me ha pedido presentar en esta su segunda edición que llega 37 años después de la primera.

García Márquez, en su libro Vivir para contarla, se refiere a la toma de Leticia en su particular estilo humorístico. Atribuye la razón de este suceso a una disputa de faldas. No recuerdo con exactitud los detalles de su relato, pero creo que un colombiano (tal vez un sargento) le había quitado la novia a su par peruano, y este, irritado hasta más no poder, decidió tomar la población por las armas.

Aunque es verdad que muchos actos calificados de patrióticos tienen a veces explicaciones por demás pedestres y prosaicas, esta vez, contradiciendo al ilustre escritor, debo decir que no fue esta la justificación de la historia que narra Montalbán.

La recaptura de Leticia por parte de un contingente de civiles peruanos debe ser analizada en el contexto de la controversia fronteriza entre Colombia y Perú. Tal vez, de no haber sido por la existencia en el área en disputa de gomas silvestres, aludidas de manera general como caucho, nunca se hubiera desencadenado el conflicto armado entre ambos países. Pero esto es apenas una hipótesis.

La obra de Montalbán no es una novela, tampoco es un diario. Es un relato de alguien que vivió los hechos y los narra con lucidez y espíritu crítico. Si bien incluye anécdotas, el texto no es un simple anecdotario. Aunque el autor aparece en algunos pasajes, no es un relato que lo tenga como personaje principal. Si tengo que ubicar el protagonista, debo decir que es el grupo de 57 personas que tomaron Leticia y las que más tarde se alistaron voluntariamente para defender su recuperación.

Dentro de este conjunto, destaca un grupo, del cual el autor es parte, que él califica con humor como Estado Mayor. Lo integran personas que comparten amistad, y también complicidades cuando juegan bromas o burlan el absurdo y sofocante orden establecido por clases y oficiales que confunden la disciplina con los gritos y la autoridad con los insultos.

Destaco del libro, de correcta escritura, su capacidad de transmitir la sinceridad de espíritu de quienes se embarcaron en el intento de recuperar definitivamente para el Perú un territorio cedido por la estupidez de un gobierno.

El texto comunica altruismo, desinterés, amor al suelo de los padres, es decir, a la patria. Pero es a su vez un libro tremendamente crítico contra los patriotas de fanfarria que se pavonean en las paradas militares, de quienes, antes como ahora, no encuentran contradictorio llevarse la mano al pecho y cantar con fervor aparente el himno nacional, mirando la bandera con ojos enternecidos, al tiempo que desprecian a connacionales por no considerarlos de primera categoría y se apropian del patrimonio nacional, que debería servir para mejorar la educación, la salud y el bienestar de todos.

Creo que este es el principal valor del libro de Montalbán porque pone el dedo en la llaga de males recurrentes en el país que se expresan de manera cotidiana y, lo que es más grave, incluyen momentos de crisis donde más que nunca se necesita de honestidad y decisión como requisitos básicos para lograr la unión en pos de una meta compartida.

Me refiero a casos de agresión externa, como fue la Guerra del Pacífico, con la que el propio Montalbán establece comparaciones, que se resumen en improvisación, corrupción, irresponsabilidad de oficiales, abandono por parte de las autoridades y cobardía.

Si aún viviera, Montalbán establecería otras comparaciones actuales, por ejemplo, con el comportamiento de autoridades durante el conflicto del Cenepa o de los desastres naturales que han causado tantas tragedias en el país.

Montalbán se refiere a superiores, clases y oficiales que les pegan a sus subordinados, a balas que no revientan durante un ejercicio porque estaban pasadas (“¡qué tal si con esa munición hubiéramos entrado en combate…!; –p.110), a carencias básicas de uniforme (“…dábamos la impresión de haber sido sorprendidos y que hubiéramos acudido a las trincheras a medio vestir…”; p. 120), a armamento en malas condiciones (“cartucheras por deshacerse, la munición en el morral del servicio del comedor, las bayoneta sujetas al cinturón con pedazos de cordel…”; p.120), a oficiales que se emborrachan (p. 215) y a cuatro aviadores que con sus respectivas máquinas abandonaron el escenario del conflicto para ir a Iquitos porque “uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia”; p. 238).

En la escena nacional un hecho vital terminó por decidir el curso del enfrenamiento: el asesinato del presidente Sánchez Cerro cuando pasaba revista a 20 000 soldados que debían incrementar las tropas peruanas en Loreto. En fin, es una larga sucesión de despropósitos que no podían conducir a otro desenlace diferente del que tuvo: el punto final de la presencia peruana en Leticia y el abandono de su reclamo.

Quiero ahora hacer un análisis personal para explicar los hechos y las razones de este conflicto fronterizo, y para esto debo remontarme a décadas anteriores.

El caucho

Corre el siglo XIX y mientras en Europa se afianza la Revolución Industrial que se había iniciado durante la centuria anterior y el capitalismo como sistema económico, en América del Sur países que recién nacen comienzan a vivir su vida independiente y tratan de consolidar sus fronteras sobre la base de jurisdicciones heredadas de su anterior condición colonial y, en algunos casos, también de la ocupación de hecho de diversos espacios territoriales, sea porque los consideran suyos o porque, al serles accesibles, intentan hacerlos parte de su patrimonio.

Charles Marie de la Condamine había llevado, a mediados del siglo XVII, noticias a Europa sobre la existencia del caucho en la Amazonía. En su Relación Abreviada, publicada en Francia en 1745, relata el uso que le daban indígenas amazónicos para hacer algo parecido a plumillas del bádminton o a zapatos, así como diversos objetos impermeabilizados.

Entre estos últimos estaba una especie de odre con pico de madera para llevar líquidos, similar a una jeringa, llamado en Brasil pão da xiringa, que es el origen de la palabra portuguesa seringa y seringueiro que pasan al castellano regional amazónico del Perú como shiringa y shiringuero.

El proceso de vulcanización del caucho, descubierto por Charles Goodyear en Estados Unidos en 1839, había solucionado el problema de alteración del producto a causa de los cambios de temperatura y de adhesión de piezas de caucho puestas en contacto.

Un año después de haberlo patentado en 1844, R.W. Thompson registró la llanta neumática en Inglaterra. Desde entonces el uso del caucho se generalizó aceleradamente como aislante, amortiguador de ferrocarriles y bandas de billar, al tiempo que se perfeccionaban sus usos ya conocidos en la fabricación de zapatos, prendas impermeables y aislante de cables.

En 1888, John Dunlop reinventó la llanta neumática que hasta entonces no había tenido el éxito deseado por Thompson, la cual logró importancia debido al impulso de la industria de la bicicleta. Pocos años más tarde, en 1895, se usaría también para automóviles. En los años siguientes la demanda de caucho creció en Estados Unidos y en toda Europa como consecuencia de su pujante desarrollo industrial. Su extracción en la Amazonía se expandió entonces de manera acelerada.

Una de las regiones importantes de extracción de gomas silvestres fue el espacio interfluvial comprendido entre la margen izquierda del río Putumayo y, hacia el norte, la derecha del Caquetá. Es decir, uno de los dos bloques territoriales entregados por Perú a Colombia, mediante el Tratado Salomón Lozano.

El río Putumayo se forma en el Nudo de los Pastos, ubicado en la provincia ecuatoriana de Carchi y el departamento colombiano de Nariño donde se reúnen los ramales de la Cordillera de los Andes que luego, ya en territorio colombiano, se bifurcan en dos Cordilleras: la Occidental y la Central.

En su recorrido hacia el sureste, el Putumayo marca primero la frontera de Ecuador con Colombia y luego la de este país con Perú, para finalmente entrar a Brasil donde se lo conoce como Iça. Por su parte, el río Caquetá nace en el departamento del Cauca, en Colombia, y atraviesa en su recorrido, también hacia el sureste, los de Putumayo y Caquetá, antes de entrar a Brasil con el nombre de Japurá.

Me he detenido en esto no por preciosismo geográfico sino para tratar de enmarcar el problema de fronteras que está implícito en el libro que hoy me han invitado a presentar. Ambos ríos nacen en Colombia, y mientras el Putumayo sirve de límite entre ese país con Ecuador y luego con Perú, el segundo nace en las regiones alto andinas de Colombia y discurre enteramente en territorio de este país.

Puedo completar la hipótesis que antes esbocé, diciendo que de no haber existido gomas silvestres en la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá, Perú no hubiese reclamado ese territorio como propio y Colombia lo hubiese ocupado de una manera natural, sin conflicto, dada su conexión fluvial con el resto del país. Para Perú el Putumayo es hoy día una especie de extramuros del país.

De Iquitos a El Estrecho, capital de la recién creada provincia de Putumayo, se llega actualmente en un viaje por río que demanda entre 15 y 20 días.

En la disputa con Colombia, Perú tenía a su favor “títulos de derecho”, como los califica Carlos Larrabure y Correa en su folleto El Perú y Colombia en el Putumayo, publicado originalmente en 1913 y republicado en 2005.

Dice él: “El 15 de julio de 1802, el Rey de España expidió una real cédula en la que se especificaba de una manera clara y terminante, que todos los territorios bañados por los afluentes septentrionales de los ríos Marañón y Amazonas, hasta donde por sus saltos y raudales dejen de ser navegables (cursivas propias), y además las misiones de Sucumbíos, quedaban organizados en una nueva entidad política y administrativa, denominada Comandancia General de Maynas”. (Perú y Colombia en el Putumayo. Imprenta Viuda de Luis Tasso. Barcelona, 1913.) Es cierto, como señala Larrabure y Correa, que se trata de un título de derecho pero este es débil frente a dinámicas sociales que, como en este caso, se vieron favorecidas por las condiciones geográficas de la zona.

Esta condición del Putumayo de río marginal respecto al Perú explica por qué los colombianos llegaron antes a esa zona para explotar las gomas silvestres: por existir vías fluviales que descendían del interior de su país.

De hecho, los dos centros gomeros importantes que llegó a tener la Peruvian Amazon Company, empresa cuyo fundador y gerente fue Julio Cesar Arana, son de aparición tardía respecto a la presencia colombiana. Uno de dichos centros fue La Chorrera, en el Igaraparaná, que estaba en manos del cauchero colombiano Benjamín Larrañaga.

Allí Arana recién interviene a partir de 1901, año en que establece una sociedad con el colombiano. Cuatro años más tarde la empresa queda enteramente en manos de Arana, ya que, raíz de la muerte de Larrañaga, él le compra sus acciones a su hijo Rafael.

El otro centro es El Encanto, a orillas del Caraparaná, que hasta 1903, según relata el comerciante colombiano Joaquín Rocha en su Memorando de Viaje (Casa editorial El Mercurio. Bogotá, 1905) estaba en manos de sus connacionales. Recién a partir de 1904 aparece Miguel Loayza como gerente de este establecimiento perteneciente a la Peruvian Amazon Company.

Las disputas que se presentaron nada tenían que ver con razones patrióticas, y si caucheros de ambos países defendían su presencia en ese territorio era por afán de lucro de personal de explotar un recurso valioso como las gomas silvestres, que por entonces llenaba los ojos de ambición y los bolsillos de dinero.

La prueba está en que ni Colombia ni Perú recurrieron al argumento de la soberanía nacional mientras las sociedades entre ciudadanos de uno y otro país marcharon bien y solo reventaron cuando Arana quiso tener la exclusividad sobre la zona. Incluso así, hubo colombianos trabajando para la empresa de Arana. Es el caso, por ejemplo, de Víctor Macedo, gerente de La Chorrera.

Y en un nivel aun más importante, el de Rafael Reyes que llegó a ser presidente de Colombia entre 1904 y 1909, quien formó una sociedad con Arana.

No obstante, si bien todo lo dicho es válido para la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá no lo es para la del Trapecio Amazónico y de ese centro poblado creado por una fundación oficial y por el cariño de la gente: Leticia.

Haré ahora el mismo ejercicio de descripción geográfica que realicé en el caso anterior para ubicar en el espacio al Putumayo y el Caquetá. Desde un punto de vista estrictamente formal, el Trapecio Amazónico parece ser producto de un mal dibujante del mapa de Colombia.

Es un apéndice extraño que se descuelga hacia el sur desde una de las esquinas de su territorio. Es una especie de embudo en la que, a diferencia del dicho popular, la parte ancha perjudica al contrario, es decir, a Perú. Para ubicarnos en el espacio, el Trapecio tiene su lado más pequeño en la orilla derecha del Putumayo, en territorio que hasta la firma del Tratado Salomón Lozano era indiscutiblemente peruano, desde donde proyecta sus lados divergentes hasta encontrar la margen izquierda del Amazonas, donde se halla Leticia.

Es una clarísima intromisión en un territorio que no estaba en disputa entre las partes y que Colombia no sentía como suyo ya que reconocía la margen derecha del Putumayo como peruana, y con mayor razón, el espacio interfluvial entre este río y el Amazonas.

Las razones que llevaron al presidente Leguía a ceder el territorio del Trapecio de más de 11 000 km2 sigue siendo un misterio. Traición a la patria, señalan algunos. Sí, ¿pero a cambio de qué?, porque sin interés personal de por medio, sin ganancia individual, no existe traición, sino solo estupidez del ignorante.

Y esta es otra vez una hipótesis. ¿Qué sabían Leguía y sus ministros acerca de esta porción del territorio nacional y de sus pobladores? La desaprensión con que los políticos -y no me refiero solo a los del gobierno central sino también a los que tenemos cerca- miran el patrimonio natural y social de la Nación es total, como lo vemos a diario.

Que algunas empresas destruyan y contaminen el medioambiente, saqueen los recursos naturales y afecten la salud y las fuentes de trabajo y riqueza de sus pobladores es algo que nos golpea diariamente, pero que muchos políticos califican de desarrollo. No obstante en estos casos, la corrupción con el afán de enriquecimiento indebido ofrece una explicación para el comportamiento de dichos políticos. Pero, ¿cuál es la explicación en el caso de la cesión del Trapecio Amazónico?

La acción cívica llevada a cabo por un grupo de ciudadanos mayormente loretanos fue para rescatar a Leticia y al Trapecio, no el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá.

Esto último creo que se debió a dos razones: que nunca fue sentido como propio porque su comunicación era con Colombia y no con Perú y porque a partir de 1915 el caucho, que era el producto que ambicionaban caucheros como Arana y otros, dejó de ser importante por la caída de su precio en el mercado internacional. El Tratado Salomón Lozano se firmó en 1922 cuando el caucho ya no valía nada.

El beneficio para Colombia de apropiarse del Trapecio Amazónico es claro, porque este le ha permitido tener acceso directo al Amazonas, convertirse en país ribereño de este río. Sin embargo, Colombia era consciente de que este territorio no le pertenecía porque, repito, la soberanía sobre la margen derecha del Putumayo no estaba en discusión. Y esto debe haberlo recordado Colombia a lo largo del conflicto generado por la recaptura de Leticia.

Durante los 290 días que duró la presencia peruana en Leticia, Colombia no hizo ningún intento por recapturar este poblado descolgado de su territorio por las dificultades que enfrentaba la empresa.

Para hacerlo solo tenía dos alternativas: desplazar tropas atravesando el monte desde el Putumayo hasta llegar en malas condiciones a Leticia o hacerlo por vía fluvial, descendiendo el Putumayo, cruzando territorio brasileño hasta su desembocada en el Amazonas y, desde allí, remontando el río hasta llegar a Leticia.

Ninguna de las dos vías le ofrecía a Colombia posibilidades de éxito por las dificultades de dar apoyo logístico a sus tropas. Por esto plateó el combate en otro escenario: el río Putumayo, donde Perú tenía muy pocas fortalezas a causa de las dificultades de conexión de esta cuenca respecto al resto del país (que puedo resumir diciendo que eran similares a las mismas de Colombia para acceder al Amazonas), mientras que Colombia tenía fuerte presencia por el avance colonizador, político y militar desarrollado desde su zona andina.

Los ataques en el Putumayo causaron la destrucción de propiedades de peruanos establecidos en la cuenca y originaron el traslado hacia el Napo y el Ampiyacu de población indígena que patrones caucheros como Miguel Loayza habían llevado allí para utilizarla como mano de obra en sus fundos. Pero esta es otra historia a la que no me voy a referir ahora.

Termino destacando las virtudes de este libro por estar bien escrito y, sobre todo, por abordar con espíritu crítico uno de los tantos episodios vergonzosos de la historia nacional.

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Comentarios

reclama ante la haya a leticia para peru

Los historiadores o el periodismo ya DEBERIAN haber encontrado respuesta al misterio de la entrega de leguia,Cuando colombia desaparesca por guerra con venezuela y en bolivia y peru se reinicie el tawantinsuyu leticia vuelve al territorio.

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