La derecha que perdió todas las guerras, todas las oportunidades de crear justicia y viabilidad social, la derecha que gobernó siempre –con la sola excepción del suspiro de Billinghurst y los siete años de Velasco–, la derecha cuyos ancestros pelearon en contra de la independencia y cuyos abuelos entregaron Lima a la soldadesca chilena, la derecha que se robó el dinero para comprar barcos en plena guerra del Pacífico y remató Arica a precio vil, Leticia por nada, Sucumbios por poquísimo, la derecha que festejó todas las masacres de campesinos y hundió en el oprobio a todos los reformistas que en su tiempo fueron, la derecha que persiguió a los mejores –desde Vallejo a Alegría, pasando por Arguedas y Gustavo Valcárcel– y se unió a los peores o hizo peores a los que ya eran cavernarios –desde Sánchez Cerro a Odría, pasando por el panzón rosáceo de Benavides–, la derecha que tiene el bolsillo chorreando sangre y, hoy, la labia de Alan García a su servicio, la derecha del contrabando, la evasión fiscal, las conversas con Montesinos para ganar juicios, la derecha prochilena de estos días, en suma, quiere erguirse en patrona del pensamiento correcto y llama caviares a quienes no se doblegan ni ante su dinero ni ante su poder mediático.
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