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20 y 30: EZLN y luchas indígenas en México

Por Oscar Arnulfo de la Torre de Lara

Y no con palabras abrazamos a nuestros compañeros y compañeras zapatistas, ateos y creyentes, a los que de noche se cargaron a la espalda la mochila y la historia, a los que tomaron con las manos el relámpago y el trueno, a los que se calzaron las botas sin futuro, a los que se cubrieron el rostro y el nombre, a los que, sin esperar nada a cambio, en la larga noche murieron para que otros, todos, todas, en una mañana por venir aún, puedan ver el día como hay que hacerlo, es decir, de frente, de pie y con la mirada y el corazón erguidos. Para ellos ni biografías ni museos. Para ellos nuestra memoria y rebeldía Para ellos nuestro grito: ¡libertad! ¡Libertad¡ LIBERTAD!

Subcomandante Insurgente Marcos. Cuando los muertos callan en voz alta (Rebobinar 1).

Rebelión, 22 de enero, 2014.- El treinta-veinte (30 del nacimiento, 20 del levantamiento) aniversario del EZLN difícilmente produce indiferencia, tanto para los que celebramos su existencia y persistencia, como para los que se empeñan en denostar y ocultar, no sólo los logros de las comunidades zapatistas en Chiapas, sino también los avances de los procesos organizativos indígenas a lo largo y ancho del país a partir del levantamiento zapatista de 1994.

La pretensión de este artículo lejos de ser un apología del zapatismo, es un asunto de miradas. De cómo miramos a los pueblos indios y dónde ponemos la mirada para medir sus logros en búsqueda de la autonomía. Afirmar ––como se ha hecho–– que no habido mejorías para los pueblos indígenas después de 20 años del levantamiento armado del EZLN, y que la pobreza de las comunidades radica en su supuesta cerrazón y terca anti-modernidad, es persistir en una forma de mirar colonial, incapaz de ver más allá de las categorías económicas y políticas de la modernidad occidental capitalista para juzgar un fenómeno social forjado en una fragua de luchas históricas. En cambio si la mirada es al menos de respeto y de reconocimiento, con un poco de atención se puede ver que el efecto profundo del zapatismo (no el único, por supuesto) se encuentra muy alejado de los templetes y de los reflectores de la política de arriba y las formas de medir “el desarrollo” en términos capitalistas. El efecto está en las serranías, en los pequeños poblados campesinos, en la gente del común que ve en la lucha zapatista el reflejo de sus luchas históricas por una vida digna de ser vivida. Donde, como señala Silvia Ribeiro, “cada paso, cada día, cada construcción de autogestión y resistencia, tiene sentido en sí misma. No pide la aprobación o migajas de los que se arrogan el poder, no espera ni se desespera, sigue caminando, en la defensa del maíz, de los territorios, del agua, del derecho a decidir sobre sus vidas, de la dignidad.”

La traición gubernamental a los Acuerdos de San Andrés a través de la contrarreforma indígena de 2001 fue directamente al corazón de las reivindicaciones de los pueblos indígenas (territorio-autonomía), lo que obligó a los pueblos construir la autonomía y ejercer dominio territorial por la vía de los hechos. Es precisamente en esta labor que los municipios autónomos zapatistas ––en medio de asedios paramilitares–– han mejorado notablemente sus condiciones de vida. El EZLN y sus bases de apoyo han fortalecido su proceso de autonomía, han logrado que en su territorio los niños tengan escuela, los enfermos medicina y hospital, y todos sus habitantes, lo mínimo necesario para vivir al margen de las instituciones gubernamentales. Han logrado que en su territorio no haya narcotráfico ni alcoholismo, ni esa inseguridad genocida que con la corrupción individual y colectiva ataca aquí y allá en el resto del país (Ver Comunicado 30 de diciembre de 2012 http://bit.ly/ZN6WCU). Prueba visible de la vitalidad de la resistencia y organización del movimiento fue la multitudinaria marcha silenciosa y pacífica que celebraron hace un año, el día 21 de diciembre de 2012 en la que se movilizaron ordenadamente más de 40 mil zapatistas en 5 municipios de Chiapas , coincidiendo con la entrada de la nueva era maya, así como las notables experiencias de la Escuelita zapatista creada con la intención de que la gente vea y conozca directamente, sin intermediarios, la experiencia autonómica de los municipios autónomos y las Juntas de Buen Gobierno.

Durante estos 20 años los zapatistas nunca han pedido políticas asistenciales ni programas sociales, que en la realidad se traducen en limosnas gubernamentales para el control político clientelar (llámese “Solidaridad” o “Cruzada Nacional Contra el Hambre”). El reclamo zapatista y su práctica política es por el cumplimiento a cabalidad de los Acuerdos de San Andrés, es decir el reconocimiento pleno de la autodeterminación de los pueblos indígenas en su versión de autonomía y el control del territorio que ésta implica. De modo que el proyecto político-social zapatista aspira ––como dice Pablo González Casanova–– a defender el territorio, la tierra, el maíz, el agua, los bosques y la vida, sin limitarse a un concepto aldeano, ni sólo maya ni tan siquiera nacional, sino reclamar los derechos a la autonomía de sus comunidades al tiempo que se organiza en éstas el poder de decisión de sus pueblos como poder obedencial (“mandar obedeciendo”).

Sin embargo, este reclamo y práctica no es privativo del zapatismo. Como bien nos recuerda Francisco López Bárcenas a pesar del ninguneo neocolonial los pueblos indígenas persisten en sus planes de autonomía. Unas veces manifestándolo abiertamente, otras sin decirlo, muchos avanzan en su reconstitución interna, de acuerdo con sus propias capacidades y situaciones concretas. Defendiendo sus territorios, sus bosques, sus aguas; impulsando radios comunitarias para comunicarse y difundir su cultura o escuelas comunales con maestros propios porque sienten que en las escuelas gubernamentales no les enseñan lo que necesitan para la vida, o impulsando la siembra de sus alimentos, revalorando sus prácticas y saberes propios, para librarse de las garras de quienes han hecho de los alimentos una mercancía y arma de dominación. Esto ha dado como resultado diversos procesos autonómicos, con el rumbo que cada quien consideró más pertinente, por eso los resultados también son múltiples, unos muy exitosos, otros no tanto. En suma se trata de de proyectos, programas y procesos variados de seguridad y justicia comunitaria, comunicación comunitaria, así como diversos retos de organización y administración del ejercicio autónomo.

El proceso de neocolonización abierto por las reformas estructurales neoliberales ha enfrentado una importante oposición desde diversos movimientos sociales a lo largo y ancho de nuestro país, en los que las luchas indígenas contra los megaproyectos y la defensa de sus territorios juegan un papel fundamental. Se trata –como las llama el pensador uruguayo Raúl Zibechi– de revoluciones o insurrecciones en marcha, mismas que han sabido hacerse visibles en momentos cruciales. Sólo baste recordar que el levantamiento armado del EZLN el 1 de enero de 1994, se dio como resultado de la combinación de varios y complejos procesos locales y nacionales (el profundo problema agrario, la modernización de la economía chiapaneca, el desarrollo político-ideológico de un amplio movimiento campesino indígena y popular, la violencia gubernamental y la falta de democracia). El EZLN surge a la luz pública con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y dos años después de las reformas al artículo 27 de la constitución que termina con el reparto agrario y permite la apropiación privada de la propiedad social (ejidos y comunidades). Es decir que surge a luz pública en un momento coyuntural importantísimo para los pueblos indígenas y campesinos. No obstante, la historia del EZLN hunde sus raíces en la confluencia de muy antiguos procesos de lucha, tanto indígenas como urbanos.

Como bien afirma Zibechi “las revoluciones en marcha son estuarios donde desembocan y confluyen ríos y arroyos de rebeldías que recorrieron largos caminos […] Estas revoluciones son el momento visible, importante pero no fundante, de un largo camino subterráneo”. Se trata de procesos que vienen de larga data, nacidos en la fragua de un saber histórico de las luchas y una apropiación crítica de la historia, en la búsqueda de la liberación, la construcción de poder popular, la reapropiación de sus contextos y la afirmación de sus identidades. La lucha indígena por la tierra y la identidad en México, es una de estas insurrecciones en marcha, y se encuentra en el corazón de los actuales movimientos indígenas que construyen la autonomía en los hechos, re-apropiándose de sus territorios, en firme oposición a la destrucción de las formas de vida vernáculas, los sentidos locales de la buena vida, costumbres y tejidos sociales comunitarios, así como la afirmación/recuperación de identidades, de epistemologías, de espiritualidades, de formas de ser y de existir que han sido ninguneadas, inferiorizadas, ocultadas y destruidas por la colonialidad. Como bien dice Jean Robert “decir pobres dignos y dueños de sus medios de subsistencia (materiales e inmateriales) es decir ‘pobres dueños de sus territorios”, lo que tiene que ver con el cultivo de la cultura, las costumbres, la hospitalidad, la subsistencia: la autonomía.

Achacar a los pueblos indios (a su supuesta cerrazón y terca anti-modernidad) las causas de su pobreza, constituye una claro ejercicio de desinformación. Esta desinformación no sólo atiende al contexto indígena, sino también al texto de los instrumentos internacionales en materia de derechos de los pueblos indígenas. La “tragedia” que viven los pueblos indígenas en México difícilmente se comprende sin el trasfondo adverso de la denegación pertinaz de un derecho: el derecho de reconocimiento y respeto, de autonomía y reciprocidad de los pueblos indígenas, de que son unos pueblos dotados de culturas y territorios propios. En esta precisa dirección el Estado mexicano tiene contraídos compromisos internacionales, particularmente con la Organización Internacional del Trabajo (Convenio 169), así como en su Derecho interno a raíz de la reforma constitucional de 2001, y las posteriores reformas en materia de derechos humanos de 2011. El problema de fondo puede ser efectivamente, de derechos humanos, de su impedimento y carencia, pero fundamentalmente es un problema de respeto y reconocimiento, de consideración de la humanidad indígena en pie de igualdad, de reconocimiento a los pueblos indios como sujetos políticos y epistemológicos diversos.

Son ya dos décadas de vida publica del EZLN, de luchas, de muertos, de injusticias y represión al cabo de las cuales las palabras y el combate siguen vivos. El zapatismo supo hacer visibles a aquellos condenados a la invisibilidad, y en palabra y acto se ha constituido en una potentísima herramienta decolonial capaz de desgarrar la matriz abisal del pensamiento occidental y la racionalidad de la dominación. La visibilidad de las luchas de los pueblos indígenas en México nos permite dilucidar la dinámica histórica en que estos han demostrado su apuesta por un proyecto jurídico-político diverso al de la modernidad capitalista, a saber, su propio proyecto de modernidad, sustentado en profundas tradiciones históricas, impregnadas de saberes pertenecientes a sus culturas materiales. Los pueblos indios mexicanos al producir mediante sus capacidades vernáculas su subsistencia ––bienestar, la buena vida––, crean una cultura material histórica que preserva un modo de ser y de vivir que se define por la capacidad autónoma de definir la propia vida y allegarse los medios para vivirla. Se trata como dice Silvia Rivera Cusicanqui de experiencias de construcción de nuevos territorios en los que se reinventa las figuras de hacer colectivo y que conjugan de otra manera las formas comunitarias y la organización política autónoma en prácticas descolonizadoras. Se trata de historia viva que pugna constantemente por irrumpir y que demuestra incesantemente que “vivir en y con el capitalismo puede ser algo más que vivir por y para él”.

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Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=179582

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