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Colombia: La semilla de la memoria

Por Francisco Zamora Dimaté*

21 de diciembre, 2012.- Qué sería de los pueblos sin su memoria, sin sus recuerdos y luchas por un mejor mañana dejando su legado en el camino de vida para transformarlos como seres de vida, de constante cambio y de posibles labranzas hacia el futuro de quien desea y permite crear, construir un nuevo mañana.

En ese camino de historia hablada, contada, pintada, cantada o recitada es donde se encuentra la esencia de la historia que en los libros de historia nunca se encontrará y de la cual queda un recuerdo, no solo en la memoria del oyente sino una huella en el corazón y en el alma. De allí que la memoria de los pueblos se entrelaza como un tejido con el alimento, fuente de vida y futuro; el alimento de los pueblos creado y moldeado con la palabra, con las manos del trabajo y el corazón de quien por décadas construye nociones de territorio y de identidad, que son olvidadas por los relatos académicos.

Pero ¿cómo se teje este lazo entre el alimento y la memoria sin cruzarlo por un texto?, algunos preguntarán. La memoria no solo es el texto que las aristocracias construyen como único relato de vida de los pueblos, la memoria esta en cada sujeto que reconoce sus antecesores, su sabiduría, y esas pequeñas historias que construyen las nociones de familia, comunidad y territorio; o acaso ¿quién no ha tenida una conversación al lado del fogón de la estufa con la abuela, acompañado de un tinto o una comida, recordando la historia familiar, las historias de procedencia de las raíces de las familias que convergen en un mismo espacio rural campesino; deshabitado por innumerables razones, tanto económicas, políticas o sociales?.

Esa cercanía entre la historia “nacional” con nuestras madres, abuelas, tías y hermanas al lado de un fogón se torna en la base fundamental del hogar, como núcleo de la construcción social de identidad; reflejado en la noción de epicentro de las casas campesinas; e incluso, en algunas de nuestras casas, como la cocina, de la cual no solo emanan colores y sabores sino se interiorizan intimidades e identidades de la familia, que han sido transmitidas por la voz de aquellas mujeres a quienes se les ha menospreciado por un arraigo cultural y, a la vez, se les ha reprimido aun más, por el sistema capitalista, relegando su condición e importancia en la emancipación de los sujetos y del ser femenino.

La cocina y la mujer han tenido un valor negativo debido a su mezcla sin decisión, pero de la que se rescata esa base fundamental de lo que somos y de lo que seremos, determinando las posibles puntadas de nuestros tejidos de vida, e imprimiendo una huella en la piel sobre lo que éramos, aunque no queramos o nos lo quieran hacer olvidar.

Esa memoria de todos, olvidada por muchos, es una fuente de vida, de existencia. El recordar que la cercanía que tienen nuestros pies y nuestros andares está tan cerca de la siembra, de la casita en el páramo o de la quebrada; que de allí venimos; reflexionar sobre el porqué salimos, y pensar en la decisión de retornar a nuestras raíces olvidadas pero abiertas a empoderarlas con la determinación que nos hace la resistencia y la posibilidad de crear y construir un nuevo amanecer.

Me acuerdo de las manos de mi madre y de mi abuela amasando las arepas para el desayuno; imposible olvidar ese sabor característico que luego de muchos intentos, mis manos no han tenido el prodigio de conceder al alimento. Este es un recuerdo que para el lector se hace fácil revivir; o las innumerables recetas de las cuales daban alimento en nuestra casa, sin olvidar esos sabores característicos que en ellas se encuentran y los cuales nos hacen recordar momentos y episodios de nuestras familias que alegran la lectura de un texto “académico”. Y de pronto: ¿será que nuestra historia estará hoy en nuestros estómagos?, querido lector no se inquiete, no piense usted que hoy comió periódico y agua de panela, eso déjeselo a los niños de las casas de lata de la montaña.

A lo que voy es a hacerlo reflexionar sobre si tal vez, de pronto, quizás las manos de su abuela al amasar las arepas que tan rico le quedan, están cargando toda su historia, sus recuerdos, sus sueños, y más aun, señor lector, qué tal que usted tome la idea descabellada de que esa arepa, ese chocolate, esa sopita, ese caldito le están dando las herramientas para la resistencia de los pueblos.

Pues basados en esas suposiciones, que solo a un demente, pobre, inculturalizado se le pueden ocurrir, tomamos la idea que en esa sopa, en esa arepa hay más que carbohidratos, ácidos grasos, etc.

En esas formas se encuentra la historia arraigada de los pueblos; analizando un poco más afondo, se encuentran las raíces de los ingredientes y los pequeños secretos que entre la pelada de una papa y la amasada de la arepa están arraigados a lo que las poblaciones construyen como identidad y escritura de historia, memoria de familia, de comunidad, de población; de ese pueblo que a falta de mierdonals tiene su historia latente y emancipadora en sus desayunos; le pone un peso simbólico mucho más fuerte, que hace que esa resistencia tenga tanta relevancia para esas comunidades: “los productos que conllevan toda la tradición de un pueblo sufriente pero enriquecido por su saber innato, por su percepción de mundo, que lo identi€ca como único y diverso entre las comunidades que construyen historia popular”.

Ese maíz pintao, esa haba, esos cubios, aunque perdido su gusto por el sin sabor del caldo de gallina, dan fe de la historia y de la diversidad de los pueblos, de nuestras comunidades y de la sabiduría de nuestras familias y de nuestras madres que con su labor dan esperanza, frente a la arremetida de la cultura capitalista, patriarcal y consumista. Por eso la invitación de este texto “académico” es que busque la cocina de su casa y mire qué tanta resistencia y emancipación tiene en su alacena o su nevera, y piense que tal vez la boca no solo se le puede llenar de tanta mierda al hablar!(1), sino de emancipación al preguntarle a su madre, a su abuela cómo hacer de la liberación un sancocho sin que se le agrie o le quede aguado, y cómo darle el saborcito de vida a la resistencia.

Además, cómo lograr que los actos y las reflexiones de los sujetos vayan de la mano como el queso y el agua de panela; y mejor que el pan o la arepita del pensamiento construya un rico ratico de debate y reconocimiento con los semejantes, los sujetos, los oprimidos, los relegados, los familiares no solo de vida y de identidad sino de lucha y trabajo por ese mejor mañana.

Nota:

(1) Disculpe por el modismo que culturalmente se describe como “persona insulsa, incoherente, mentirosa”

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* Francisco Zamora Dimaté es estudiante de Trabajo Social. UNAL sede Bogotá, Red Agropecuaria y de Educación popular.

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Fuente: Revista Agro y Sociedad: http://es.scribd.com/doc/70591332/agrovidaysociedad3

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