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Internacional: Ayuda al corazón de la selva

El organismo de Matthew no puede absorber nutrientes a consecuencia de los cócteles de antibióticos ingeridos. Su extrema delgadez le ocasiona dificultades para caminar y moverse. JAKE PRICE

Por Mercedes Gallego

13 de febrero, 2012.-  79.500 nuevos casos en la zona euro. La tuberculosis ha encontrado la manera de volver a nuestras casas y se ha hecho resistente a los antibióticos. Decía la madre Teresa de Calcuta que en el mundo hay tres enfermedades terribles: el sida, la tuberculosis y la indiferencia de las personas hacia el dolor del prójimo.

Así por lo menos la citan en la Casa de Alivio San Cosme, al pie de uno de los cerros más hacinados de Lima, donde algunos de sus habitantes preferirían tener el mal de las estrellas de Hollywood que el de la pobreza. Ese que en nuestra arrogancia de país desarrollado creemos haber dejado atrás en los umbrales del siglo XX.

El que hizo que Juana Huapaya, de 86 años, se encerrase con llave en su casa de San Cosme para no contagiar a su familia o que a Matthew Cohen, de 37, se le echasen encima de golpe diez enfermeros y agentes de seguridad en un hospital de Nueva York por si rehusaba el tratamiento.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que «la región europea está sufriendo una pandemia de tuberculosis», en parte como consecuencia de la desintegración de los servicios de salud en los países del Este. Según sus datos, 79.500 de los 420.000 nuevos casos que se detectaron el último año en esa región aparecieron en la zona euro. Gente que no podía creer que fuese víctima de una enfermedad contagiosa que creía erradicada y que ahora tiene que vivir con el estigma social. Ese que ahoga en la debilidad y la vergüenza a 35.000 personas cada año en Perú, un país donde el doctor José Best Romero asegura que «casi toda la población está infectada, aunque no enferma».

El Fondo Mundial, la mayor organización dedicada a la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria, ha convertido el país andino en punta de lanza de sus esfuerzos contra la tuberculosis, dedicándole la mayor cantidad de fondos de toda Latinoamérica, hasta ponerlo por detrás de Brasil y Haití en la lista de los más afectados.

En el mundo globalizado no hay fronteras para esa enfermedad que ha encontrado la forma de volver a nuestras casas e incluso se ha hecho resistente a los antibióticos (12 de los 14 países más afectados por esa cepa están en la región europea de la OMS). No hay vacunas. El bacilo se transmite por el aire y encuentra su mejor caldo de cultivo en hogares hacinados, autobuses abarrotados, el trasiego de oficinas y hoteles donde no se abren las ventanas. O, simplemente, en un golpe de tos ajeno.

Las probabilidades de infección en la tierra de Pizarro son tan altas que los médicos están obligados a hacer una prueba de esputo en pacientes cuya tos persista más de dos semanas y venga acompañada de cansancio y pérdida de peso. Algo que no le hicieron a la señora Juana, como se la conoce con cariño en la Casa de Alivio San Cosme, hasta que le ofrecieron pasar la prueba de forma rutinaria en el centro para la tercera edad del barrio. Para entonces había agotado todos los remedios caseros para la tos. A sus 86 años lleva una vida tranquila y solitaria en la que cuesta identificar al agente que le contagió esa enfermedad que quita el hambre y las ganas de vivir, mientras devora lentamente los pulmones. Pero no hace falta irse muy lejos, en cualquier ambiente poco ventilado puede estar a un suspiro de distancia.

Espacios sin ventilación

La única barrera contra la tuberculosis es algo que va desapareciendo imperceptiblemente en las ciudades modernas: luz y aire. Aquellos techos altos de las casas antiguas con ventanas enfrentadas y corrientes de aire entrañaban una sabiduría que en las ciudades hemos cambiado por filtros, calefacciones, aires acondicionados, techos bajos, espacios reducidos.

«La ventilación natural es la mejor receta de salud que existe, pero los arquitectos de hoy no entienden las necesidades médicas ni cuando diseñan hospitales», dice el neumólogo peruano José Zúñiga, que lleva 25 años al cuidado de tuberculosos sin desarrollar la enfermedad.

Su única arma es una simple mascarilla en el pabellón de una casa colonial con patios al aire libre, donde cita a los enfermos a la hora de más luz. «Hoy en día hasta las salas de emergencia están en espacios cerrados donde los pacientes más vulnerables se contagian de las enfermedades ajenas», asevera.

A la tuberculosis se la considera una enfermedad oportunista porque el bacilo se aloja en el pulmón y espera las condiciones adecuadas de un sistema inmunológico mermado para crecerse. De ahí que se lleve a la tumba a un alto número de infectados de sida o que Matthew, cuyo sistema inmunológico está debilitado por el síndrome de Crohn, fuera la única víctima conocida de la escuela de Manhattan en la que da clases.

Al igual que la señora Juana, no se lo contó a sus vecinos. Tampoco quiere ser identificado, el nombre que usa para este reportaje es falso. Lima, Nueva York o cualquier ciudad europea tienen algo en común: la tuberculosis es algo de lo que solo se habla el 24 de marzo, y eso porque la OMS lo declaró Día Mundial contra la Tuberculosis.

No es que haya que remontarse varios siglos para recordar su devastación. El hombre conquistó la Luna antes de que los tres antibióticos que curan la enfermedad estuvieran disponibles, pero lo que viene a la mente de cualquiera es la sombra de otros tiempos oscuros de miseria que se cebaba con los más pobres. Epidemias que todavía podrían devastar una ciudad como Nueva York-donde cada año se detectan un millar de casos- si las autoridades no estuviesen dispuestas a aislar y obligar a cualquier enfermo a tomar un brutal cóctel de antibióticos durante al menos seis meses.

Las secuelas

«Intelectualmente no comparto esa estrategia, pero la entiendo. Ahora puedo imaginarme el desastre que supondría si se les escapara de las manos», dice Matthew, que fue puesto en cuarentena custodiado por la Policía. «Las ciudades no están diseñadas para los seres humanos, sino a escala de los consumidores. El objetivo no es que la gente disfrute de espacio y aire limpio, sino que compre y trabaje. Basta con que una persona lo coja y no reciba tratamiento para poner en peligro a todos».

La ciencia está ganando la batalla a la muerte. Pese a que solo en 2009 se registraron 9,4 millones de nuevos casos en el mundo, la tasa de mortalidad bajó el 35% entre 1990 y 2009. Pero el verdadero desafío de la tuberculosis son sus secuelas y las del tratamiento.

Dos años después, Matthew pesa 31 kilos, dos menos que cuando salió del hospital. Los antibióticos han devastado la flora de su organismo, incapaz de absorber nutrientes. La última estrategia médica para devolverle el apetito y sacarle de su estado cadavérico es una pastilla de Marinol, en esencia marihuana, que no le acaba de gustar porque le deja «un poco atontado», pero sabe que necesita redondear con grasa esos huesos protuberantes que muestra con movimientos lentos y débiles.

La bacteria aprovecha cualquier interrupción del tratamiento para mutar y hacerse resistente, y pasará a otras personas con esa fuerza virulenta que desafía a la ciencia y requiere curas tres veces más largas y hasta 3.000 veces más caras. Para evitar esa peligrosa resistencia, los organismos de salud no proporcionan más que una dosis y prefieren visitar a los pacientes a diario y asegurarse de que la ingieren. Algunas provocan severas reacciones gástricas, otras consisten en dolorosas inyecciones. El cóctel puede constar de hasta 30 pastillas que requieren una hora para ser ingeridas.

Los fármacos son solo parte de la línea de ataque. En Perú, donde cada mes se registran 200 nuevos pacientes con tuberculosis resistente a los antibióticos, el Fondo Mundial ha entendido que hay que atacar la pobreza con cestas de alimentación que fortalezcan el sistema inmunológico de toda la familia y proporcionar cubículos que permitan separar al enfermo en casas donde a veces duermen diez personas. Una inversión que solo en ese país ya ha costado a la organización 67 millones de dólares, con ayudas de fundaciones privadas y 54 gobiernos, entre ellos España, que ha permitido ralentizar la epidemia y, sobre todo, ha hecho entender a los países ricos que la ayuda al Tercer Mundo empieza a tiro de casa.

Un trozo de tela es a menudo lo que separa la vida de la muerte. En el caso de la tuberculosis, la mascarilla que se interpone ante un golpe de tos ajena. En el de la malaria, los mosquiteros impregnados de insecticida. Solo en 2009 se registraron 225 millones de casos de malaria en el mundo, frente a 9,4 de tuberculosis, pero esta última es inmensamente más asesina: se cobró 2,7 millones de vidas en comparación con las 800.000 de la malaria. La mitad de la población mundial corre el riesgo de padecer la pesadilla palúdica.

Hasta que se desarrolle una vacuna, el único remedio son esos mosquiteros tras los que se refugian los habitantes de la Amazonia peruana once horas diarias. Cuando baja el sol y empiezan a salir «los zancudos», Encarna Torres y su familia se meten en la cama hasta las 5 de la madrugada. A sus 68 años ha sufrido malaria cinco veces. «La última casi me mata», recuerda.

No hay ningún médico en su aldea. El Caserío San Pedro, con 350 habitantes, a media hora a pie del río y una hora de barco hasta Iquitos, no tiene ni un pozo de agua. «Si nos agarra la malaria por la noche se nos muere el enfermo», cuenta su autoridad, Marcos Inuma. Hasta allí ha llegado la financiación del Fondo Mundial, que ha distribuido en el mundo 190 millones de mosquiteros tratados y medicamentos antipalúdicos a 210 millones de personas. Gracias a eso hace tres años que en esta aldea no muere nadie, mientras que antes fallecían varios al año.

La esperanza de Inuma es que no falten los mosquiteros con insecticida, eficientes por tres años, la prueba rápida para la malaria y esas «pastillas modernas que le choquean a uno de lo fuertes que son», pero que quitan fiebre, dolor de huesos y vómitos. En otras palabras, que no falte la generosidad del mundo, porque ni el pomelo con sal, ni la raíz de muyoca ni la corteza de huacapura pudieron con el paludismo.

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Fuente: Portal informativo de Hoy.es: http://www.hoy.es/v/20120213/sociedad/ayuda-corazon-selva-20120213.html

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