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Perú: El diálogo como apuesta civilizatoria

Por Rodrigo Arce Rojas*

29 de diciembre, 2010.- Podríamos partir de la premisa que éste no es un mundo, socialmente hablando, que éste no es un país perfecto ni que tenemos democracias, políticas, leyes perfectas o gobernantes perfectos. Pero asumir esta posición es condenarnos irreductiblemente a la inacción, a la frustración o la crítica feroz.

El tema no está en qué medida el mundo no es cómo quisiéramos que sea y la distancia entre lo que es sino el grado en que participamos colectiva, comprometida y creativamente en la búsqueda cotidiana de la utopía como aliciente permanente para avanzar y construir. El tema está en qué medida somos parte de la solución y no somos únicamente parte del problema.

Podríamos atiborrarnos de palabras hirientes como exclusión, marginación, racismo o corrupción para caracterizar las relaciones sociales y ser aplastados por el peso histórico y cotidiano de estos oprobios. Pero también podríamos convocar a la esperanza, a los ideales, a las fuerzas catalizadoras para aportar a la construcción de un mundo mejor. El tema no está en que existan muchos problemas o limitaciones sino la actitud que desarrollamos para hacer frente a los múltiples desafíos que nos impone la construcción de un mundo de relaciones más equitativas y respetuosas, equidad y justicia que no sólo se queda en las relaciones personales sino en las relaciones con la espiritualidad y el cosmos.

Por todas las razones anotadas anteriormente apostamos por el diálogo como ejercicio permanente para el fortalecimiento de la gobernabilidad, de la democracia, la política, las políticas públicas y la inclusión social. Visto de esta manera, el diálogo aparece como la real capacidad de escucharse, el verdadero interés por entender al otro, la legítima aspiración por el encuentro colectivo de opciones racionales y sensatas con la vida y la sostenibilidad.

Con frecuencia vemos que el escaso entendimiento del valor del diálogo lleva a algunos actores a deslegitimarlo. Desarrollar una actitud y comportamiento dialogante es visto como debilidad, como contubernio con el gobierno, como transigencia, como acomodo. No se niega que haya actores, procesos y circunstancias que llevan a que el ejercicio del diálogo esté mediatizado por intereses subalternos. Sólo que este ejercicio no puede catalogarse legítimamente como actitud dialogante sino como una práctica interesada. Posición además que rechazamos porque el diálogo genuino busca un orden superior de las cosas no el detrimento social o ambiental.

Una actitud poco dialogante puede derivar en una actitud confrontacional, en señalar los reales o aparentes problemas y quedarse corto en las propuestas. Quienes desean sólo ser escuchados pero parcos en escuchar, quienes desean ser entendidos pero pocos proclives a entender, quienes quieren hacer valer sus derechos aún a costa de desconocer o minimizar los derechos de los otros no contribuyen a una cultura de diálogo democrático.

Avanzar hacia una gobernabilidad democrática intercultural implica aceptar la diversidad, gestionar la diversidad, valorar al otro como sujeto social. Bajo este marco no hay ningún centrismo o fundamentalismo que valga sino la celebración de la pluralidad como expresión de la riqueza social humana. O dicho de otra manera en cada persona y grupo social está la centralidad y el único fundamentalismo que vale es el ejercicio pleno de la interculturalidad.

Una actitud dialogante no implica complicidad con el poder ni tampoco caer en la ingenuidad. Una actitud dialogante es propositiva, busca el enriquecimiento humano mutuo, busca la remoción de actitudes que atentan contra la armonía social y ambiental. Por ello la capacidad dialogante va acompañada a veces de indignación o de rechazo con firmeza cuando la otra parte no quiere guardar las formas de un diálogo generativo y genuino. El diálogo es compromiso, el diálogo es respeto.

Avanzar en el ejercicio del diálogo fecundo implica tener la capacidad de poder reconocer tus paradigmas, tus supuestos, tus significados y tus sentidos. Implica ser conscientes en qué medida tu universo mental se manifiesta en tu fisiología, en tu lenguaje y en tus actos. Implica reconocer la influencia de tu mundo cultural en la forma cómo ves y tratas las cosas. Sólo en la medida en que estés dispuesto a confrontar tu mundo con el mundo de los otros estarás en capacidad de encontrar la luz de la razón coherente y sensata, lo que no quiere decir que esté libre de emotividad o de espiritualidad.

Podemos estar disconformes con nuestro modelo civilizatorio. O nos quedamos con los sentimientos de frustración y victimismo o transformamos los problemas y limitaciones en desafíos y oportunidades para humanizar nuestro modelo civilizatorio. En este contexto, el ejercicio pleno del diálogo aparece como una apuesta civilizatoria.

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* Rodrigo Arce es Ingeniero Forestal. Su correo electrónico es: [email protected]

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