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Perú: Un día de febrero (cuento Wampis)

Por Dina Ananco*

Salir a caminar con el machete en la mano, es como revivir a mi padre de su reposo.

Hoy conversaré con mis hijos para celebrar el aniversario de su abuelo.

Si contara la historia completa desnudando  mi alma, descargando toda la ira que llevo dentro hace más de cuatro años, que, como pilas oxidadas me contaminan día a día, el día agonizaría de sed y de hambre.

Una tarde como esta, enterré a mi padre en el centro de la casa para que proteja a sus nietos. Después de haberme refugiado en la religión me convertí en pastor y anduve predicando desde Pinglo hasta Papayacu, ahora no me queda nada más importante que tapar los huecos de donde respira el otorongo.

Cómo olvidar los gemidos de Dios que me pedía a gritos el nombre del asesino cuando dormía a la orilla de Santiago debajo de las raíces del ojé que los venados se alimentan todas las tardes. Cómo desobedecer los susurros de mi padre que me grita monótonamente ¡Derrama la sangre!, ¡Derrama la sangre hijo mío!

Hoy les digo hijos que esto no es pecado, es una orden del más allá. Debo hacer la justicia o la comunidad va a bailar en medio de los gusanos  que crecen sutilmente en las letrinas. Ahora caminen hacia la quebrada pedrosa donde flotan dos mojarras esperándonos  para el almuerzo y la cena.

La selva virgen y la espesura de la oscuridad es nuestro testigo. El diablo duerme desapercibido adelantando sus guardias y sus vigilantes que calculan nuestros pasos sigilosamente:

-          ¡Mira! Duerme despreocupado con la escopeta en el pecho después de haber cenado media parte de majás. Sí, ¡Descansa porque mañana comienzas con tu dieta!

Observo sin pestañear cada hoja seca que debo recoger antes de las nueve de la mañana, mi mente fantasea con el asfixiar del individuo, con sus ojos idos y la  cara paliducha.

Cuadro del pintor shipibo Robert Rengifo

¡Hoy es el día! Aún recuerdo con nostalgia los viajes que realizaba con mi mujer: nos sumergíamos en el espesor del bosque, lugar donde solo habitábamos nosotros y los animales con que debíamos alimentarnos, disfrutando el aire fresco y recolectando frutas caídas, si fuera posible tumbábamos el chupé, los shimbillos para deleitarnos después de hacer el amor. Nuestros testigos, los paujiles, los mono cotos observaban nuestro placer con recelo. Escuchen con atención, jamás llegará nadie a ese lugar, porque deposité el mapa al lecho de mi mujer para perpetuar el secreto y las aventuras.

¡Hijo! Busca el mapa, encuéntralo antes que Silverio se apodere de él. Tu madre te espera hoy a las seis de la noche, antes que el sol se oculte debajo de los ramales de los cedros.

Ulises, tú, ¡quédate a mi lado! Te enseñaré a atrapar a las arañas venenosas y contar las caobas que sembré para tus hermanos.

Salí de mi casa cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana. La linterna en la mano, focos nuevos; recargué con pilas panasonic que Asar conservaba. Agustín seguía mis pisadas mientras yo calculaba sus pasos del asesino. Caminaba con escopeta bajo el brazo acompañado de sus tres hijos y mi hija. Tal vez conocían la desgracia de su padre, o tal vez no sospechaban.

Él, disfrutaba las aromas del chupé, de las flores de Apai. Caminaba apaciblemente y complacido de la vida, pálido y nervioso; la escopeta sin recargar bajo los brazos hinchados de las proteínas de las almas. Cerca al lago resbalándose con las raíces de uña de gato cayó quejumbroso sin reservas. Juan, el hijo menor, se apresuró en ayudar sin sospechar que la tierra agasajaba la bienvenida de su padre.

El hombre sudaba: Tengo sed hijo, mucha sed –dijo.

Entonces su nuera le preparó masato recién fermentado y le dio de beber, era la última vez que probaba bebida adecuado a la humanidad.

Recostado en el tronco del cedro recreaba mi pensamiento mientras la risa singular de mi mujer hacía eco en el bosque espantando a los pájaros que anidaban en los bejucos. Una vez más mi cuñada me gritaba discretamente ¡fue él, fue él! Mi ira aumentaba cada vez más y era evidente que el sonido estruendoso de mi corazón semejaba al de otorongo cuando espera su presa favorita.

Mi hermana en compañía de sus hijas, atrapaba a los camarones mientras su hijo menor recolectaba los racimos de pifayo y la semilla de palmeras caídas que perfumaban todo el camino hacía una semana.

¡Tal vez escuchó el disparo o tal vez no! Ojalá mi mujer haya intervenido en su pensamiento relatando nuestras incontables historias. Ella tan convincente, recogía su larga cabellera y encaminaba en dirección a la pisigranja de su cuñado a recoger los huevos de los picaflores y las palomas que pululaban procreándose en la orilla.

Mis hijos pescaban sungaros jamás vistos por los santiaguinos que al instante se colocaba en fila con los platos en la mano; cada uno esperando una porción: unos para la aleta, otros para la cola, otros para las hueveras y los más lejanos para el obsequio de las presas que ellos decidían concederles.

Asar acaba de llegar a la casa. Me sirve patarashca  indecisamente y ceno con mis hijos. El recuerdo me perturba y me ahoga, fomentando más mi deseo de eliminar la mancha negra de mi kanus.

Agustín contempla al asesino de su madre defecando como ronzoco en la esquina de la chacra. Yo, arrodillado frente a la escopeta que recargué con el último cartucho que mi mujer me obsequió en mi cumpleaños pido perdón a Satán por obedecer a Dios.

El tiempo anunciaba el hecho y todos caminaban y trabajaban sin hacer menor caso a los presagios de picaflor cuando Torberito dijo “Esto por mis hijos, mis sobrinos, mi mujer, mis hermanos y amigos y porque en mi pueblo florezca sanango, toe y ayahuasca. Son la 1:30 pm. Todos almuerzan patarashca de boquichico, huangana asado y yo a ti”. El sol se apaciguó y celebró fúnebremente la desdicha de Anatalio.

Soy tu primo, ¡Torberito! Es la única bala que puede penetrar en tu corazón –le dijo mostrando el casco amarillento del cartucho. Sí, acabaré contigo y huiré como un cobarde, en la noche cenaré con tu mujer y tus hijos.

Anatalio, observaba atónito a su primo que le gritaba lanzando amenazas cuando la bala ya había penetrado en su corazón.  Tú, cobarde,  murmuró el moribundo, cayendo al suelo con la boca ensangrentada, mientras la niña miraba fijamente al desdichado con el suri en la boca, y sus dos hijos, observando cómo revoloteaban los ojos  blanquecinos de su padre, disparaban sin dirección alguna.

Hoy lloran tus ojos hija mía, mañana llorarás de alegría. Yo iré a espantar los gallinazos de la cocina de tu suegro que disfrutan la carne putrefacta.

Dice que trajeron a Anatalio ya cadáver en su casa. ¿Para qué vino Anatalio? Tal vez para despedirse de la comunidad que se acercaba distraído para darle el último adiós con la sonrisa en los labios.

¡Hipócritas! Gritó el hijo.

Hoy es el entierro. Estoy sentada al lado de mi esposa frente al lago que construyó mi padre y veo a mi vecino disfrutar con las puertas abiertas de par en par los hongos de su chacra recién abierta.

Hoy lloran todos, mis hijos, mis amigos, mis sobrinos, tíos y hermanas y mis enemigos.

Mis nietos me buscan sin hallar ningún rastro. Este mes es de ayunas. Los niños gimen de hambre y los viejos permanecen quietos, atemorizados  por los insultos de los transeúntes. En las noches se realizan fiestas interminables, todos corren a salvar su vida buscando un espacio dónde aposentarse como las garzas al atardecer. A la otra banda mis sobrinos vigilan el camino turnándose cada cinco horas. Los chismes fluyen como los ríos en la época de lluvia. Eso les asusta y lloran lágrimas amargas, unos maldiciéndome por la suerte concedida y otros por la intranquilidad y otros por indiferencia. Las noches son un caos, una especie de simulacro de la guerra civil. En el día asisten a las reuniones fastidiosas para luego salir en comisiones buscando mis huellas como si fueran inspectores privados.

Estoy en la casa, en mi casa, frente a la candela está sentada mi mujer. Entonces recordé su muerte. Al pestañear vi un tronco de árbol –era una leña- que había traído mi nieta. Recogeré las hojas de toe, de sanango y me iré a pasar la noche en las faldas de la Cordillera de Cóndor. Mis piernas enflaquecen, no puedo avanzar el camino, la anemia me consume día a día. No distingo los colores. Me sumergiré en el agujero y pasaré la noche ensimismado en la oscuridad. Mañana continuaré el camino solitario donde el sol cena con la luna.

* Dina Ananco es awajún wampís. Egresada en Literatura (UNMSM). Escribe poemas y cuentos. Trabaja en Servindi.

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Comentarios

Lindo cuento preciosa.... sigue adelante.

Muy buen relato, me gusto mucho, Felicitaciones Dina, espero poder leer mas publicaciones tuyas. :)

Lindo relato, me traslada a orillas del Santiago ... ¡Felicitaciones Dina !

EL CUENTO E3STA MUY INTERESANTE, ME HA PERMITIDO RECORDAR ALGO QUE ME PASO AMI, FELICITACIONES, SIGA PUBLICANDO.
SALUDOS
SINCHITA

Hola Dina: excelente cuento, muy clara la prosa y algunas imagenes realmente sugerentes. Un abrazo.

Muy agradecida por compartirlo, excelente aporte para el Plan Lector. Un abrazo.

Septiembre.

estas super lindo dina felicidades¡¡¡
...me muero por leer más

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