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El desafío de peruanizar el Perú

Peruanizar el Perú, era peruanizar a su gente, a sus estructuras, a su Estado, a sus letras y a su ideología. Pero también era romper con la idea de peruanidad vigente en la época, la formada en los moldes españoles. Esa idea conservadora había que desterrarla, y eso requirió de cambio en las mentalidades. Esa idea de peruanidad daba inicios al Perú con la colonia, entendiendo a lo indígena como lo pre-nacional y por ello el indígena era lo pre-nacional también, otra idea a romper sin dudas. 

Por María Fernanda Vassallo (1)

El literato peruano no ha sido casi nunca de sentirse vinculado al pueblo. No ha podido ni ha deseado traducir el penoso trabajo de formación de un Perú integral, de un Perú nuevo. Entre en Inkario y la Colonia, ha optado por la Colonia. El Perú nuevo era una nebulosa. 
José Carlos Mariátegui 

En los años veinte, la literatura y el ensayo en la región fueron los vehículos privilegiados para reflexionar sobre la nación que emergió entre las nuevas preocupaciones intelectuales como una incógnita. La prensa, por su parte, fue el espacio privilegiado para accionar a las masas y hablar por ellas; en particular en José Carlos Mariátegui fue el área de invitación a la acción colectiva.(2)

Para entender El proceso de la literatura y Peruanicemos el Perú parto de la hipótesis que en Perú la nación no estaba formada en los años veinte sino que estaba en formación tras haber fracasado los proyectos de las élites de edificar una nación blanca. Para que la nación sea una realización en los ideales de Mariátegui debió incorporarse al indígena mediante una revolución socialista que instaure un Perú integral. Abordar esta problemática desde el ensayo y desde la literatura fue para Mariátegui meterle sangre a las ideas. Para el intelectual peruano, la literatura era importante en tanto que humanizaba a los pueblos. La literatura como manifestación estética provenía para él del espíritu y por lo tanto debía tener un elemento de fe que vendría a ser el ideal de construir un Perú nuevo y para ello el arte y la literatura fueron esenciales.(3) Sin dudas, el amauta, buscó generar conciencia y lucha desde ese espacio en el cual creyó necesario intervenir para la realización de la revolución socialista. 

El proceso de la literatura jugó un papel determinante en el análisis del Perú como nación y lo interpretó mediante el ensayo como vehículo de vinculación de literatura y la sociedad. El ensayo de Mariátegui, por tanto, estuvo al servicio de la actividad revolucionaria que buscó la construcción de un nuevo Perú. 

La década del 20 se caracterizó por la emergencia de sectores comprometidos con el cambio social (intelectuales, estudiantes y obreros), donde el ensayo -por su brevedad- fue el medio con el que Mariátegui pudo penetrar en las mentes de aquella generación. El interés por el ensayo estuvo justificado por su práctica temprana en el periodismo. 

La literatura le apareció a Mariátegui como espacio en donde aportar bajo la idea de testimonio de parte. Un argumento que brotó como opositor, no solo a Riva-Agüero con quien se mostró más crítico, sino también como opositor a todos quienes escribieron desde Perú pero nunca para Perú (en términos de espíritu) ni para todos los peruanos y mucho menos lo hicieron pensando en una nación integral en la cual se debían incorporar a los eternos excluidos: campesinos e indígenas. La mayoría de los letrados del periodo colonial y cosmopolita cuya filiación orgánica a las élites no les permitió ver la realidad de manera crítica. Estos literatos pusieron sus miradas en otros horizontes, en otros intereses, con otro espíritu y en otros sujetos que no fueron precisamente los indígenas. Esas escrituras dieron a Mariátegui la certeza de que Perú era una nación no creada, sino un saldo a resolver. 

En el Perú de los veinte, la literatura, el ensayo y el periodismo fueron medios para reflexionar sobre la alteridad social: esa conjugación y el particular modo de interpretarlas desde una versión socialista llevó a Mariátegui a discrepar con otras figuras que analizaron a la literatura con otros objetivos y desde otros marcos. La literatura como la presentó en su séptimo ensayo apareció como espacio de lucha: desde el inicio del ensayo fue clara su posición crítica especificando que su misión fue posicionarse en ese juicio que consideró abierto y en el que aportó su testimonio de parte. En un estudio que él mismo consideró no concluido, fue capaz de mostrar con claridad, el espíritu de la literatura peruana en tiempos coloniales y cosmopolitas, y en ese mostrar el ánimo encontramos un Perú con poco espíritu peruano, por el contrario del sentimiento que las generaciones nuevas (principios de siglo XX y hasta los 20) le imprimieron cuando se dedicaron a mostrar a su país, a su realidad y a toda su gente. Ese momento en el cual la nueva generación pudo mostrar al Perú como realmente era, y con quienes lo formaban en su integralidad, es cuando Mariátegui empezó a hablar de literatura nacional. Respecto a ello en el balance provisorio del séptimo ensayo y hablando de las nuevas generaciones dijo Mariátegui: «En la historia de nuestra literatura, la Colonia termina ahora. El Perú hasta esta generación, no se había aún independizado de la Metrópoli» (Mariátegui, 1980: 339). 

Gran lector de Piero Gobetti, Mariátegui retomó sus ideas para referir al juicio de partes para intervenir en el análisis del proceso de la literatura. Tanto para el italiano como para el peruano ese proceso de enjuiciar críticamente fue un espacio de lucha en la construcción de algo nuevo. Benedetto Croce le aportó líneas sólidas desde la crítica literaria y la crítica estética: claramente la estancia italiana dejará en el amauta su huella. Enjuiciar la literatura lo enfrentó en su séptimo ensayo con alguien que hizo lo mismo pero desde otra vereda: Riva-Agüero, un colonialista (para Mariátegui) que trabajó para el civilismo y que cuya obra da cuenta de eso. También, lo llevó a discutir con Luis Alberto Sánchez quien, al igual que Mariátegui, recorrió la literatura peruana como parte del proceso social y nacional. Y sin dudas, los vínculos con Colónida le nutrieron mucho como los vínculos con referentes como Valdelomar y el recién mencionado Federico More. Con este movimiento la literatura peruana alcanzó madurez y se hizo verdaderamente peruana. La figura de More trascendió el campo literario y se expandió al plano político, social y cultural apareciendo como hijo de su tiempo al igual que muchos intelectuales, por tanto se pueden leer sus escritos solo en su contexto de producción. 

Mariátegui entendió que el proyecto revolucionario debió y tuvo que contar con el compromiso y el trabajo de una parte significativa de esos escritores y artistas de la literatura nacional, que con sus obras construyeron las señas de identidad de la «peruanidad» de ese Perú en proyección; peruanidad destruida por la Conquista. En este sentido infiero que Mariátegui le otorgó a la literatura, también una función social. 

Para Mariátegui la literatura tenía que dar cuenta de la realidad. Si algo entendió en el proceso de la literatura es que muchos escritores no lo hicieron, por el contrario, la nueva generación emergió para subsanar ello y ocuparse de los sujetos excluidos. 

El último de los siete ensayos El proceso de la literatura es una interpretación de la superestructura del escenario peruano, su análisis del proceso literario sigue las líneas generales de una orientación socio histórico. La literatura para el amauta fue también un espacio de reafirmación de la nación como incógnita en los años 20 peruanos. En el proceso de la literatura se propuso una división por periodos o etapas: colonial, cosmopolita y nacional. Para ello tuvo en cuenta la lógica de filiación letras con nación; los primeros dos tienen un sentido muy negativo en Mariátegui pues no permitieron, por la notable filiación española en uno y la penetración externa en el otro el desarrollo de una literatura nacional o nacionalizar la literatura. La literatura nacional, el tercer periodo, generó un lenguaje con carácter local y una personalidad afianzada a lo peruano cuya característica más sobresaliente fue ser anti feudal y anti imperialista. El espíritu del intelectual imprime el carácter a sus letras, y quienes no tuvieron el espíritu de interpretar al Perú no construyeron literatura nacional. 

Hablar de etapa significa, en efecto, mantener una visión lineal del desarrollo artístico y literario. En el caso del análisis que realizó Mariátegui, hablar de esas etapas fue también dar cuenta del espíritu y sentimiento de quienes las hicieron, porque en los tres periodos lo que caracteriza su unidad no es solo lo temporal sino también desde dónde, para dónde y para quién se hacía arte. 

Lo indígena y campesino apareció bastante presente en la oralidad de ese momento pero no hubo intentos sólidos por llevarlos al plano de lo escrito

El periodo colonial es por excelencia al que más líneas y análisis dedicó Mariátegui, y teniendo en cuenta que el conocimiento que se tenía de la literatura de ese periodo era más recortado al que podemos llegar a tener hoy por la proliferación de documentos y fuentes, es remarcable la fineza con que lo hizo. Lo indígena y campesino apareció bastante presente en la oralidad de ese momento pero no hubo intentos sólidos por llevarlos al plano de lo escrito. Todo lo conocido y mostrado sobre los subalternos redundaban en leyendas y representaciones en estilos de costumbres teatrales burlescas. 

La caracterización de las etapas y la periodización fueron una novedad que aportó el amauta con referencia a quienes estudiaron la literatura del Perú. La época colonial fue definida a partir de la lengua empleada: para que haya una literatura nacional tiene que haber una lengua nacional, lo que inferimos implícitamente que dice Mariátegui, es que en la época colonial no se pudo pensar en literatura nacional por no haber tenido una lengua nacional, pero tampoco tuvo el sentimiento de lo nacional. La literatura colonial habló en español, sintió a España y las letras lo reflejaron así. 

La filiación española de la literatura «nacional» fue una contradicción evidente y dolorosa. Hablar realmente de literatura nacional requirió de una larga postergación en el tiempo; de hecho casi un siglo. La influencia indígena, según el autor, se advirtió en el periodo colonial, desde algunos tonos, desde la sintaxis y en la prosodia pero fue escaso. Lo indígena era el arte atrasado y muchos lo mostraron en tono burlón o ridículo. La ausencia de una escritura nacional había contribuido, según Mariátegui, a mantener la subalternidad de la expresión indígena frente a los nuevos dominadores, pero también su figura. 

El periodo cosmopolita como segunda etapa de la periodización también tuvo su impronta externa, ya no sólo española sino extranjerizante por completo. En el Perú independiente la literatura siguió mirando afuera y hablando para afuera. Lo cosmopolita radicó, según Mariátegui, en una literatura que se mostró en contra de la herencia española y se abrió a otras influencias también europeas que permearon en sus escritos con estilos novedosos. El esfuerzo por liberarse de la hegemonía cultural de España no se manifestó como exploración de un itinerario autónomo, por el contrario, existieron tentativas de encontrar otros puntos de referencia para generar una identidad en contraposición a la española y ello permitió abrirse a Francia, Inglaterra e Italia. 

De literatura nacional, podemos hablar en el tercer periodo que marca Mariátegui que es justamente el que lleva ese nombre. Pero para llegar ahí hay que esperar hasta la generación Colónida, en donde incurrió brevemente el amauta lo que nos remite temporalmente a inicios de siglo XX. Pensar en literatura nacional fue para nuestro autor, pensar en una literatura que muestre al Perú por completo: en la Sierra y en la Costa, en la élite y en el indígena. Es necesario aclarar que el periodo nacional no fue homogéneo en cuanto a intelectuales y letras pensando en nación integral. 

La construcción de una literatura nacional encontró en el indigenismo un episodio fundamental. La literatura nacional es sinónimo para Mariátegui de Valdelomar y Colónida. Un poco ya mencionados de éste fenómeno y la importancia que nuestro autor les reconoció. Fue un movimiento de reacción al academicismo y a las oligarquías en ello, lo que generó un espíritu distinto, de protesta sobre todo en donde convergían sus participantes que sin dudas sacudieron la literatura del Perú; nada parecido había sucedido antes. Mariátegui participó un tiempo del movimiento, que de por sí fue escueto pero marcó un nuevo ánimo dentro de las letras lejos de la política ya que no era interés de ellos hacerlo. El humorismo como elemento en él fue importante, pero no en tono burlesco sino festivo, de júbilo.(4)

Quienes han reconocido al indígena como lo autóctono y lo han plasmado así en sus letras, mostraron cierta nostalgia; en Vallejo esa nostalgia fue protesta, no fue pasadista, fue una nostalgia dulce, una nostalgia tierna

Página aparte, mención distinguida, Cesar Vallejo, caracterizado por Mariátegui como independiente. El sentimiento indígena apareció por primera vez representado, exquisitamente hecho. La savia indígena recorrió las venas de Vallejo por eso representó tan bien su espíritu, su sentir, y también verbo, el indígena fue verbo y fue símbolo. El indígena se expresa en símbolos, su espíritu se interpreta así y así lo hizo Vallejo. Quienes han reconocido al indígena como lo autóctono y lo han plasmado así en sus letras, mostraron cierta nostalgia; en Vallejo esa nostalgia fue protesta, no fue pasadista, fue una nostalgia dulce, una nostalgia tierna. 

Literatura y nación son dos problemáticas en donde Mariátegui aportó mucho. Hablar de peruanidad, de peruanizar el Perú fue hablar de construir la nación, pero no sólo eso, fue también invitar a la acción colectiva para lograrlo. En el texto del amauta, Peruanicemos el Perú (1925), puedo entenderlo a él en su contexto, pero también rescatarlo y mostrar su particularidad. Es necesario rescatar a la generación peruana de los años 20; en ellos ya estaba la necesidad del cambio, en ellos ya se entendía que la nación era un proyecto y necesitaba de los intelectuales, de los campesinos, de los indígenas, en sí de todos y todas para llevar adelante la revolución: «No nos faltan poetas nuevos. Lo que nos falta, más bien, es nueva poesía» (Mariátegui, 1925: 22). 

Hablar de peruanidad, de peruanizar el Perú fue hablar de construir la nación, pero no sólo eso, fue también invitar a la acción colectiva para lograrlo.

Bajo el concepto de Peruanizar a Perú, Mariátegui propuso fundar una corriente de pensamiento que dialogara con lo mejor de su tiempo, con el espíritu de esa generación apetente de cambio y que comprendiera al socialismo, al marxismo como sustentos de esa transformación, como camino revolucionario para hacerlo. La generación apareció aquí como la construcción de un actor político cultural importante. Pensar en generación en fines del siglo XIX y mediados del XX, es central para pensar la política y la cultura. Y ello es relacionar con lo trabajado en base a los análisis de Rama, Ramos y Beigel, en cuanto a la emergencia de una figura con nuevos ropajes. La juventud que emergió tuvo que ganarse espacios para legitimarse a sí misma, en un proceso que implicó también el ir enterrando a lo pasado desde la melancolía. 

La propuesta de Mariátegui, como representante de la generación nueva en Perú, también pudo verse como una forma distinta de pensar a la sociedad, a la historia y al hombre. Él dijo «En el haber de nuestra generación se puede y se debe ya anotar una virtud y un mérito: su creciente interés por las cosas peruanas» (Mariátegui, 1925: 69). Peruanizar el Perú, era peruanizar a su gente, a sus estructuras, a su Estado, a sus letras y a su ideología. Pero también era romper con la idea de peruanidad vigente en la época, la formada en los moldes españoles. Esa idea conservadora había que desterrarla, y eso requirió de cambio en las mentalidades. Esa idea de peruanidad daba inicios al Perú con la colonia, entendiendo a lo indígena como lo pre-nacional y por ello el indígena era lo pre-nacional también, otra idea a romper sin dudas. 

Referencias:

Mariátegui, José Carlos (1925). Peruanicemos al Perú. Lima: Amauta. 

______ (1928). 7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Lima: Minerva. 

______ (1929). Itinerario de Waldo Frank. Variedades, 25 (1135): 2-3. 

______ (1930). Una novela de Falcón. Repertorio Americano, t. XXI, Nro. 14. 

______ (1930). Apuntes autobiográficos. La vida literaria, Buenos Aires.

Notas:

(1) Profesora y Licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba. Diplomada en FLACSO en curriculum y prácticas escolares en contexto. Directora, investigadora y redactora de la Revista del Museo histórico municipal «San José» de Balnearia, Córdoba, Argentina. Autora de los tomos I y II de los libros Caminos Históricos de Córdoba. Doctorando en Ciencias Sociales. El presente texto fue hecho con base en el capítulo IV de mi tesis de licenciatura Un concepto por crear: cuestión nacional y proceso de la literatura en José Carlos Mariátegui (2016).

(2) En gran parte de América Latina, en los años 20, la pregunta por la nación o la interrogación sobre la misma va a ser planteada en los mismos términos que lo hace Mariátegui en Perú. Ello dará cuenta de un nacionalismo cultural y vanguardista, sobre todo en Argentina y Brasil, como en el país andino.
 
(3) Como Sorel, Mariátegui, pensaba que la nación y la política necesitaban de mitos. Es esa necesidad lo que lo lleva a construir una reivindicación moderna y futurista del pasado indígena.
 
(4) No estaría desubicado relacionarlo con el criollismo argentino. Los versos y poesías que a ello refieren tuvieron el mismo tono de escritura. Este movimiento busca incorporar por medio de la prosa el mundo y el sentimiento de lo vernáculo y «elevarlo a una categoría artística».
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Fuente: Grupo de Trabajo Historia del Siglo XX. Blog de divulgación científica de historia peruana y latinoamericana: https://grupodetrabajohistoriasiglo20.blogspot.com/2019/02/peru-como-nacion-en-formacion.html

 

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