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El compactau, que vendió su alma al diablo

Foto: Pixabay

Servindi, 24 de abril, 2022.- Esta semana presentamos El compactau, un nuevo relato sobre una costumbre –felizmente extinta– de cazar venados en una época en que entonces aún habían cazadores y venados.

El relato basado en hechos reales pertenece al escritor José Luis Aliaga Pereira, autor de crónicas, relatos y cuentos de la tradición oral cajamarquina y que se nutren de su experiencia de atento observador de la realidad local.

El relato versa sobre la caza de venados; una práctica depredadora y malsana que sin embargo era moneda corriente entre los varones cuando abundaba esta especie de animales.

Estamos seguros que gustará a nuestra lectoría que se sorprenderá del relato y de las diversas emociones que generan en el personaje don Artemio Zegarra, Sargento Primero y Jefe de la Comisaría.

 

 

El compactau

Por José Luis Aliaga Pereira*

Seguro, como si estaría en el monte, donde podía desplazarse a su antojo y escapar de sus captores, mirando a uno y otro lado, con el pecho erguido, orgulloso de su cornamenta, apareció el venado, como un fantasma, frente al puesto policial.
 

Don Artemio Zegarra, Sargento Primero, Jefe de la Comisaría, redactaba un documento, detrás de su escritorio. Los policías que vieron al animal conocían de la afición a la caza de su jefe quien, durante mucho tiempo, por más intentos que hizo, jamás bajó, como lo habían hecho otros personajes del pueblo, cargando sobre sus hombros un cuadrúpedo con cuernos que tanto anhelaba.

Alberto Guerra, un fornido custodio, que en esos momentos se encontraba de guardia, pensó "alguito me tengo que ganar", y de inmediato, sin hacer ruido que podría asustar al animal, en voz baja, caminando casi en puntillas, dijo:

– Mi Sargento, frente al puesto se ha plantado un venau lindísimo que ya quisieran los mejores venaderos.

El Sargento lo miró incrédulo; primero, no entendió de lo que hablaba; pero, después, cuando por la ventana, lo vió inmenso, desafiante, de patas largas, al borde de la carretera; rápido corrió a sacar su escopeta, esa que mil veces había disparado, arriba en el monte del abra de la Quintilla, tras la caza del gamo, sin lograrlo, siendo, por esto, objeto de sostenida burla por parte de los primeros cazadores, a pesar que ellos –y eso era lo peor– nunca pisaron la escuela de policía. Don Artemio Zegarra había disparado, de eso se ufanaba en conversaciones particulares, de esquina o de velorio, hasta con metralladora.
 

Había noches, por ejemplo, que asistía al sitio en el que los cazadores jugaban casino y contaban sus historias. Ellos, ya conocían al Sargento y, muchas veces, inventaban sus historias para después, cuando se retiraba, burlarse de él, de la cara que ponía. El que más reía de todo esto, era don Euclides ya que sus ocurrencias rayaban con lo fantástico y, el policía, creía todo lo que le contaba y se retiraba renegando, pensando que jamás le sucedería algo parecido. Ese día, el mismo don Euclides, contó de la experiencia que tuvo con un venado que, según él, se había compactado y que parecía un demonio ya que por más tiros que le metía no estiraba la pata; al contrario, se acercaba retador a los cazadores y hasta parecía burlarse de todos ellos.

"Estuve tan obsesionado –contaba don Euclides– en atrapar a ese animal que, al no poder, fui a consultar con el brujo. El Yamoga, un brujo joven y alto, me dijo con su boca llena de coca y sus labios verdes: "Ese venau es un alma en pena y quiere cumplir, realizar, algo que su súbita muerte le impidió".

El Sargento muy asustado abrió los ojos como si ya estaría frente al venado al que imaginó mitad cuerpo de hombre y mitad cuerpo de venado. 

Don Euclides, a propósito, dejó de contar su historia por un momento esperando la intervención de Artemio.

En efecto, el Sargento dijo:

– ¿Y qué favor pue' quería el compactau?

– ¡Ay!, hermanos, ¡Ay!, hermanos –don Euclides hablaba como recordando el momento, sufriéndolo–. Es increíble.

– ¿Y? ¿Y? –inquirió, de nuevo, el Sargento

– ¡Suelta!... ¡Suelta el moje!, primero –dijo don Euclides haciendo sufrir más al Sargento.

El jefe policial alcanzó, rápidamente, la botella de aguardiente a don Euclides. 

– ¡Siga!, ¡Siga!

Aguantando la risa don Euclides, luego de secar, de un solo trago, su copa, continuó su relato:

– Buscaba a la Olinda, dijo el brujo. Ese venau era el alma del Eustaquio que quería disculparse con la Olinda.

El Sargento, que de esos andares conocía hasta el más mínimo detalle, pensó: "Es verdad, el viejo no miente. La vieja Olinda estuvo largo larguísimo tiempo con el Eustaquio".

– Entonces –continuó don Euclides–, tuve que, a propósito, hacer que me agarre la oración y chacchando mi coca esperé a que se presente el venau. Habrán pasado pue' tres horas, cuando sonaron los matorrales como si alguien estaría avanzando corte y corte las plantas, para hacer camino. Era el venau que me enfrentó y, en mi delante, se fue transformando en el  Eustaquio. El viejo, contó refiriéndose a don Eustaquio, que estaba pálido como una cera de velorio, me dijo: – "Gracias primito. Yo sabía que tú eras el único a quien podía acudir para que lleves el encargo a la Olinda". Mi cuerpo comenzó a sentir frío, hermanos...¡Cómo temblaba yo! El viejo Eustaquio, como todos sabemos, murió a causa que se resbaló y cayó del terrau de la casa de, en ese tiempo, su querida, la vieja Olinda. Y no se levantó jamás. El viejo me prometió que si liago ese favor, los venaus caerán como abejas a panal de miel en mis manos. Y, desde ahí, hermanos, los venaus era como si me esperaran en la entrada del abra de la Quintilla. Ahí aguardaban con su pechallaza y yo les mataba de un balazo porque si no, no miban a creer, porque tranquilamente los podía llevar hasta la olla como si fuera mi "Fuiste Fuiste", mi perrito juguetón. 

El Sargento se retiraba medio asustado, pero decidido a realizar todo lo que había escuchado. Contaban los guardias que, cuando acompañaban al Sargento de caza, éste gritaba por los cerros el nombre de don Eustaquio. Dicen que quería encontrarlo para que le diera suerte con los venaus.

– Tenga usted mi revólver –dijo Alberto Guerra tratando de entregarle el arma que colgaba como en el cinto de un "vaquero" o cowboy.

– ¡Nooo! –aulló Don Artemio–. Estos animales se cazan con carabina y si es winchester, bacán –acariciando la que ya llevaba en sus dos manos–. Es de las mejores –agregó dándole un beso.

Cuando Don Artemio apenas apuntó al pecho del ciervo; éste empezó a pastar como un manso corderito. El Sargento al ver la actitud del animal, todavía tuvo tiempo de colocarse de rodillas, como queriendo demostrar lo aprendido durante su formación profesional en la escuela de policía. 

"El hombre es un cazador por naturaleza", pensó don Artemio en el instante en que apretaba el gatillo.

¡Pummm!... Bastó un solo tiro para que el animal cayera herido de muerte, sacudiendo el cuerpo en estertores, estirando las cuatro patas.

Alberto Guerra, luego de sujetar al venado y limpiar la sangre, quizás queriendo continuar congraciándose con su jefe, escuchó sorprendido las palabras del Sargento:

– ¡Nooo! Esa es tarea del cazador. Antes voy a traer mi cámara fotográfica. Este momento tiene que quedar grabado para la historia.

El Sargento regresó con su cámara fotográfica. Mientras tanto Alberto Guerra, el policía que le aviso de la presencia del venado, colocó al animal sobre una mesa en la que, en un cuaderno, atendía las denuncias de los ciudadanos. 

Eran las once de la mañana, un tibio sol intentaba abrigar tímidamente calles, árboles y cuerpos. No se veían personas alrededor del puesto policial; pese a eso, alguien corrió la voz de todo lo sucedido. 

El Sargento logró tomarse las fotos junto al gamo. Después, acomodó su arma y salió con un filudo machete en la mano.

– Acá no mi Sargento –dijo Guerra, adivinando lo que se proponía–. Se llenaría de sangre –el guardia habló señalando la mesa.

– Tienes razón –aceptó el Sargento–. Consigue una manta.

Por la calle se escuchó un griterío que cada vez se hacía mayor.

El Sargento sacó una frazada ploma con franjas rojas a los costados. 

La voz que llegaba de afuera estalló como un trueno en la puerta policial.

– ¡Qué mierda has hecho, carajo! –era Narciso Sánchez. Vestía camisa blanca, un pantalón negro de tela y calzaba un par de sandalias muy usadas. Gotas de sudor caían por su frente. 

– ¡Qué mierda has hecho! –volvió a decir y, sin temor alguno, agarró de la camisa a la altura de sus hombros, cerca al cuello, al Sargento. Lo samaqueó sin miramientos. 

El guardia Guerra, rápidamente, estudió el escenario. Narciso era de su misma contextura. 

– ¿Sabes quién es para mí este animalito? –Narciso le apretó un poco más el cuello.

– ¿Qué pasa Narciso? –intervino el guardia Guerra.

La sorpresa ante esta acción de Narciso, dejó casi mudo al Sargento, quien tratando de safarse de las manos del ofuscado hombre, dijo:

– No se lo que tienes, ¿Qué es lo que te pasa? ... ¿Ah?

– ¿Qué te pasa? ¿Cómo bien sabes todos los chismes del pueblo y no sabes de quién es este venado? 

– No lo sé, nunca lo he visto.

– ¡Tranquilos! Aclaremos esto –el guardia Guerra quiso calmar las cosas.

– Todo está claro –dijo Narciso–. Este cojudo ha matado a mi mascota, a mi Huauquito.

Narciso no pudo más y de tres pasos estaba arrodillado, llorando y cariñando con las manos al venado que lucía patas para arriba sobre la mesa.

– ¡Lo has matado, lo has matado maldiciau! –gritó Narciso.

– ¡Llévate la mitad del venado! –dijo el Sargento para congraciar.

– ¡Carajo! ¿No has entendido? ¡Este venado es mi mascota!

Narciso se puso de pie y, nuevamente, quiso agarrar de su cuello al Sargento.

– ¡Tranquilos!  ¡Tranquilos! –el guardia Guerra se colocó entre los dos –. Arreglemos esto ya –dijo.

Narciso, los miró, retrocedió hasta la mesa, alzó, con los dos brazos al venado, lo cargó al hombro diciendo:

– ¡Váyase a la mismísima mierda! Han matado a mi hijo..., ¡Carajo! –y salió del puesto policial con el animal cargado sobre sus hombros.

Esa noche, Narciso, lloroso, en pequeña ceremonia, sepultó en el jardín de su casa al venado. Después el Sargento lo visitó para disculparse pero, éste, se negóa a atenderlo, solo le dijo a su compañera:

– Antes habremos sido cazadores, cuando no comprendíamos nada de este asunto. Pero, ¿Ahora? –preguntó–. Ahora hasta los viejitos que antes cazaban saben lo que eso significa: ¡DEPREDACIÓN! ¡ASESINATO! El Sargento está en otro tiempo. Es un pobre hombre. Tal vez Dios y la Madre Tierra lo perdonen.

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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