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Racismo en el Pacífico, por Efraín Jaramillo

Estas notas tienen el objetivo de examinar algunas investigaciones de teóricos de distintas tradiciones que han tratado el tema; comparar las múltiples formas como se ha expresado el racismo en la región del Pacífico; sugerir ciertas líneas de investigación que descubran nuevos horizontes para la superación de prejuicios que han conducido al racismo, y develar las conexas discriminación económica y exclusión social de los pueblos indígenas y afrocolombianos.
 

Efraín Jaramillo Jaramillo, del Colectivo de Trabajo Jenzera. Foto: Daniel Gómez, El Espectador.

Por Efraín Jaramillo Jaramillo*

Introducción

Este análisis relaciona una serie de hechos de violencia contra comunidades étnicas en el territorio-región del Pacífico, que, por presentar patrones similares, permiten colegir que se trata de fenómenos claves para entender aquellos prejuicios que forman parte de la representación social sobre personas afrocolombianas e indígenas en nuestra sociedad y que comúnmente llamamos racismo. Son hechos que se siguen presentando en los años 90, precisamente después de haber sido expedida la nueva Constitución de Colombia, que es cuando irrumpen los indígenas y afrocolombianos en la escena política nacional.

Las masacres a indígenas y afrocolombianos en esa década y el resurgimiento del racismo, la xenofobia y discriminación en forma de violencia en la ex Yugoslavia, en Birmania, en Ruanda, entre otros contextos, generó cuantiosos estudios sobre este fenómeno. Con el resurgimiento del supremacismo blanco en Estados Unidos en la era Trump y el auge de la xenofobia en Europa contra inmigrantes árabes y africanos, hay también un renacer de teorías racistas con variadas formas de expresión, convocando un debate sobre sus implicaciones en territorios multiétnicos.

Estas notas tienen el objetivo de examinar algunas investigaciones de teóricos de distintas tradiciones que han tratado el tema; comparar las múltiples formas como se ha expresado el racismo en la región del Pacífico; sugerir ciertas líneas de investigación que descubran nuevos horizontes para la superación de prejuicios que han conducido al racismo, y develar las conexas discriminación económica y exclusión social de los pueblos indígenas y afrocolombianos.

Antes de empezar, importa puntualizar que la utilización del término racismo (1) para caracterizar y hacer visibles comportamientos que violan derechos humanos fundamentales de los pueblos étnicos, plantea un universalismo moral que reconoce validez transcultural a la exigencia de un respeto absoluto por la dignidad de cada individuo. Tal es el núcleo ético de un renovado humanismo que hay que hacer valer frente a un racismo, que “desde dentro” de nuestra cultura, amenaza a toda la sociedad.

En este contexto debe añadirse, que el que descalifica a otro debido a su “raza” o cultura, se descalifica a sí mismo, dada la incapacidad que muestra para reconocer la alteridad: quien no es capaz de reconocer en el otro a un ser humano, como él mismo, sólo prueba su propia deshumanización. El trato humanizante respecto al ‘otro’ y el trato humanizante respecto a uno mismo son correlativos, y corresponden, en definitiva, a la afirmación antropológica de que el tratamiento que se dé al ‘otro’, es la manera indirecta de pensar la propia identidad.

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El concepto de “raza”

Articulando inquietudes antropológicas, genetistas, filosóficas y filológicas, y, sobre todo sin querer decir la última palabra, conceptuamos que es conveniente abordar algunos sentidos y límites del término “racismo”.

La antropología señala que es inadecuado el uso del término raza para referirse a los diversos grupos humanos del planeta. Y sugiere el término de etnia, como el más apropiado para caracterizar la diversidad de la especie humana.

Para el sociólogo francés Michel Wieviorka, cuyos abuelos judíos polacos, murieron en Auschwitz, “la idea de raza en sí misma es falsa: todos los hombres y todas las mujeres pertenecen a una sola especie, la especie humana”. Igualmente, los genetistas humanos consideran que, desde el punto de vista biogenético, la existencia de diversas razas humanas es insostenible.

Si existe consenso entre antropólogos y genetistas de que el concepto de “raza” para definir la diversidad humana es erróneo, entonces ¿de dónde surge el término de “racismo” para diferenciar, sobre todo para discriminar a grupos sociales, por el color de la piel, la cultura, prácticas rituales, lenguas, etc.?

Para el propósito de este ensayo, es suficiente decir, que la noción de raza que se utiliza comúnmente es simple y mediocre, ya que asocia rasgos corporales —color de la piel por ejemplo— con características espirituales, intelectuales, de comportamiento y costumbres, que se consideran unidas inextricablemente. Así, se usa el concepto de raza, para deducir que alguien piensa o se comporta de tal o cual manera, porque tiene la piel negra, los ojos rasgados o es blanco. La raza es en este sentido el resultado de articulaciones de imaginarios sociales, y dependen, según el antropólogo Eduardo Restrepo,

“… de los contextos sociales e históricos concretos en los cuales emergen, se transforman y despliegan. En este sentido, es que se afirma frecuentemente, que los alcances y especificidades de la noción de raza, al igual que la red de categorías raciales que incluye, son históricamente construidos. La consecuencia de toda esta línea de argumentación es que las razas existen como hechos sociales, como fabricaciones culturales; … Dicho de otra manera, las razas sólo existen en el plano de los imaginarios y prácticas sociales, en la historia y la cultura; pero no en la biología o en la ‘naturaleza’. La existencia biológica de las razas es uno de los más poderosos mitos del sentido común. Por eso, hay que analizarlo como se hace con otros mitos: esto es, como que, por lo general, tienden a conservar las relaciones de autoridad y poder en una sociedad determinada” (2).

En el imaginario social de nuestra sociedad multiétnica y pluricultural, existe cierta definición dominante del ‘Otro’, del subalterno o minoritario —indio, negro, mestizo, gitano, inmigrante, desplazado, homosexual, etc.— por los grupos en el poder; a la par que los grupos subalternos o minoritarios elaboran sus propias definiciones sobre sí mismos y sobre los grupos dominantes. El psicoanalista Fernando Yurman señala que mientras para un grupo social subalterno, su autodesignación —cultural, política, racial— es una afirmación orgullosa de su identidad, “cuando es designada desde la mayoría (en el poder), resulta una exclusión que menoscaba”.

El ilustre antropólogo noruego Fredrik Barth desarrolló su teoría de las relaciones interétnicas sobre la base de que existen estas representaciones compartidas por ambas partes en lo que denominó la “Frontera interétnica” (3). Estas representaciones originaban determinadas relaciones y reglas de conducta entre grupos dominantes y grupos subordinados. Diferenciar a grupos humanos por sus características políticas, étnicas, culturales, raciales o religiosas, es una práctica común en las sociedades. No obstante, el argumento de Barth es que las fronteras étnicas no se trazan teniendo en cuenta estas diferencias, sino que las diferencias se imaginan, buscan o se inventan, en función de unas fronteras que ya han sido trazadas y que definen el tipo de relaciones sociales que se presentan en una sociedad multicultural.

El igualmente ilustre antropólogo canadiense Charles Taylor, desarrolla esta idea de Barth, afirmando, que se trata de relaciones sociales que involucran a dominantes y subordinados de manera diferenciada y desigual en varios campos, pero particularmente en la política y la economía. Al no tener igual acceso al poder y a los recursos materiales, se presenta una situación en la sociedad multiétnica, en la cual hay quienes ‘definen’ (incluyen o excluyen), en breve, reconocen, y quienes son ‘definidos’ (incluidos o excluidos), es decir, reconocidos. En una sociedad multiétnica, así jerarquizada, se encuentran formas históricas de interculturalidad en las cuales un grupo (el dominante) elabora el relato histórico oficial que define los códigos que deben regir a todos los miembros de una sociedad, mientras que los otros (los subordinados) le aportan a la sociedad, por ejemplo, la cocina tradicional, las artesanías, la música folclórica, los trajes típicos, muchas costumbres.

El conflicto se presenta, nos dice Taylor, cuando los grupos subordinados no admiten más los valores ligados a la jerarquía étnica establecida en esa sociedad multicultural, ni aceptan las representaciones dominantes, aquellas que asignan determinados roles al grupo dominante, por ejemplo, el de producir ministros, filósofos, científicos, políticos y empresarios, y a los subordinados, el de producir obreros, jornaleros, barrenderos y prostitutas. Conectándose con los apremios de los subordinados —sobre todo pensando en sus connacionales pueblos indígenas de Canadá— Taylor plantea el reconocimiento de las diferencias culturales, como una necesidad humana que forma parte de la dignidad: “Un reconocimiento adecuado, dice, no es tan sólo una cortesía que debemos a nuestros prójimos: es una necesidad humana vital” (4).

el campo de la política está sujeto a toda suerte de interferencias subjetivas, pues es el campo donde luchan por el poder 

El deseo de reconocimiento como lo establece Taylor exige una aceptación con base en principios de igualdad y equidad, deseo y demanda de reconocimiento que devuelve el sentido de la vida y la dignidad de ser humano (5), y que es transformada en reivindicación por los grupos subordinados. Es por esa vía que las diferencias culturales se transformen en diferencias políticas. Aún más, son esas diferencias culturales las que están en el origen de (y potencian) las diferencias políticas. La política, que, para los politólogos, es el resultado de enfrentamientos entre fuerzas antagónicas en el marco de la lucha por el poder, es para Taylor el producto de pugnas culturales no políticas (mejor: pre-políticas), sin las cuales lo político no podría ser explicado: Las diferencias culturales no solo anteceden, sino que se encuentran en la razón de ser de ‘lo político’. Esto explica porque el campo de la política está sujeto a toda suerte de interferencias subjetivas, pues es el campo donde luchan por el poder  (por algo lo llaman ‘arena’) “seres humanos, en esencia complejos y ambiguos, con cargas ideológicas, pertenencias culturales, pasiones, incertidumbres morales e intereses terrenales diferentes, que conducen a que el estado de democracia que construyen esté lleno de encrucijadas e incertidumbres, y las instituciones que crean para gobernar y administrar justicia sean frágiles, volátiles y cambiantes” (6).

Imaginarios sociales racistas en Colombia

Existen imaginarios sociales que fueron paradigmáticos en nuestra historia (no tan lejana), por la influencia que tuvieron en la época llamada “La Violencia” en los años 50 del siglo pasado. A manera de ejemplo presentamos las ideas de dos importantes pensadores colombianos que bebieron en las canteras del pensamiento racista, quienes con escuetas y “lapidarias” entelequias del socialdarwinismo, o fundadas en determinismos geográficos, justificaron el racismo hacia los pueblos indígenas y negros.

Laureano Gómez, en conferencias dictadas en 1928, habla de los problemas del país: (7)

Sobre la raza: “Nuestra raza proviene de la mezcla de españoles, indios y negros. (...) Es en lo que podemos haber heredado del espíritu español, donde debemos buscar las líneas directrices del carácter colombiano contemporáneo. Pues lo que aportan los indígenas y negros a nuestra herencia son estigmas de completa inferioridad”.

Sobre el negro: “El negro muestra un espíritu rudimentario e informe. Permanece en perpetua infantilidad. La bruma de una eterna ilusión lo envuelve y el prodigioso don de mentir es la manifestación de esa imagen de las cosas, de la ofuscación que le produce el espectáculo del mundo, ...” Y concluye: “El elemento negro constituye una tara: en los países en donde él ha desaparecido, como en la Argentina, Chile y Uruguay, se ha podido establecer una organización política y económica con sólidas bases de estabilidad”.

Sobre el indio: “...segundo de los elementos bárbaros de nuestra civilización, ha transmitido a sus descendientes el pavor de su vencimiento, el rencor de la derrota, (...) parece haberse refugiado en el disimulo taciturno y la cazurrería insincera y maliciosa. Afecta completa indiferencia por las palpitaciones de la vida nacional. Está narcotizado por la tristeza del desierto, embriagado con la melancolía de sus páramos y bosques”.

Sobre el mestizo: “El mestizo primario no constituye un elemento utilizable para la unidad política y económica de América: conserva demasiado los defectos indígenas: es falso, servil, abandonado y repugna todo esfuerzo y trabajo”.

Sobre mestizos y mulatos: “En los mestizos y mulatos se combinan las cualidades discordantes de los padres (...) Las dos cosas tienen por efecto común (...) que son fisiológica y psicológicamente inferiores a las razas componentes”.

Sobre la raza y el clima: “La distribución del calor y la humedad no hace apto nuestro territorio para el establecimiento de una buena organización social. Somos especie de inmenso invernadero, depósito de incalculables riquezas naturales, que no hemos podido disfrutar, porque la raza no está acondicionada para hacerlo”.

Sobre los norteamericanos: “Ya perdimos el istmo. (...) Ya nuestros minerales preciosos salieron del patrimonio; el único petróleo que se explota es el de los norteamericanos. Cada día adquieren algo nuestro los más capaces, los más ricos, los más fuertes”.

Estas ideas no eran exclusivas de pensadores ultraconservadores como Laureano Gómez. También cohabitaban en mentes de importantes políticos como la de Tomas O. Eastman (ministro de Hacienda de Carlos E. Restrepo), quien usualmente soltaba perlas del siguiente tenor: “Cuando uno de esos liberales te espete un discurso colectivista, fíjate y notarás en él muy pronto el ojo oblicuo de las razas inferiores”.

Álvaro Gómez Hurtado, continuador de las ideas de su padre Laureano, solía referirse a los pueblos indígenas, con los términos de “decadencia”, “pueblos sin historia”, que tenían una “concepción fatalista del porvenir”. Sin la religión estos pueblos seguirían en las tinieblas, pues “la religión llevó al nuevo mundo el optimismo que se apoya en la redención del hombre y que faltaba en las religiones autóctonas”. Recurre al pensamiento del alemán Oswald Spengler (8), para afirmar con él que “los hechos son más importantes que las verdades”. De allí que para él la historia de América empieza con el hecho de la Conquista. Y en realidad de verdad, ya para la época en que Gómez (padre) hacía sus disertaciones sobre la “inferioridad de nuestra raza”, de las ideas se pasaba a los hechos: Hitler se alzaba con el poder en Alemania y preparaba una limpieza étnica.

Aunque hay mucha historia transcurrida, que marcaría grandes diferencias con esas ideas, todavía subyacen prejuicios provenientes de ellas, que han obstaculizado la construcción de una Nación democrática y pluricultural, que, de una vez por todas, ponga las bases para desterrar el racismo de las mentes de muchos colombianos. A manera de conclusión, queremos anotar que en la historia del país ha sido significativo el impacto de ideas racistas, que incitan a la población a obrar de acuerdo con los contenidos de estos mensajes. Se dirá que estas expresiones groseras para referirse a los indígenas y afrocolombianos son circunstanciales; pero no, el lenguaje importa, y mucho. Karl Kraus lo esbozaba en la Viena antisemita previa al nazismo, al indicar que “el primer envilecimiento es el de las palabras”. Era evidente el ascenso de la agresión y la violencia a poblaciones judías, gitanas, etc., en consonancia con esta cadencia verbal.

Si algo conocemos bien los colombianos son las formas como en estos últimos 50 años se ha aprendido a justificar desde el Estado, desde el paramilitarismo, o desde las guerrillas, la supresión violenta del declarado adversario ideológico o político.

Problemática del racismo

Aunque han ocurrido avances significativos en la clarificación de la problemática sobre el racismo, debe admitirse que existen puntos de desacuerdo, no sólo entre posiciones ideológicas y políticas que rechazan el racismo, pero que niegan que exista en nuestra sociedad, sino también entre aquellas posiciones, que muestran interés por el tema y manifiestan compartir un enfoque “progresista” sobre la cuestión y rechazan la discriminación racial que padecen los pueblos étnicos, pero se niegan a reconocer lo étnico como un fenómeno relevante desde el punto de vista social o político. Sobre esto volveremos más adelante.

Con estas reflexiones sobre la problemática del racismo y las ideas y preocupaciones de los pueblos étnicos al respecto, cobra importancia una polémica, que es hoy día imprescindible para la comprensión de la cuestión racial. Sobre todo, gana significación que sean los mismos pueblos étnicos, los que propongan que sus observaciones sobre el racismo sean parte substancial de las reflexiones sobre la violencia. Esta llegada de los pueblos étnicos a la escena de la Comisión de la Verdad trajo nuevas ideas, avivando la polémica y renovando el lenguaje al tomar cuerpo los conceptos de racismo, discriminación cultural, xenofobia, exclusión social y económica, y otros términos que promulgan el desprecio al otro, al diferente. Es en este contexto que podemos interpretar a Hannah Arendt, cuando observaba que

“…aun en los tiempos más oscuros, tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, que puede provenir menos de las teorías, y más de la luz que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos, y sus vidas …”

Y acierta Arendt, pues son los que se encuentran en la penumbra y viven en la incertidumbre que genera la barbarie, la carencia de indignación de la sociedad (9) y la desaprensión estatal, los que más necesitan de luz. En consecuencia son también los señalados a indicar el camino para su redención, pues ante la inacción del Estado y la sociedad, continúa avanzando la niebla, una niebla que vemos en movimientos que exacerban el racismo, la xenofobia, la homofobia; que percibimos en discursos de hombres públicos que sin ápice de vergüenza, emiten expresiones racistas —“Invertir en el Chocó es como echarle perfume a un bollo”—, por ejemplo; que distinguimos también en los asesinatos de líderes sociales, o en la decisión de líderes guerrilleros que añoran un pasado de guerras, u otros que persisten en ellas. Pero sobre todo la niebla que vemos en esas masas que nuevamente reclaman caudillos autoritarios. Lo peor es que no somos inmunes a repetir la historia, que al decir de Marx se repite dos veces: la primeria como tragedia y la segunda como farsa. Existen, entonces, suficientes razones para la intranquilidad, no solo de nuestros pueblos, sino de toda la sociedad.

Formas como se ha expresado el racismo contra pueblos afrocolombianos e indígenas en el territorio-región del Pacífico colombiano y sus implicaciones políticas, sociales y culturales.

El racismo se ha manifestado, en variadas y repetidas ocasiones en el Pacífico colombiano, muchas de ellas, vinculadas a intereses económicos (legales o ilegales), ya que argumentos racistas son rutas expeditas para negar derechos a los pueblos étnicos sobre sus territorios y recursos ambientales.

Patrones identificados

a) Control territorial de grupos amados. Violencia. Expropiación de rentas. Pérdida de la gobernanza étnica

Guerrillas, grupos disidentes y paramilitares son un componente muy fuerte de la estructura de poder político en el Pacífico. Poseen poder coercitivo para captar rentas, lucrarse de actividades extractivistas de recursos ambientales, expropiar tierras y apropiarse de excedentes de la producción de las comunidades locales. Para la consecución de estos objetivos necesitan controlar territorios e imponer un orden social y político autoritario que posibilite el surgimiento y prosperidad de economías ilícitas que producen rentas. Este orden que imponen está mediado por el terror, como lo demuestran las masacres, asesinatos selectivos, secuestros y desapariciones de líderes, en esta región habitada mayoritariamente por afrocolombianos, el hecho más resaltante de este tipo de violencia es la exagerada cantidad de víctimas que cobra entre la población juvenil.

En las regiones donde además de tener un control territorial, los grupos armados buscan un control político de la población, constriñen los gobiernos propios de las comunidades (Cabildos, Consejos Comunitarios o Juntas de Acción Comunal), para subordinarlos a sus intereses, suplantando así al Estado y desinstitucionalizando los gobiernos propios de las comunidades.

Muchas comunidades —de casi todos los ríos del Pacífico Sur— todavía, aún después de la desmovilización de las Farc, están a merced de grupos armados. Lo peor sin embargo es que el poder que han ejercido con las armas ha creado en esos grupos serias patologías que los ha llevado a cometer crímenes de lesa humanidad, para someter a las comunidades. La presencia obsesiva de una ideología, exacerbada por supuestas superioridades raciales, condujo a la masacre de 8 indígenas awá en Nariño, de cerca de 50 indígenas nasa en el “Alto Naya”, de 21 indígenas nasa, incluidos ancianos, mujeres y niños, en ‘López Adentro’ (Cauca), o de los 12 jóvenes torturados y asesinados en la masacre de ‘Punta del Este’ en Buenaventura, masacres todas —sin enumerar la horrenda masacre de una comunidad en la iglesia de Bojayá— que muestran un alto grado de racismo, que ha perturbado la vida de estos pueblos.

En el Pacífico se hace más evidente lo que a juicio de Daniel Pécaut es la violencia en Colombia: “una situación generalizada y difusa, donde los diferentes fenómenos y formas de expresión como se presenta (violencia política, conflicto armado, asesinatos, desplazamientos, extorsiones, desapariciones, secuestros, violencia común, violencia racista) interactúan y se retroalimentan, creando un círculo vicioso ascendente y cumulativo”.

  1. Desplazamiento forzado y despojo territorial

En 1991 se expidió la nueva Constitución Política de Colombia, que además de normas y derechos, proponía un modelo de país que los colombianos estábamos convocados a construir. Según la nueva carta política, Colombia, hasta entonces definida como una nación mestiza, se reconoce como pluriétnica y multicultural. El cambio fue notable: identidades culturales, antes diversidades negadas y despreciadas por reivindicar órdenes económicos colectivos, gobiernos autónomos y desavenir con el sistema económico liberal, se volvieron sujetos de protección constitucional.

Conscientes de que su supervivencia estaba ligada a sus territorios, la población afrocolombiana del Pacífico inició un proceso de movilización para hacer valer los derechos ganados en la nueva Constitución, logrando que el Estado expidiera títulos sobre buena parte de sus territorios ancestrales en la región del Pacífico.

Aún estaba fresca la firma de los títulos de propiedad sobre sus territorios y las comunidades negras no habían terminado de posesionarse y fundar sus órganos de gobierno (Consejos Comunitarios), cuando empezaron a ser desplazados violentamente de sus territorios. Sucedió en el Bajo Atrato: en 1996 entregaron el primer título colectivo de tierras a las organizaciones negras de la zona, pero inmediatamente después fueron obligados a desplazarse para abrir el espacio a los cultivos de palma aceitera. Lo mismo les ocurrió a las comunidades negras del río Baudó diez años después: recibieron su título el 23 de mayo de 2007 y fueron desplazadas el 4 de junio. Con esta violencia los empresarios de la palma con apoyo paramilitar les arrebataban a estas comunidades negras el disfrute de sus reconocidos territorios; sobre todo les vedaba la posibilidad de reconstruir sus vidas en estas selvas de grandes riquezas ambientales, a las cuales habían atado sus vidas, después de huir de la esclavitud. Comenzó así una nueva diáspora negra, tan dramática como la que vivieron en el siglo XVI, cuando fueron arrancados de su nativa África para trabajar las minas del Nuevo Mundo. Peor aún, introdujo un proceso de ruptura con un modelo intercultural, ensayado durante varios siglos de interacción con ambientes y pueblos indígenas Embera y Wounaan, Tule y Awa, de los cuales habían aprendido las artes para manejar la selva y el río y con quienes compartían territorios y recursos.

  1. Crecimiento de desigualdades económicas y sociales. Exacerbación racista de las diferencias culturales y xenofobia

El modelo económico neoliberal, iniciado a comienzos de los años 90, no solo no ha resuelto los problemas estructurales de los pueblos étnicos, sino que han acentuado las desigualdades, extendido la pobreza y acelerado el deterioro del ambiente. A pesar de las acciones afirmativas del Estado que llevaron a la titulación de más de 5 millones de hectáreas a la población negra en el Pacífico, esta no ha logrado el disfrute de sus territorios colectivos y hoy sigue siendo el sector social más excluido de la Nación colombiana. Tampoco existen políticas económicas tendientes a cerrar la brecha entre las regiones, y el Pacífico, el territorio ancestral de los negros, continúa siendo la región más pobre, explotada y desconectada del país.

Aunque la pluriculturalidad fue consagrada en la nueva Constitución Política de Colombia de 1991, el Estado no se ha identificado con ella.

Aunque la pluriculturalidad fue consagrada en la nueva Constitución Política de Colombia de 1991, el Estado no se ha identificado con ella. Las estadísticas y los hechos nos muestran que a pesar de que la Asamblea Nacional Constituyente fue convocada para dirimir los conflictos de los colombianos, fue a partir de allí que se agudizaron los conflictos socioculturales. La razón es que el Estado colombiano no pensó nunca en crear espacios para la interculturalidad, buscando así cerrar el abismo que separa a las diferentes culturas.

  1. Cultivos ilícitos, minería, explotación de recursos ambientales y destrucción de economías tradicionales de subsistencia

La implementación de proyectos económicos relacionados con actividades agrícolas, forestales y mineras en territorios colectivos han contribuido al desarraigo de poblaciones étnicas, como lo dio a conocer el Relator Especial, Rodolfo Stavenhagen, en su informe de misión, que identificó las cuestiones críticas y los efectos negativos sobre las condiciones de vida para la permanencia de los pueblos indígenas y afrocolombianos en sus territorios. Casos emblemáticos: la destrucción del territorio indígena embera oividá de Chajeradó en el Municipio de Murindó (Ant.), por la empresa Maderas del Darién; Contaminación del río Naya y eliminación total de los recursos hídricos, por los desechos tóxicos de las plantaciones y procesamiento de la coca.

En la medida en que crecen los cultivos ilegales y se expanden las grandes plantaciones, la ganadería y las actividades extractivistas, la vida económica y social de las comunidades queda supeditada a la dinámica del flujo de recursos generados por estas actividades. En las comunidades afectadas por este tipo de economías, caen vertiginosamente los cultivos de pan coger y se incrementa la dependencia de alimentos importados. El abandono de las actividades de ‘pancoger’ es el primer paso para la desestructuración económica de las comunidades. Y el uso del suelo y de recursos del territorio con el fin de responder a demandas de mercados externos a la región, es la vía más expedita para el desarraigo territorial. En esto el Pacífico ofrece una amplia gama de ejemplos.

  1. Desconocimiento de gobiernos propios de los pueblos étnicos

Con una visión historicista, el proyecto político de las Farc instituyó —ese ha sido su credo— un espacio político unipolar, que exigía que todo girara alrededor de su órbita ideológica. ¿La finalidad?: disolver las diferencias (históricas, culturales, de clase), conduciendo a una masificación de la sociedad, una característica que comparten todos los sistemas totalitarios. Sería un proyecto superior, al que había que subordinar todos los esfuerzos del resto de movimientos sociales. Por tal razón las reivindicaciones indígenas y afrocolombianas por los territorios y su control, eran catalogadas como contradicciones secundarias, lo que significaba que las organizaciones étnicas debían supeditar sus luchas a las necesidades del partido único. Más que divergencias, son incoherencias que revelaban la incapacidad de la organización guerrillera para abrirse a experiencias nuevas. Prefirieron mantener aquellas convenciones que les había permitido sobrevivir, con alguno que otro sobresalto, ese medio siglo; evitando al máximo exponerse a la opinión crítica de un mundo cambiante y complejo. También desconocido (muchos guerrilleros, como el ‘mono Jojoy’ nacieron, crecieron, envejecieron y murieron en el monte). Ahí reside la fuerza de sus convenciones, que como dice Leszek Kolakowski “tienen vigencia a partir de ellas mismas, …la completa y feliz ausencia de contaminación de cualquier realidad” (10). Muchas comunidades que vivieron bajo la égida militar de las Farc no han podido aún recomponer social y políticamente sus organizaciones comunitarias.

  1. Descalificación de formas de vida

El Estado y los gremios económicos que ambicionan territorios colectivos de afrocolombianos e indígenas del Pacífico, muchos de ellos legalmente constituidos, han resuelto dictaminar que los afrocolombianos y los indígenas que habitan las zonas rurales del Pacífico son “pobres, porque sus economías no participan del mercado y no poseen dinero”. Tasando la pobreza en términos monetarios, se está descalificando un sistema económico adaptado a su medio y un estilo de vida comunitario, que no están regulados por relaciones mercantiles. Y en verdad, muchas comunidades no han podido resistir esta celada tendida por el Estado y las empresas, para que sus economías y sus territorios ingresen a la economía de mercado. Aunque los pueblos indígenas ya perciben que la verdadera pobreza es la que resulta del empobrecimiento del medio ambiente y/o de la pérdida de capacidad de sus habitantes para vivir de él sin agotarlo, la intrusión mercantilista de empresas extractivistas de oro y madera y otros bienes ambientales, la expansión de la ganadería y las economías de plantación de banano y palma aceitera, incluida la coca, han desestructurado los modos de producción acordes con el entorno natural, sin posibilidades de recomponerse en el corto y mediano plazo, generando un proceso de desarraigo territorial que compromete su vida como pueblos. Definitivamente los proyectos de vida, basados en economías fundamentadas en la soberanía alimentaria, la autosuficiencia y el aprovechamiento simultaneo de la oferta múltiple de los recursos de la biodiversidad regional, no interesa al Estado ni a sus aliados comerciales.

En el fondo de esta descalificación que a todas luces tiene un talante racista, está el encomio del progreso económico neoliberal. El Estado y la élite gobernante exalta así las ideas de progreso y desarrollo económico, sin los cuales, no sería posible encauzar un proceso civilizador, que superara los estados de pobreza, ignorancia y violencia en la región. En lo corrido de la mitad del siglo XX y hasta hoy, estas ideas se intensificaron de forma especial, generando nuevos prejuicios hacia los pueblos indígenas y negros, caracterizados como pertenecientes a “culturas renuentes al progreso”.

Notas:

(1) El término ‘racismo’ se emplea desde hace mucho tiempo, para designar un comportamiento cruel de un ser humano respecto a un ‘otro’, que es despojado de sus rasgos humanos. 2 No obstante, hay antropólogos que, como Vincent Matthew, abogan por seguir utilizando el término de “raza” aplicado a los seres humanos.

(2) Restrepo, Eduardo: “Racismo y discriminación”. Instituto de Estudios Sociales y Culturales PENSAR, Universidad Javeriana.

(3) Fredrik Barth: “Los grupos étnicos y sus fronteras. La organización social de las diferencias culturales”.

(4) “La Corte Canadiense de Derechos Humanos censuró en 2017 el sistema de internados forzosos para niños indígenas, creado hace más de un siglo y administrado por la Iglesia anglicana, otras iglesias cristianas y la Iglesia católica con el fin de alejarlos de sus hogares y obligarlos a hablar inglés o francés para asimilarlos a la cultura canadiense.” Ver: Leopoldo Villar Borda, “La cara oculta de Canadá”, El Tiempo, Bogotá, 11 de marzo 2018.

(5) El “doble carácter de la igualdad y la distinción”, que, según Hannah Arendt, sólo se materializa reconociendo el factor democrático por excelencia, que es la ‘pluralidad humana’: “La Condición Humana”, 1993.

(6) Jaramillo, Efraín. “Eclipse de los partidos políticos indígenas”. Colectivo de Trabajo Jenzera.

(7) Gómez, Laureano. “Interrogantes sobre el progreso de Colombia”, colección popular No. 29, Bogotá 1970

(8) “Filósofo que le rinde culto a los hechos”, al decir de Jürgen Habermas.

(9) El conflicto armado vivido en el país convocó a toda la sociedad a movilizarse activamente contra la violencia como parte de una estrategia moral para superar ese período cruel vivido por el pueblo colombiano en el último medio siglo. No ha sucedido lo mismo con el fenómeno del racismo que se ha presentado a lo largo de la historia del país. Lo más vergonzoso: han faltado voces de indignación para sancionar esta “última escala” de la abyección humana.

(10) Kolakowski, Leszek: La presencia del mito. 1972.

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* Efraín Jaramillo Jaramillo es antropólogo colombiano, director del Colectivo de Trabajo Jenzerá, un grupo interdisciplinario e interétnico que se creó a finales del siglo pasado para luchar por los derechos de los embera katío, vulnerados por la empresa Urra S.A. El nombre Jenzerá, que en lengua embera significa hormiga fue dado a este colectivo por el desaparecido Kimy Pernía.

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Fuente: Publicado por el Semanario Virtual Caja de Herramientas que edita y difunde Viva la Ciudadanía. Edición 800 Semana del 22 al 28 de octubre de 2022: https://viva.org.co/cajavirtual/svc0800/pdfs/Racismo_en_el_pacifico.pdf
 

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