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La conmemoración del Baguazo y el inicio del juicio por la Estación 6

Foto: Silvia Romio

El día 5 de junio 2017 se celebró el octavo aniversario de la masacre entre policías y indígenas awajún y wampís que toma el nombre de Baguazo. En los últimos años predominaron sensaciones de tristeza y de vulnerabilidad, pero este año marcó un insólito dinamismo para la conmemoración. ¿Qué perspectivas para el futuro nos deja este conflicto ad portas del inicio del juicio por los hechos de la Estación 6 donde el fiscal pide cadena perpectua para 25 indígenas acusados? La investigadora Silvia Romio nos comparte su reflexión al respecto.

Conmemoración del Baguazo y apertura del juicio a la Estación 6 ¿Qué perspectivas para el futuro?

Por Silvia Romio*

19 de junio, 2017.- En los últimos ochos años, unas sensaciones de tristeza y de vulnerabilidad habían connotado esta fecha, tanto que las únicas actividades realizadas en la región de Amazonas habían sido obra de las organizaciones mestizas de Bagua Grande, como la ronda campesina y la Asociación de Victimas y Familiares de los sucesos del 5 de junio (AVIFHE). Este año, por el contrario, se marcó un insólito dinamismo: la noche del 4 de junio numerosos fueron los awajún que salieron de sus comunidades para participar de la primera actividad de conmemoración del Baguazo en el distrito de Imaza, provincia de Bagua. Al día siguiente, la plaza y las calles de Imacita se volvieron el escenario de diferentes actividades de conmemoración y reflexión tanto sobre el pasado que el futuro. Al costado de estas iniciativas, tenemos que mencionar también las que se realizaron en simultáneo en otros distritos y provincias de la región Amazonas, y también en otros ángulos de la Amazonía, como, por ejemplo, en Pucallpa. Múltiples son los factores que han generado estos cambios y impulsado esta voluntad de recordar, tanto en espacios privados que sobre todo en los públicos. Vamos a considerar algunos.

El conjunto de varias experiencias, es decir de los dos años de audiencias, de la relación con el sistema de justicia ordinario y, finalmente, de la sentencia, ha marcado una huella importante en la memoria indígena local, tanto de los ex-acusados, como de sus familiares. Ellos han tenido una experiencia directa y profunda de la política de criminalización de la protesta y de sus consecuencias

En primer lugar, el recuerdo, fresco y vívido, del cierre del primero de los seis juicios relacionados al “Baguazo” (22 de septiembre 2016), donde  la sentencia — sorprendentemente — había declarado la absolución de los 53 acusados. El conjunto de varias experiencias, es decir de los dos años de audiencias, de la relación con el sistema de justicia ordinario y, finalmente, de la sentencia, ha marcado una huella importante en la memoria indígena local, tanto de los ex-acusados, como de sus familiares. Ellos han tenido una experiencia directa y profunda de la política de criminalización de la protesta y de sus consecuencias: cómo funciona el sistema de justicia ordinario, su lenguaje y sus tecnicismos, pero también la sensación que, a veces, hay formas de diálogos y entendimientos. Me refiero a las relaciones humanas y, a veces, de amistad, que han venido estableciéndose entre los agraviados y sus abogados. Pienso, por ejemplo, en el vinculo humano y sincero que se ha consolidado entre el doctor Norbel Mondragón Herrera y el líder awajún Santiago Manuin. Cuando, en el 2016, Santiago Manuin se encontró discapacitado a causa de las heridas de balas del Baguazo, a la salida de su sala operatoria encontró el doctor Mondragón. “Nunca te desanimes. No son las piernas lo que hace de un hombre un gran luchador social” le dijo el abogado, dándole la mano.

Foto: Silvia Romio
 

"Estos dos años de juicio han sido un eterno vía crucis. Ambos han tenido que compartir tantos momentos, que de alguna manera los jueces han aprendido a conocer a los indígenas. Ya no los ven cómo salvajes o bárbaros asesinos"

Foto: Silvia Romio
 

Otro espacio de conocimiento y construcción de diálogos nuevos ha sido la misma Sala Mixta de Bagua. Una situación de sutil conexión entre la corte penal de Bagua y agraviados, hecha por silencios, mutuos entendimientos y también pequeñas comprensiones, permitieron un clima más relajado y amistoso en las últimas audiencias. Todos recordamos cómo en las primeras audiencias parecía haber un muro infranqueable entre los dos lados de la sala, donde la corte penal había mostrado actitudes torpes y de menosprecio hacia a los acusados, motivadas por pre-juicios racistas y la falta de una aproximación intercultural. Por el contrario, en las últimas audiencias, el juez Zabarburú venía adoptando una actitud mucho más cercana hacia los acusados, dando a cada uno un saludo cordial, llamándolos por su nombre y mostrando un cierto interés hacia sus condiciones de salud.

Como me comentó la periodista de Radio Kampagkis: “Estos dos años de juicio han sido un eterno vía crucis. Ambos han tenido que compartir tantos momentos, que de alguna manera los jueces han aprendido a conocer a los indígenas. Ya no los ven cómo salvajes o bárbaros asesinos”. Un juicio más “humano”, podríamos resumir, es lo que presenta la corte penal misma, dando una cara más humana y flexible a un sistema de justicia hasta ese momento alejado e indiferente. La experiencia del juicio había cambiado, poco a poco, la percepción de los acusados. Sobre todo a reconocerlos cómo individuos por - y “no obstante-  sus diferencias culturales. En este sentido podríamos entender la frase pronunciada por Zabarburú luego de la promulgación de la sentencia liberatoria: “Sinceramente, esto fue lo mejor que pude hacer”.

Si, de un lado, no queremos caer en una situación de impunidad, del otro lado, tenemos también claros los extremos que una política de criminalización de la protesta, tal como la que actualmente se está practicando en Perú, puede conllevar. Hasta el día de hoy, el fiscal de la Nación ha pedido cadena perpetua para todos los 25 acusados.

Foto: Silvia Romio
 

Son justamente esos mismos sentimientos los que esperamos que caractericen a la corte penal que será protagonista del nuevo juicio del Baguazo, que se abrirá en agosto 2017. En este segundo juicio oral, 25 awajún serán juzgados por la muerte de 12 policías en la Estación 6 de Petroperú, masacre perpetrada el mismo 5 de junio 2009 enseguida a los enfrentamientos de la Curva del Diablo. Si, de un lado, no queremos caer en una situación de impunidad, del otro lado, tenemos también claros los extremos que una política de criminalización de la protesta, tal como la que actualmente se está practicando en Perú, puede conllevar. Hasta el día de hoy, el fiscal de la Nación ha pedido cadena perpetua para todos los 25 acusados. Imposición del orden y mano dura contra una sociedad fragmentaria y salvaje, diría Sarmiento. ¿O una reglamentación disciplinaria entre Estado y una parte de su población, todavía reacia a uniformarse al modelo de ciudadanía nacional?

Frente a este escenario tan polarizado, nosotros que somos seguimos el  juicio anterior, quedamos perplejos y preocupados. ¿Quien tiene que hacer memoria de los errores del pasado? ¿Solamente los indígenas implicados en el Baguazo, o también el sistema de justicia y el gobierno peruano en general?

Esperamos que el desenvolvimiento de este segundo juicio coincida también con una ocasión única para el pensamiento del Derecho peruano. Es decir: cómo enfrentar una situación de conflicto intercultural, donde urge una reflexión profunda sobre los diferentes niveles de participación y responsabilidad, tanto de parte de la sociedad civil como de los órganos gubernamentales y, finalmente, de los órdenes policiales. Conscientes de no querer caer en el emblemático cruce entre impunidad generalizada y ejercicio desconsiderado del poder judiciario, vamos con ánimo al comienzo de este segundo juicio oral, esperanzados de que sea una experiencia enriquecedora y transformadora.

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*Silvia Romio es investigadora social sobre pueblos indígenas amazónicos.

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