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El mito de la evangelización pacífica

Para entender la pluralidad y complejidad de las prácticas religiosas en México y su pugna con la hegemonía católica, la evangelización es un proceso histórico que debemos estudiar, problematizar y debatir

Por Federico Navarrete*

17 de febrero, 2016.- Proclamar que México es una nación católica y guadalupana se ha convertido en uno de los lugares comunes definitorios de nuestra identidad, una falsa verdad que se repite sin cuestionamientos, como los mantras que afirman que somos un país mestizo o que el español es nuestra “lengua nacional”.

Como las otras dos definiciones, sin embargo, afirmar a rajatabla el catolicismo de nuestro país y repetir la fábula de la virgen de Tepeyac y su santo recién canonizado, esconde una historia mucho más compleja y plural, manchada por la intolerancia y la violencia.

La leyenda de la evangelización

La definición de la nación mexicana como monolíticamente católica se ancla en una leyenda histórica tan falsa como inamovible: la idea que la población indígena del país se convirtió de manera pacífica y universal al catolicismo en el siglo XVI, en la llamada “conquista espiritual” de México.

Si en los últimos años los mexicanos hemos dejado de creer en muchos de los cuentos de hadas de la historia oficial, como el de la Revolución o el de la Independencia, el de la “evangelización” no ha sido realmente cuestionado por nadie, ni por los especialistas y menos por los auto proclamados destructores de mitos que invaden las estanterías de best sellers de Sanborns.

Por el contrario, todas las visiones conservadoras de la historia de México se fundamentan en el triunfo incruento y providencial de la “verdadera religión” entre las masas paganas e ignorantes de nuestros indios.

A su vez, las versiones “progresistas” también repiten esta fantasía colonialista porque la consideran un hito en la “civilización” que permitió la unificación de la nación y el triunfo del “mestizaje” católico.

El hecho es que, para contar esta leyenda, todos, historiadores y “divulgadores”, conservadores y liberales, se basan únicamente en las crónicas y testimonios escritos por los propios sacerdotes de la época.

Por señalar una equivalencia sin duda exagerada pero no del todo inexacta, sería como contar la historia del Gulag soviético únicamente a partir de los documentos oficiales de los carceleros.

Basta con leer con detalle las propias historias escritas por estos testigos, necesariamente parciales, para encontrar indicios fehacientes de que el catolicismo se impuso no sólo por las buenas, o por la fuerza de su luminosa “verdad” y de sus milagros inventados, sino también por medio de la violencia y la tortura, el control de las conciencias, el ataque a la solidaridad familiar y comunitaria.

Por ejemplo: los “niños mártires de Tlaxcala” fueron adoctrinados por los frailes para denunciar los actos “idólatras” de sus padres y otros parientes, una estrategia no muy diferente a la que utilizaba el estalinismo para perseguir a los “disidentes”.

Para celebrar sus delaciones y su subsecuente “martirio” por parte de sus propios padres (a su vez ejecutados) fueron beatificados por Juan Pablo II en 1990, y según Wikipedia: “Durante la única visita del Papa Benedicto XVI a México, en la Plaza de la Paz en la ciudad de Guanajuato, en su mensaje a los niños de México, el papa propuso como ejemplo de imitación para los niños la figura de estos pequeños mártires de Tlaxcala”.

Su ejemplo, lejos de ser edificante, nos muestra las violentas divisiones que la imposición del catolicismo provocó en las sociedades indígenas.

Otro caso dudoso son los “mártires de Cajonos”, beatificados por Juan Pablo II en 2002: dos empleados eclesiásticos zapotecos que denunciaron en 1700 los rituales “paganos” en que participaban la mayor parte de los miembros de su comunidad y de los pueblos vecinos.

Cuando fueron asesinados en represalia, se desató una campaña de persecución de idolatrías que obligó a los habitantes de esta región a entregar a las autoridades eclesiásticas más de cien calendarios rituales y otros textos religiosos, que tenían, por cierto, un fuerte contenido católico (David Tavárez, Las guerras invisibles. Devociones indígenas, disciplina y disidencia en el México colonial).

Lo que estaba en juego, no era propiamente la defensa de la fe, sino la confirmación del control que la iglesia debía ejercer sobre los fieles indígenas, definidos para siempre como “cristianos nuevos”, incapaces de ser sacerdotes y de manejar su propia vida religiosa, la cual debía estar siempre en manos de los españoles y criollos, definidos como “católicos viejos”. En suma, se trataba de imponer un sistema de dominación colonial basado en la religión.

Más allá de estos ejemplos sangrientos, transformados por la magia de la propaganda religiosa en leyendas devocionales, no sabemos casi nada de las razones que hicieron que los indígenas “aceptaran” el catolicismo.

El hecho de que se destruyera violentamente los monumentos y objetos de su religión anterior, de que se prohibiera la práctica pública de cualquier ritual o ceremonia y de que se les obligara a participar en los rituales católicos y a pagar los diezmos e impuestos correspondientes, no basta para explicar su supuesta “conversión”.

Los indígenas fueron más que víctimas indefensas: fueron participantes activos en un proceso de cambio religioso que no acabamos de comprender.

Los historiadores defienden la sincera fe católica que proclamaban los autores indígenas que escribieron historias y otros textos en el periodo colonial y yo no soy quién para cuestionar su devoción, pero el hecho es que si hubieran dicho cualquier cosa que no se conformara abiertamente al dogma imperante hubieran sido víctimas de castigos y sus textos nunca hubieran visto la luz.

En suma, estamos escribiendo la historia de un régimen intolerante y persecutorio exclusivamente a partir de los testimonios que él mismo consideraba aceptables: exagero de nuevo, pero me parece tan difícil como contar la historia de la dictadura de Pinochet a partir de los boletines de la junta militar y de los artículos de prensa que pasaron por los ojos de sus censores. Es algo posible, pero no hay que creer a pie juntillas en todo lo que leemos.

Respecto a la religión que practicaba la mayoría de la población de la Nueva España y del México independiente (pues no hay que olvidar que los pueblos indígenas fueron más del 50% de los habitantes de nuestro país hasta 1850 o incluso más tarde), llamarla “católica” es cuando menos un equívoco, o más bien una conveniencia política.

Los pocos religiosos que se detuvieron a examinar con detalle los cultos, las prácticas y las creencias de los pueblos originarios durante el periodo colonial encontraron mucho que no les gustaba: abundantes “supersticiones”, es decir, elementos que parecían de origen “pagano” (hoy diríamos prehispánico) y muchas “herejías”, es decir, interpretaciones y refuncionalizaciones poco “ortodoxas” de los elementos cristianos.

Pero las autoridades eclesiásticas y civiles no tomaron muy en serio sus denuncias, prefiriendo contentarse con que los indios acudieran a misa con cierta regularidad y sobre todo con que obedecieran a los párrocos y pagaran sus tributos y sus diezmos.

Los indígenas al parecer también preferían llevar la fiesta en paz, cumpliendo con estos requisitos, mientras realizaban otro tipo de rituales, o los mismos, pero de otra manera, a puertas cerradas. En suma, como hoy, ser católico significaba antes que nada ser súbdito del régimen en el poder.

No pretendo afirmar con esto que los indígenas no aceptaron en su interior algunos de los dogmas y que no practicaban sinceramente muchos de los rituales católicos, sólo sugiero que pudieron ser algo más y algo menos, pero que precisamente eso es un asunto que los escritores católicos no querían averiguar y, peor aún, algo que la mayoría de los historiadores modernos no han querido investigar a fondo.

Nuestro laicismo católico

“La religión católica, apostólica, romana, es la única que se debe profesar en el Estado.”

Con estas palabras, el artículo 1 de la constitución de Apatzingán de 1814, que ha sido celebrada por el carácter socialmente avanzado de muchas de sus leyes, mantuvo y consagró la intolerancia en materia religiosa del régimen colonial español.

De hecho, las leyes mexicanas emanciparon a los esclavos y proclamaron la igualdad universal de sus ciudadanos (varones, desde luego) antes que concederles la libertad de conciencia en materia religiosa.

Si tomamos en cuenta que la mayoría de la población en el momento de la Independencia practicaba un catolicismo cuando menos “dudoso”, esta proclamación intransigente ya no parece el simple reconocimiento de una realidad consagrada y aceptada por todos los mexicanos.

Se convierte en la continuación de la obligación que tenían los más de hacerse “auténticos” católicos y la confirmación del poder de la iglesia y de los privilegios que gozaban los menos que sí se consideraban plenamente como tales.

En suma, era una proclamación de desigualdad disfrazada de igualdad, equivalente al hecho de escribir las nuevas leyes únicamente en español, el idioma minoritario de los católicos.

Tal vez por eso, en nuestro país no se estableció formalmente la libertad de cultos sino hasta medio siglo después. Significativamente, el Artículo 1 de la Ley sobre Libertad de Cultos, proclamada por Benito Juárez en 1860, mantuvo una clara primacía de la religión católica: “Las leyes protegerán el ejercicio del culto católico y de los demás que se establezcan en el país…”.

De hecho, el tan cacareado laicismo mexicano (como el igualmente autocelebrado secularismo francés) puede interpretarse más como un acomodo político entre el Estado y la iglesia católica que como un proyecto de secularización auténtica de la sociedad.

Salvo en los años de 1920 a 1930, el Estado no ha intentado realmente combatir la hegemonía de la religión católica en amplios sectores sociales. Desde el nuevo acomodo de 1992, la iglesia se ha convertido en un aliado clave del neopriísmo y del imperio de las televisoras.

Ahora el nuevo papa ha venido a salvarnos del diablo que nos acecha, siempre tan celoso de las glorias de nuestra virgencita, y a fortalecer con su simple presencia esta nueva santísima trinidad que nos rige de espíritu, de jure y de facto.

Dios nos libre de hacer el trabajo de Satanás y de cuestionar las leyendas que asfixian la verdadera pluralidad de nuestra historia y que ocultan la violencia y la intolerancia que las han construido.

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* Federico Navarrete, es profesor en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, es autor de "Los orígenes de los pueblos del Valle de México. Los altépetl y sus historias", entre otros.
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