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Homenaje a Alfonso Peláez Bazán, un profesor y artista celendino

Alfonso Peláez Bazán. Fuente de la imagen: Celendín, Pueblo Mágico.

Servindi, 30 de octubre, 2021.- Este fin de semana nos complace presentar tres breves textos que se “dan la mano” en el mejor de los términos y que nos persuaden que Celendín es un pueblo mágico, fecundo en la vena de literatura popular.

El primero es un homenaje escrito en julio de 2020 por José Luis Aliaga Pereira quien evoca y busca hasta encontrar un ejemplar del libro titulado: “Sin título” que lo conmovió desde sus años escoleros.

El segundo y tercer texto corresponden al homenajeado Alfonso Peláez Bazán, otro escritor celendino, que marca un derrotero de escritura comprometido con darle voz a los humildes y su sabiduría popular.

Peláez Bazán fue ganador del Premio Nacional de Narrativa, en 1944, y sin duda su estilo y actitud es una valiosa influencia en Aliaga Pereira y ojalá otros escritores y escritoras tengan acceso a beber de su arte.

Homenaje a un profesor, artista

Por José Luis Aliaga Pereira*

“Sin Título”

Lo recuerdo con claridad, como si hoy mismo lo estaría escuchando. Hasta ahora la tengo la escena grabada: el campesino tras el cerco de pencas, de poncho bayo igual que el que me regaló mi abuelo, los animales saliendo en tropel, idéntica a nuestra salida del colegio al terminar un día de clase (lo digo por lo traviesos y divertidos), y al profesor, feliz, observándolo todo, esperando las metáforas de los labios de don Sisostres o las sabias palabras de don Leandro Zegarra.

Fueron los años los que escondieron este recuerdo que hoy aparece nítido en mi mente.

La lectura de la anécdota, la escena de la conversación leída y el libro de colores pálidos, tenues, en manos del profesor de clase que leía emocionado, como si hubiera sido él el que redactó el texto o escuchado al campesino.

Busqué el libro por las bibliotecas de Celendín, Sucre y otros lugares; algunos, al preguntarles, me miraban sorprendidos. No creían que existiera. Hasta la bibliotecaria de la provincia me dijo que consulte bien porque, seguramente, ese no es el título.

Ahora lo tengo en mis manos, deshojándolo como hiciera mi profesor de colegio, con cariño; esperando terminar su lectura y copiar para compartirla con ustedes, queridos amigos. Lo encontré en el lugar que, pensé, no estaría: en la biblioteca de mi sobrino Enrique, un lector empedernido. Cómo pude ser tan tonto, me dije, la biblioteca en mis narices y yo buscando por otros lugares. “La curiosidad mató al gato”, reza una expresión popular, en mi caso fue todo lo contrario: me alimentó. ¿Será por eso que estoy gordo? ¿Ustedes creen que la lectura engorde? Bueno, bueno, eso es otra cosa; dejémonos de bromas que hoy estamos para presentar los textos del libro “Sin título” de don Alfonso Peláez Bazán, nuestro primer escritor.

“Sín Título”

Por Alfonso Peláez Bazán
Del paisaje peruano

EL DÍA EN DOS METÁFORAS

Un alegre sendero, poblado de mariposas y avecillas, une las poblaciones de Celendín, Huacapampa y Sucre. A ambos lados de aquél, hay pequeñas propiedades con sus casitas de paredes blancas y techos rosados.

Las gentes son afanosas e inteligentes. Quedan todavía entre ellas algunos viejos magníficos que ordinariamente se expresan en hermosas y cabales metáforas. Se diría que viven en función de metáforas.

“Haciendo la vía…”, llegamos junto con el alba a la casa de don Sisostres Zegarra, para quien no parecen ser carga pesada sus ochenta y pico de años. Desde la cerca de pencas, le dimos en voz alta los buenos días.

El momento es hermoso y reconciliador. En bullicioso y desordenado tropel, una heterogénea fauna abandona el espacioso corral. Mientras de las “cargadoras” y de los árboles, en cortos vuelos, bajan las cariocas, las papujas y las polancas. Alegres, “Sultán”, “Rayo” y “Terrible” reparten rápidos mordiscos a diestra y siniestra.

Clara y vigorosa, se oye en medio del bullicio la voz de don Sisostres: “¡Abre las trancas, Ezequiel”! —“¡Tú, Celinda, separa los becerros!” —“Isidro, arrea las mulas al rastrojo” —“¡Saca el yugo y desata las coyuntas, Ideal!” —“¡Crisálida, el maíz para las aves!”. —Voy yo a abrir la compuerta!”.

Pronto estuvimos al lado del viejo.

—¿Y qué tal, don Sisostres?...

Este nos mira y responde al instante:

—Aquí mi señor, como Ud., lo ve, soltando el día…

Sonriendo amablemente, repetimos la frase:

—Soltando el día…

Minutos después, cuando las pampas y laderas resplandecen hermosas bajo el sol, nos alejamos del solar jocundo.

De regreso por la tarde —con las últimas luces— alcanzamos a encontrar a don Sisostres dando las últimas “rayas”. Los bueyes parecen más lentos y pesados.

—Uss… Uss… Tess… Tess…

Por supuesto que no podíamos pasar sin darle la voz. —¡Hola, don Sisostres!... dándole siempre duro usted…

Sin soltar el arado ni mirarnos, grave, casi solemne, nos contesta:

—Aquí, mi señor, empujando la tarde…

Sin sonreir ahora, no podemos menos que repetir la frase.

—Empujando la tarde…

Y tras unos segundos de silencio, dijimos adiós a don Sisostres Zegarra.

 

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Fuente: “Sin Título”, páginas 15 y 16.

REPORTAJE A DON LEANDRO ZEGARRA

No esperéis saber de un personaje importante de la política, de la ciencia o de las artes. No. Don Leandro Zegarra es solo un rudo labrador, de quien, sin embargo, hemos querido obtener unas respuestas sobre un problema de palpitante actualidad nacional: la huelga magisterial.

Por lo demás, a nadie debe sorprender que entre las gentes modestas, haya casi siempre el mejor discernimiento y la mejor disposición para el bien. Tenemos un hecho innegable: los refranes han salido del pueblo. Y los refranes no son simples frases académicas o literarias, sino magníficos cofres de virtud y sabiduría.

Por eso hemos creído conveniente acercarnos a un hijo del pueblo para hacerle dos o tres preguntas sobre la referida huelga. Orgullosos de tener un compatriota como don Leandro Zegarra, reproducimos el breve diálogo que con él sostuvimos un atardecer hermoso al borde de su chacra.

—Buenas tardes, don Leandro. Disculpe que vengamos a distraerlo de sus labores. Pero nos interesan unas respuestas suyas. Le prometemos ser breves.

—Muy buenas tardes, señores-. Y al tiempo de secarse con la manga el sudor de la frente y dejar la lampa-: Estoy a vuestras órdenes.

Nos acercamos un poco más al espinoso cerco y le hacemos la primera pregunta, que, en verdad, nos salió infortunada.

—¿Está Ud. enterado, don Leandro, de la huelga de maestros en toda la república?...

Don Leandro toma un aire de extrañeza y nos responde al instante:

—Pero, señores… ¿No sabían ustedes que soy padre de varios hijos que aun cursan estudios en las escuelas y colegios?

—Disculpe, don Leandro. Cuestión de forma, quizá.

—Comprendo, señores. Estoy, pues, a vuestras órdenes.

—Díganos, don Leandro, ¿qué concepto le merece la extrema actitud tomada por el Magisterio Nacional?

Don Leandro nos mira fijamente y al instante nos da la respuesta:

—Sí, extrema actitud. Pero pienso yo que no quedaba otro remedio… Pues, según aseguran los maestros, desde hace años solo recibían ofertas… Y así, de tal forma, no solo que se cometía contra los maestros una injusticia, sino que, al mismo tiempo, se daba un desdichado ejemplo de incumplimiento y desconsideración… Estos son mis pensamientos, señores.

Nos llenamos de admiración y cariño por este hombre del pueblo y lo abrazamos efusivamente.

Un silencio grave nos envuelve en medio de la serenidad del campo.

Al cabo hacemos la tercera pregunta:

—¿Y cree Ud., don Leandro, que, en aras de la niñez y la juventud, debe el Magisterio deponer su actitud, sin antes ver satisfechas sus justas expectativas?...

Don Leandro se afirma en el terreno y abriendo enérgico los ojos, exclama:

—No se imagine, señor, que voy a responderle en sentido afirmativo, no. Ni honrosa sería tal determinación. Aparte del fracaso que ello significaría, vendría a ser un mal ejemplo para nuestros hijos y para la ciudadanía en general. Un mal ejemplo, señor.

—Desde luego, don Leandro.

—Nuestros hijos necesitan —y muy urgentemente– lecciones vivas de dignidad, de valor y de sacrificio. Queremos hijos que más tarde sepan luchar por la verdad y el bien. Hijos que dignifiquen a la Patria y a la Humanidad.

—¡Oh!... ¡Qué cosas más hermosas dice Ud., don Leandro.

—Es hermoso, señor, todo lo que sale del corazón… 

No tiene límites nuestra admiración por este hombre rudo y franco. Deseándole una larga vida para el bien de los suyos y de la Patria, nos despedimos con un fuerte abrazo.

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Fuente: "Sin título", páginas 83, 84 y 85.

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* Alfonso Peláez Bazán es escritor celendino ganador del Premio Nacional de Narrativa, en 1944. (n. 1904- m.1996). Sus padres fueron don Eleuterio Peláez Portocarrero y doña Celia Bazán Velásquez. Estudió primaria en Celendín y la secundaria en los colegios San José de Chiclayo y Guadalupe de Lima. Fue profesor y, pese a tener la oportunidad de viajar al extranjero, vivió toda su vida en Celendín.

José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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