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Alto Monte de Israel, la mirada por descubrir

Alto Monte de Israel se encuentra en el distrito de San Pablo, en la provincia de Mariscal Ramón Castilla que comparte frontera con Colombia y Brasil. Foto: Jonathan Hurtado

De Alto Monte se ha dicho casi de todo. Por ejemplo, que conformaría un pernicioso triángulo de deforestación junto con los asentamientos vecinos de San Isidro y San Antonio. Imágenes satelitales muestran que serían cientos de hectáreas las que le estarían ganando al bosque año a año. Compartimos un reportaje en base a una visita efectuada antes de las elecciones del domingo 26 de enero en las que el Frepap, brazo político de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, sorprendió al país con su elevado apoyo en las urnas y que busca descubrir qué hay detrás de esta congregación colonizadora de la selva amazónica.

Por Jonathan Hurtado*

3 de marzo, 2020.- A orillas del río Amazonas, en el distrito de San Pablo (Loreto), se levanta el mercadillo de Alto Monte de Israel que básicamente es así: un pasaje largo de casas de madera en cuyos frontis destacan los puestos de comida, carne, granos y frutos de estación. Todo sobre un terreno fangoso y cruel.

A unos metros, sobre una pequeña llanura cerca al puerto, resalta la venta de ollas, envases de plástico, juguetes y más comida. Si partes desde Iquitos en lancha, te llevará unas 16 horas llegar hasta aquí.

No son muchos los compradores. Un anciano de barba blanca, túnica verde oliva y báculo ofrece queso de cabra que lleva en un recipiente diáfano. También distribuye volantes, en pocas semanas serán las nuevas elecciones congresales: “marca el 2”, dice.

Los botes entran y salen. Un hombre de unos cuarenta años le dice a otro que en la tarde hay asamblea, que dos “hermanitas” llegarán de Lima. “Aunque sea unita hay que poner [en el Congreso]”, afirma seguro y casi casi que se persigna.

El mercadillo funciona solo los domingos. El resto de la semana, excepto los sábados que es de reposo, la comunidad se dedica a la chacra, a sembrar principalmente arroz, plátano, maíz y yuca. La mayor parte para autoconsumo y el resto para la venta.

Si no eres de la comunidad, el mercadillo es casi todo lo que podrás ver.

Pequeña explanada cerca al puerto. Destaca la venta de utensilios de cocina, herramientas y juguetes. Foto: Jonathan Hurtado

En Alto Monte de Israel no existen hospedajes. Alguna vez tuvo una casa de acogida que se quemó, cuenta una señora enfundada en una túnica azul marino y con un velo que le cubre el cabello por completo.

Con unos seis mil habitantes, su origen se remonta a 1995, con la llegada de un primer grupo de seguidores de Ezequiel Ataucusi Gamonal, campesino quechua de Arequipa que en 1968 fundó en Lima la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal (AEMINPU).

Ataucusi, de un enorme carisma, se reconocía como un mesías, un salvador. Fue alguien que supo capitalizar las demandas de los campesinos pobres o sin tierra. En 1989 fundó el partido político Frente Popular Agrícola del Perú (FREPAP).

A inicios de los noventa convenció a sus fieles de colonizar el Bajo Amazonas, vale decir los márgenes del río Amazonas en la provincia doblemente fronteriza de Ramón Castilla y en su confluencia con el río Yavarí. Ataucusi participó de este proceso, él mismo pasaría un tiempo en Alto Monte.

“Llegaron en botes, como invasores… tanteando a las autoridades. La mayoría eran de la Sierra, llegaban hasta aquí pensando que esta era la Tierra Prometida. De varios sitios fueron rechazados, pero en Pebas sí los recibieron”, relata una voz adulta en San Pablo de Loreto, capital del distrito.

Cerca a Pebas fundarían como un espacio propio Nuevo Pebas. No se sabe si este asentamiento fue anterior a Alto Monte o viceversa, lo cierto es que los asentamientos israelitas a orillas del Amazonas, y más tarde a orillas del Yavarí, en la frontera con Brasil, fueron en aumento.

Un hombre vestido con túnica y manto a la usanza bíblica. Foto: Jonathan Hurtado

La vida aquí parece un misterio. Desde el río se ve el puerto, el templo principal, una larga colina y delante filas de casas, muchas apeñuscadas y otras sobre balsas flotantes, como queriendo ganarle espacio al río. Pero detrás la comunidad se expande secretamente.

Hace un tiempo recibieron el ofrecimiento de una caseta policial, pero lo rechazaron

No tienen luz, agua potable ni alcantarillado; tampoco caminos pavimentados. Hace un tiempo recibieron el ofrecimiento de una caseta policial, pero lo rechazaron. De Alto Monte se ha dicho casi de todo: que son los principales productores de hoja de coca en el Bajo Amazonas, que tienen su propia ley y castigo, que codician la tierra que no es suya, que dan cobijo a peligrosos extranjeros, que despegan aviones.

En octubre de 2012, muy cerca a un templo de la comunidad fue asesinada una persona a tiros. La historia se la contó una mujer llamada Ruth a la antropóloga colombiana Lucía Meneses Lucumí, cuando hacia trabajo de campo para su tesis de doctorado.

La tesis, publicada el 2017 con el título El Amazonas: “la tierra prometida” de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal, contiene testimonios que buscan poner en contexto la relación que tendrían algunos “hermanos” con la producción y manipulación de la hoja de coca en territorio israelita de la triple frontera.  

Se habla, por ejemplo, de una incapacidad de la propia organización religiosa para controlar a sus “ovejas descarriadas”, principalmente jóvenes. Cierto o no, los testimonios dan valiosas luces, como la existencia de personas ajenas a la religión que se aprovecharían y escudarían en ella para facilitar sus operaciones.

Sin la presencia de ninguna institución del Estado, es fácil suponer que en Alto Monte ocurre lo mismo, o algo peor.

El 2013, la policía de Brasil tomó conocimiento de la participación de israelitas en la producción de droga en la provincia de Ramón Castilla; los principales puntos que identificaron por entonces fueron Alto Monte de Israel, Caballococha y las orillas del río Yavarí.

El 2017, la comunidad israelita volvería a aparecer en un informe, esta vez de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Según el documento, para ese año las localidades de San José de Cochiquinas, Alto Monte, San Pablo, Cushillococha, Bellavista y Erene concentraron la mayor superficie con coca en producción en el Bajo Amazonas (1,823 hectáreas).

De Alto Monte también se dice que conformaría un pernicioso triángulo de deforestación junto con los asentamientos vecinos de San Isidro y San Antonio. Imágenes satelitales muestran que serían cientos de hectáreas las que le estarían ganando al bosque año a año.

Así las cosas y con altos niveles de criminalidad en todo el distrito, en la comisaría de San Pablo toman apuntes de la situación pero, con apenas quince efectivos, temen ingresar.  

Quien tampoco ha ingresado es el CORAH, un proyecto especial del Ministerio del Interior para la erradicación de la hoja de coca. Básicamente, sus acciones se han dado en otros puntos de la selva; su intervención más cercana ha sido en el distrito vecino de Pebas, el año pasado.

En color lila, la pérdida de cobertura arbórea entre los años 2001 y 2018 en Alto Monte y otros asentamientos vecinos. Fuente: capturas del sitio web de Global Forest Watch

A primera vista, los israelitas o ataucusis, como también son llamados, parecen gente amable. “Pero hay de todo”, reconoce un joven de 24 años, israelita del centro poblado vecino de Imasa. “Tú puedes ver a gente que viste con túnica y barba, pero si por dentro no es chévere, eso no vale”. No lleva túnica y tampoco barba. “Dios no obliga”, replica con agilidad.  

Cerca al puerto, un hombre que hace las veces de carpintero y motorista dice con ilusión que muy pronto terminará una casa que servirá de albergue para futuros visitantes. La casa es de tres niveles y es todo en madera. Solo falta que la directiva de Alto Monte lo autorice.

El viento arrecia, agita sombrillas y techos de plástico. La embarcación de retorno lleva algunas horas de retraso. La gente se guarece sobre un puente techado. Mujeres y niños pasan cada tanto ofreciendo chupetes y golosinas. Una señora vende su última carachama, de espalda como un dragón. La vida ahora se esconde detrás del Amazonas.

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*Jonathan Hurtado es periodista independiente.

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