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Chesmiel, relato sobre la ancianidad abandonada, por Aliaga Pereira

Servindi, 13 de marzo, 2022.- Decíamos en una nota anterior que los relatos de José Luis Aliaga Pereira tienen la enorme virtud de recoger situaciones locales y experiencias personales para hurgar más allá de lo anecdótico y transcender en contenidos y sensiblidad.

Chesmiel es un caso de estos, que tiene como centro la situación de la ancianidad abandonada, desatendida, uno de los sectores de población vulnerable más afectada por la pandemia.

Una nota de las Naciones Unidas observaba que las personas de tercera edad han presentado, durante la pandemia, más estragos emocionales como consecuencia de la soledad, situación que es probable provoque un efecto devastador.

En Perú existen más de 4 millones de adultos mayores que representa al 12.7 % de la población al 2020. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) cuatro de cada cinco adultos mayores padecen de una enfermedad crónica.

Se trata de un segmento de población creciente en todo el mundo, especialmente en países de renta baja, que es víctima de discriminación, abusos y maltratos.

Tan es así que el 15 de junio se ha instituído el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos recuerda que las personas mayores tienen derechos, en particular el derecho a vivir libres de todas las formas de violencia y discriminación basadas en la edad.

Cabe agregar que la Defensoría del Pueblo elaboró en 2021 un informe sobre El derecho a la salud de las personas adultas mayores en los centros de atención residencial: propuestas para una atención integral y prioritaria frente al COVID-19 que puede ser descargado libremente.

Bueno, ahora disfrutemos el relato corto de nuestro colaborador Aliaga Pereira. ¡Hasta la próxima! 

Adultos mayores. Foto: Defensoría del Pueblo

Chesmiel

Por José Luis Aliaga Pereira*

Después de más de treinta años, encontré a mi ex colega en una esquina del pueblo donde crecimos. Me miró como queriendo descifrar algo en mi rostro y, como si no hubiese pasado el tiempo, me preguntó:

—¿En qué colegio trabajas?

—Ahora —le respondí,  refiriéndome a mi estado de ex empleado libre—, estoy por todo el país —Chesmiel, con canas en su pelo largo y barba crecida, no parecía ser el mismo.

—Vamos a ver a la Carolina —me invitó de repente—. Está horneando un pan muy ricazo.

Juvencio, el bodeguero de la esquina de la plaza mayor y amigo común, intervino al escuchar la conversación. 

—Chesmiel, ¿lo conoces? —le preguntó. 

—Claro, cómo no lo voy a conocer; este es hijo del ... del ... del... —y allí quedó,  divagando,  como queriendo recordar el nombre.

—Hay muchas cosas que no recuerda —me explica Juvencio con disimulo—. Le pasa lo mismo cuando escucha la canción "El camionero" de Roberto Carlos. Mira sin mirar el azul del cielo. Esa era la melodía que deletreaba siempre, tras el timón de su carro.

—Y... ¿es verdad lo de Carolina y su pan? —pregunto a Juvencio, también con disimulo.

—Su esposa está de viaje.

Mi mente vuela hasta una lejana tarde de verano, allá en Lima. Éramos más de cinco los feligreses de la banda. Nos invitó a beber cerveza como a cosacos. Después, mató "portolas" y atún. No era la primera vez. Manejaba un ómnibus que recorría la ciudad de norte a sur y viceversa. Era bueno, tenía muchos amigos.

Después de lo que sucedió —me cuenta Juvencio tratando que Chesmiel no escuchara la conversación—, falleció su madre y su hermano mayor. Chesmiel sigue en pie. Camina sin saber a donde va. Su sonrisa lleva los ojos tristes. No sabe de lágrimas ni llanto.

—¿Vamos por unas cervezas? —me invita con ojos deseosos de alegría. 

—Le han prohibido beber licor —Juvencio interviene, preocupado en que acepte la invitación.

—Gracias —respondí a Chesmiel—. Otro día será. 

—Yeeehhhhaaaa —sus familiares lo escucharon gritar en la ducha, una mañana, hace más de 30 años.

La operación al cráneo es muy delicada, luego de un derrame. La familia se reunió para analizar el "problema" porque en eso se había convertido el caso de Chesmiel. Una grave situación que ataba, por todos los lados, de día y de noche, el quehacer y desenvolvimiento familiar. Alguien sugirió que se lo interne en un asilo. Algunos estuvieron de acuerdo, otros no. Al final desistieron. "Sería como dejarlo en las calles de la gran ciudad, donde impera la ley del dinero, del más fuerte, una verdadera jungla de cemento".

—Así hay varios —me habla Juvencio—. Al Estado no les interesa su "problema". Jubilados con míseros sueldos, si es que lo tienen. Los hospitales, a pesar de una pandemia que azotó al país, abandonados y, por si fuera poco, los médicos viven pensando más en sus clínicas que en una buena atención en los centros donde trabajan. No se preocupan por los ancianos. Llegan y, cabizbajos, arrastran sus pies por las calles de su pueblo al que quizás ya no recuerden.

Chesmiel sube las gradas que lo llevan a caminar por la vereda de la plaza mayor de un lugar, como muchos otros, en los que una vieja posta médica, sin medicinas ni atención adecuada, los cobija. Con los brazos cruzados bajo la espalda, observa el avance lento de sus roídos zapatos y tararea una vieja canción tratando, quizás, de disfrazar su molestia.

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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Fuente de la imagen: https://masfe.org/

Servindi, 6 de marzo, 2022.- Los relatos de José Luis Aliaga Pereira –ya sean crónicas o cuentos– tienen enormes virtudes no solo literarias sino también educativas y sociales. Seguir leyendo...

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