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Textos breves para contar en velorios, por José Aliaga Pereira

Cementerio actual del distrito de Sucre, antes llamado Huauco. Foto: José Luis Aliaga Pereira.

Servindi, 5 de diciembre, 2021.- Este fin de semana el escritor y comunicador celendino José Luis Aliaga Pereira nos comparte cuatro relatos cortos asociados a la muerte y a los cementerios, que en el imaginario popular tienen mucha presencia y vitalidad.

Fiel intérprete y atento al sentir y al habla del pueblo, Aliaga Pereira sigue el camino de dar voz a los que luchan en vida y en el más allá.

 

Textos para contar en velorios

1. Dos velitas

A las tres de la madrugada Sucre, antes llamado Huauco, duerme. A esa hora están desiertas sus calles. La luz eléctrica no abastece para mostrar, en su totalidad, sus paredes blancas y veredas. Un pueblo tranquilo...

En la puerta principal de dos casas, bombillas eléctricas del tamaño de peras, han oscilado mecidas por el viento. Sus alares han sido ocupados por mujeres y hombres de diferentes edades. Conversaron y rieron, despacio. 

Atraídos por la luz de estas bombillas, mariposas nocturnas y zancudos, volaron hacia ellas; tocaron el vidrio recalentado y se evaporaron al instante. ¿Cuánto habrá durado su vida? ¡Un chasss!, una tenue nubecilla y cayeron convertidas en cenizas... 

Dos huauqueños han partido. Dos noches de velorios. Más que llevar algo de este mundo, dejaron. En realidad no se llevaron nada. 

Dos velas de nuestra historia se han extinguido...

Cementerio antiguo. Foto: Moisés Rojas Aliaga.

2. Resaca del alma

Sucedió mucho antes de la refacción de la fachada del campo santo por la que, ahora, pasan los paisanos, a cada rato, hablando sin temor y para sus adentros: "Ananau mi cementerio, qué lindazo que ha quedau".

Cuentan que un borracho había ido a festejar por el Oratorio, cerca al túnel que construyeron nuestros antepasados, el cumpleaños de su compadre.

Eran las dos y treinta de la madrugada de un día martes y el borracho caminaba muy confiado por la carretera, hasta que se dio cuenta que tenia que pasar por frente a la puerta principal del cementerio.

Felizmente, contó después el borracho a su mujer, que en la esquina del cementerio, antes de pasar, había un hombre flaco, alto; que, de pie y muy elegante, contemplaba las estrellas y el paisaje. Vestía un terno beige, corbata roja y zapatos color guinda que brillaban como espejos.

— Señor —le dijo el borracho— Podría hacermiuste el favor de pasarme a la otra esquina del cementerio?

— Encantau —contestó el hombre y, tomándolo del brazo, luego de pasar la puerta del campo santo, le habló con voz media rara: —"Cuando yo era en vida, tenía miedo; ahora no".

—¿"Cuando yo era en vida?", —se preguntó el borracho, unos pasos más  arriba—. "¿Cuando yo era en vida?", repitió.

Al comprender lo que querían decir estas palabras, al borracho, pálido de espanto, le faltaron piernas para correr.

Al día siguiente, la mujer del borracho, aseguró a todas las chismosas de su barrio que era falso que su marido había estado tomando toda la noche, como aseguraban ellas; pues, su compañero, "había llegau a casa sanito... y sin tufo".

Iglesia de Sucre antigua. Foto: Moisés Rojas Aliaga;

3. De cómo comenzaron las fiestas de Mayo

Nos lo contó doña Ursulita Sánchez, devota cristiana. Dijo que lo escuchó de boca del mismísimo cura Marina (*). 

"Oscurana estaba, ya entrada la tarde de un día del mes de mayo. El viento soplaba fuerte y el santo envolvía su cuerpo con un poncho largo, obsequiado por una vecina creyente. "Calientito aguardaba" "Así, con esas palabras, lo dijo el cura" —explicó la viejita—."Miraba la cruz del Huishquimuna, de pie, en el atrio de la iglesia, frente al portón al que ahora adornan dos ángeles bien alimentados". "El párroco se acercó sin temor alguno. En aquel tiempo nadie temía al santo que ya se perfilaba como patrón del pueblo" —doña Ursula, sentadita en su banca de madera, a la que cubría un abrigador pellejo de oveja y una alfombra de colores bordada por ella misma, habló con tal seriedad que nadie de los presentes movió siquiera una ceja para no importunarla—. "El santo nuera castigador como ahora lo califican" —puntualizó la señora. 

— ¿Qué pue'  hásuste acá? Le preguntó el cura, como si conversara con una persona común y corriente. Se pueduste resfriar así que abriguste con un buen poncho". Ahí es cuando le dijo —repite doña Ursulita, emocionada—: ¿Que pue' quieres que permanezca tiezo, sin moverme siquiera, en el altar que han construido? Me aburro en estos días, pese a las atenciones que os agradezco. Hoy, en mi pueblo, España, festejan mi cumpleaños a todo dar. ¿Sabías?

En ese momento, doña Ursula, hizo sonar su bastón de lloque contra el suelo, queriendo decirnos con ello que lo que nos estaba contando era verdad.

— Asi comenzaron las fiestas del Taitita Isidro —continuó doña Ursula—. El año anterior ni se habían acordado —agregó, volviendo a hacer sonar, contra el suelo, su bastón de lloque.

 — Eran las seis y veinticinco de la tarde, y en esos días no se cantaban los happy verdis, ni se hacían tremendas mesadas, ni gastaban tanta plata, en la fiesta del Taita. Era una celebración de verdadera fe —terminó la señora, mirándonos a los ojos, desafiante, por sí acaso se nos ocurra dudar.

4. Doña Loidia

Como un gorrioncillo ha partido doña Loidia Rojas. En silencio, como queriendo escaparse, calladita, se ha marchado; tanto así que hasta el sol y la lluvia, contemplaron, desconcertados, su partida. 

La calle Dardanelos y Jorge Chávez deben haber llorado al verla pasar sobre los hombros de los que la amaron; pero, de lo que si estoy seguro, muy seguro, es que el río La Quintilla, a la altura del puente donde vivía, lo extraña más que nadie. Extrañó las canciones que entonaba al lavar su ropa a la orilla de su lecho, antes de la existencia de los caños y el agua potable y lo extrañó también después, cuando ella le hablaba desde el puente... ¿ y, ahora?, ¿ahora?.... la extrañará mucho más.

 

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(*) Padre Gerbacio Marina. 

Fotografías: Cementerio antiguo, Moisés Rojas Aliaga; y cementerio nuevo, el autor del texto.

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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