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No sólo en Lima se cuecen… colas

Cola en Cajamarca. Foto: Wilfredo Cholán / Noticias SER

Servindi, 30 de enero, 2022.- Esta semana compartimos un relato de José Luis Aliaga Pereira referido a las "colas", en referencia a las filas o hileras de personas colocadas en línea a la espera de ser atendidas.

En “No sólo en Lima se cuecen… colasAliaga Pereira nos ofrece un fresco de las colas en el distrito de Sucre, provincia de Celendín, departamento de Cajamarca, donde habían muchas colas, hasta para recoger la leche de las vacas que distribuía el municipio 

En Perú, las colas se hicieron famosas durante el primer gobierno del expresidente Alan García Pérez de 1985 a 1990, cuando las colas eran de nunca acabar.

Cola para el pan, para el azúcar, para la leche, había entonces cola para todo debido a la inflación, la especulación y el acaparamiento.

A fin de intentar obtener lo necesario la familia desplegaba a todos sus miembros –incluso niños y niñas– a hacer cola en diversos lugares a fin de tener mejores oportunidades de atención.

Los conflictos para que se respete el orden y evitar que ingresen personas avisadas eran constantes y parte de la atmósfera popular.

Las colas no han desaparecido, continúan con diversos motivos: cola en el banco, cola para vacuna, cola para el bono, etc.

El relato que reproducimos a continuación recrea este fenómeno que no es exclusivo de la capital peruana, pero desde una perspectiva local y rural.

 

 

Gente haciendo cola para comprar un tarro de leche, medio kilo de azúcar y cinco panes por familia: 1er Gobierno de Alan García. Fuente de la imagen: Colectivo Dignidad

 

No sólo en Lima se cuecen… colas

Por José Luis Aliaga Pereira*

No se crea que en nuestro pueblo no hubo colas, ni tiempos difíciles. Una cosa son sus verdes campos, su profunda quebrada, en fin, su hermoso paisaje, y otra es la pobreza que sienta raíces y no se quiera desprender por más esfuerzos que sus pobladores hagan.

Hubo días, semanas, meses y hasta años que más parecían castigos de Dios. Si no eran los gobiernos de turno con sus idas y venidas, con su hiperinflación, su shock y no sé qué diablos más; eran las heladas, las sequías o las lluvias, los culpables de la escasez de productos de pan llevar.

Las mesas de los hogares aguardaban vacías su suerte y no intervenían ni santos, ni brujos, ni cucufatos; porque, simplemente, no las podían llenar. Hasta la chancaca faltaba para endulzar el chocolate y servirlo del cántaro bien batido y espumante.

Los acaparadores hacían su agosto y el concejo tuvo que ser el único en distribuir la leche, el azúcar, el arroz, etc., etc. Se hacían colas muy largas y había que madrugar para ganarlas. "Hoy día llegó el arroz, mañana llegará el azúcar y el sábado es la cola para la leche". La gente se pasaba la voz de boca en boca y eran días de nunca acabar.

Justamente, un sábado sucedió los que les quiero contar: salí de mi casa a las cinco de la mañana y aunque me levanté temprano me tuve que conformar con un lugar a casi cien metros del local municipal. La cola se pintaba de muchos colores. El primero era don Pishtaco, luego seguía doña Clotilde y después el hijo de don Artemio que conversaba con doña Inés. Sesenta y tres personas exactamente conté y la preocupación por estar adelante, no era tanto por ser atendido primero, sino es que, a veces, se era tan piña que cuando te tocaba el turno, ya no había gota de leche que darte y con las mismas volvías a tu casa para, con los tuyos, en la mesa, mirarte las caras solamente.

Minutos van, minutos vienen; la hora del reparto se acercaba y de repente, un comentario alborotó el ambiente: había, entre los que hacían cola, una regular piedra y una jarrita de llamativos colores. ¡No puede ser!, gritaba la gente. ¿Yo me mato acá parado y va ha llegar un sinvergüenza que muy bien a dormido para ingresar primero?

La coqueta jarra y la muda piedra, cumplían celosa e imperturbablemente la labor que sus dueños, o sus amos, podríamos decir, les habían encomendado.

Cuando el encargado del concejo abrió la puerta, el griterío de protesta se hizo mayor. Un poco apresurado y tarde, llegaba un guardia al lugar.

—¡Señor policía, no puede ser, mire usted, hay una jarra y una piedra haciendo cola, mientras sus dueños, plácidamente duermen, es una burla! Se quejó el más atrevido.

—Tiene usted razón —dijo el guardia—, esto es injusto y si esos señores se presentan, tendrán que hacer su cola en el último lugar.

La cola avanzaba; los primeros salían sonrientes, luego de recibir su ración de leche de vaca recién ordeñada, sin una gota de agua, espumante y fresquecita.

Nadie se dio cuenta pero, de pronto, un murmullo, como el que se escucha en los mercados, recorrió la primera cuadra de la calle Próspero.

El familiar de un "engalonado"* de alto grado, aparecía por la derecha del municipio y por al frente llegaba doña Conchu.

Los madrugadores, inexplicablemente, enmudecieron y una voz dijo muy bajo:

—¡La piedra es de ella y la jarra de doña Conchu!

El guardia, sonriente, se acercó a tan elegante dama y después de saludarla, casi militarmente, le dijo señalando la desvergonzada piedra:

—¡Señora, muy buenos días, su lugar está bien cuidado, pase usted por favor!

—¡Muchas gracias, no faltaba más! —contestó la señora, mirando de reojo la piedra y pasando a recibir su ración, junto con doña Conchu que cogió su jarra con gestos despectivos y caminó meneando las caderas y alzando la quijada por encima de los hombros.

El populorum no dijo esta boca es mía; sólo se limitó, tímidamente, con un ¡jjjjmmm!, a burlarse del uniformado, que se retiró silbando, perdiéndose por la bajada del pueblo, balanceando su vara, como si no hubiese pasado nada.

Mientras el sol alumbraba ya la totalidad del pueblo y el alcalde, desde el balcón del concejo, sonreía, observando un gallo chusco que picoteaba el jardín de la plaza de armas, buscando un suculento gusano.

Glosario

Engalonado: Que lleva "galones". Galón es un distintivo que hace saber del grado de un militar o policía, generalmente se lleva sobre los hombros.

(escrito en Lima, en setiembre de 1990 y publicado en la revista El Labrador).

 

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* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendín, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo). Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendin, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».

 

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