Servicios en comunicación Intercultural

Abimael Guzmán sigue muriendo, ¿hasta cuándo?

Los dueños e ideólogos de las derechas, de los medios de comunicación y los analistas politólogos podrían avanzar unos centímetros más allá de su letanía sobre el comunismo-senderismo-terrorismo, que siguen en su imaginación como si el Perú se hubiese detenido en 1950. Les queda la dura tarea de renovar sus banderas, de la a la z. ¡Tremendo desafío!

Abimael Guzmán sigue muriendo, ¿hasta cuando?

 

Por Rodrigo Montoya Rojas*

El 28 de mayo publiqué en este mismo Portal el artículo ¿Qué queda de Sendero Luminoso? “uy qué miedo, el comunismo y el senderismo van a revivir” ¿No dijeron los sabios de las derechas que con la llegada del profesor Castillo el comunismo-senderismo-terrorismo estaba ya a punto de ocupar Lima y el Perú? Sorpresas tiene la vida: de la fuerza enorme que le atribuyeron, ahora los senderistas tratarían de revivir luego de la muerte de su jefe y habría que terminar de acabar con esos enemigos de una vez, con una ley especial para Abimael Guzmán. Esa ley póstuma, con nombre propio, contribuirá, entre otras consecuencias, a mantener el fueguito de la historia convertida en mito, sin que a nadie se le ocurra, felizmente, que AGR resucitará al décimo octavo día y que volverá con el látigo de su justicia.

Una semana duró la letanía de las derechas y sus aliados sobre el genocida Abimael, como si él fuese un superhombre de las películas norteamericana que es capaz de todo y de ganar. ¿Y el resto de la sociedad?, ¿hasta cuándo durará esa visión bipolar de ángeles contra demonios? Ya es tiempo de escapar y volver los ojos sobre la realidad con sus contradicciones grandes y menudas. 

Uno, ¿Cuál sería la herencia intelectual de AGR? ¿Existe algún texto suyo comparable a los Siete ensayos de JCM?, ¿otro equivalente al Libro rojo de Mao, aquel compendio de frases, especie de anticipada suma de sus tuiters? 

Se sabe que AGR escribió muchos documentos políticos internos, para afirmar la pretendida verdad revolucionaria de sus posiciones y en combate contra las corrientes desviacionistas o enemigas del partido; el coronel policía Benedicto Jiménez los habría reunido y leído todos, y sería el mejor conocedor vivo de esa documentación cuyo valor policial es innegable. Hasta hoy, sabemos poco o nada de lo que Abimael Guzmán Reynoso, AGR, escribía y decía sobre el Perú, el proceso de desarrollo del capitalismo dominante y su articulación con los pueblos indígenas, de sus estructuras de clases, grupos e individuos, de la ruptura de un desarrollo propio y autónomo de la sociedad inca por la invasión española, etc, etc. Habría sido muy importante contar con una visión suya sobre el feudalismo o semi-feudalismo del Perú después de las cinco reformas agrarias (La última fue ordenada por sus cuadros medios en los Andes a través de cartas en las que amenazaban a los pocos gamonales que quedaban luego de las cuatro primeras reformas, conminándolos a abandonar sus pueblos y si no lo hacían, ser ajusticiados por sus comandos que llegaban con una lista de nombres y apellidos de los condenados a morir por balas, cuchillos o piedras. Luego, esos comandos disponían a qué manos pasarían las tierras de las víctimas.  

Antonio Díaz Martínez, un ingeniero agrónomo, formado en la Universidad Agraria y luego profesor en la Universidad de Ayacucho, fue (hasta donde conozco) el único dirigente de Sendero con un libro publicado: Ayacucho, hambre y esperanza, (1985) en el que describe y presenta cifras de la pobreza y miseria de los campesinos y su ferviente deseo de no aceptar esa realidad. No hay en ese libro nada sobre el marxismo leninismo, maoísmo, pensamiento de Gonzalo. Por orden de Alan García, Díaz Martínez y otros casi trescientos presos acusados de ser senderistas fueron liquidados en el Frontón, en 1986. Lamento no haber encontrado en la Escuela de Antropología de la Universidad de Ayacucho el informe o tesis sobre trabajo de campo en algunas haciendas de las alturas de Huanta, presentada por Osmán Morote Barrionuevo, en 1969. Es probable, que en universidades de provincias haya habido más trabajos como ese, que podrían estar escondidos o desaparecidos. 

Hay también algunos libros publicados de autores que defienden a AGR, cuyo aporte en materia de ideas nuevas y propias es muy débil. Sí son muchos los libros muy importantes como los de Gustavo Gorriti, Carlos Iván Degregori, Gonzalo Portocarrero y Edilberto Jiménez, por ejemplo, cuyo denominador común es su perspectiva crítica. También ya contamos textos de víctimas y testigos de lo que fue SL en literatura y ensayo…     

En todo el período de presencia y aparente control senderistas de algunas universidades, ¿produjeron un artículo, una tesis universitaria, algunas propuestas para mejorar las universidades, algunas opciones frente a las corrientes dominantes de las ciencias sociales? No. Su paso por las aulas universitaria fue únicamente para reclutar jóvenes dispuestos a aceptar la lucha armada como instrumento para capturar el poder; también para conseguir trabajo a algunos de sus miembros como empleados y obreros. 

Dos, una historia (personal) 

En 1971, fui a la Universidad de Ayacucho a presentar mi libro A Propósito del carácter predominantemente capitalista de la economía peruana (1960-1979, tesis doctoral en San Marcos), fruto de una larga investigación. Mi tesis negaba el carácter feudal, defendido por los senderistas, todos los maoístas y el Partido comunista peruano. Los senderistas volantearon diciendo que yo era un pequeño burgués, trotskista, agente de la CIA y del imperialismo yanqui, enemigo de Mariátegui y que me colgarían en la higuera del local central de la Universidad. A pesar de esa amenaza, presenté el libro y respondí a todos los ataques; no me colgaron, desde entonces, me consideraron como un adversario-enemigo. En San Marcos, hasta mi retiro, estuve consagrado a la investigación y a la enseñanza; no quise ser jefe ni decano, porque estaba en el centro de dos fuegos: para los senderistas era yo un gobiernista y los gobiernos me veían cercano a Sendero.

Unos científicos sociales inventaron una historia, dijeron que Pablo Macera, Tito Flores Galindo, Nelson Manrique, y Carlos Castillo Ríos, fuimos vistos almorzando con Abimael Guzmán en un restaurante de Lima. Ninguno de nosotros habló nunca con él y el almuerzo fue inventado. Tenían una razón, los cuatro éramos en el mundo intelectual a mediados de los años ochenta los que tratábamos de entender el nuevo fenómeno social de Sendero Luminoso y no nos conformábamos con creer, como ellos, que era una encarnación del demonio. 

Discutí cuantas veces pude con los senderistas; en mi primer artículo sobre SL e Izquierda Unida, en la Revista Sociedad y Política N° 13 (Sociedad y Política, 1972-1983, edición facsimilar pp. 773-782) señalé que prohibir a los indígenas campesinos de las alturas de Huamanga ir a la feria de Lirio para vender sus productos y comprar lo que no producían, propiciando una especie de autarquía, significaba no haber entendido la importancia del mercado; y considerar a las autoridades indígenas en los consejos municipales, en la gobernaciones y en las propias comunidades como enemigos de clase, significaba no haber entendido lo que son las clases sociales, y que matar campesinos en nombre del campesinado no tenía nada que ver con el marxismo, ni con la izquierda. Más tarde, en mi libro Cien años del Perú y de Arguedas, demostré en mi lectura de la novela Todas las sangres, que Arguedas no tuvo nada que ver con SL (Arguedas murió en 1969, antes que SL apareciese). 

Un caset de canciones senderistas que pude oír, no tenía nada original, la música era prestada y copiada para acompañar sus versos cambiados de waynos y yaravíes, y esas marchas de imitación de los guardias rojos de China por sus presas en cárceles de mujeres en Lima. En otra visita a Ayacucho, en 1986, buscando la poesía quechua que se canta, estuve alojado en casa de un profesor amigo de la Universidad; supe luego, que en esa casa vivió alguna vez Abimael Guzmán. Una noche, de regreso, tarde, vi que en la sala una docena de estudiantes tocaban y cantaban waynos; el profesor les dijo que yo era hermano de Edwin Montoya, el puquiano de oro; me pidieron que cantara y no pude negarme. Casi al final, supe que entre ellos había un probable miembro de SL. Le pedí que me diera un contacto con alguno de los dirigentes, para conversar. Tres días después, me envió un mensaje diciendo que sus contactos no tenían interés alguno en conversar conmigo.       

En la Universidad de Huancayo expresé a los estudiantes mi total rechazo al asesinato de vacas a cuchilladas y destrucción de la granja Allpachaka-Puente de tierra, que la Universidad de Ayacucho tenía, en 1982, con programas de pastos, de mejoramiento de ganado, y de semillas de papas. Mi argumento principal era muy sencillo ¡qué culpa tiene las vacas! Una alumna me respondió encolerizada, afirmando que las vacas eran imperialistas y que, como buen profesor pequeño burgués, no pensaba yo en los niños que no toman leche. Pueden ustedes observar, lectoras y lectores, que no tenía sentido continuar esa discusión.

En mi curso de introducción a la antropología económica, en la Escuela de Antropología de San Marcos, en 1989 o 1990, un alumno, que era profesor de primaria o secundaria en Lima, me criticó con mucha cólera diciendo que yo era un profesor académico y no político porque en la bibliografía del curso figuraba un libro de John Murra, un destacado antropólogo que consagró su vida a tratar de entender la sociedad inca, a quien calificó de imperialista por ser norteamericano. Ese alumno fue el ejemplo para que yo detecte en ese momento un raro grupo de senderistas orales, que hablaban con palabras llenas de pólvora y no pegaban tiros. Poco tiempo después, se fue del Perú y consiguió un puesto de profesor en una universidad latinoamericana, amparándose en su condición de víctima de la represión gubernamental, por su “compromiso” con las clases populares del país. Me enteré después, que un alumno mío -asistente a algunas clases y siempre en silencio- murió en una confrontación de senderistas con la policía en el distrito de la Molina. Él aprendió a pegar tiros y no decir nada. En su mejor momento, en San Marcos, los senderistas solo reclutaron 250 manifestantes enmascarados con los pasamontañas de las tierras altas de los Andes, recorriendo los pasillos de las facultades de letras, ciencias sociales, economía, derecho, física y otras facultades. Por el poder de sus máscaras, infundían miedo y temor; paralelamente, los profesores dábamos nuestras clases porque esas pequeñas marchas eran ya parte del paisaje. Cuando San Marcos tenía casi cuarenta mil estudiantes, un puñado de senderistas como ese fue convertido en una aparente gran fuerza que habría tenido el control de la Universidad; se trataba de una invención de la policía y de los periódicos interesados en presentar a SL como un temible adversario a punto de tomar el poder.                   

Tres, La rabia andina, para tratar de entender la tesis central de SL. 

Entre los años 70 y 80 del siglo XX, mi trabajo de investigación estuvo centrado en el proceso del primer siglo de desarrollo capitalista (1880-1980), el estudio de las luchas por la tierra en ese mismo siglo y mi acompañamiento a los campesinos de la Confederac ión Campesina del Perú (CCP) en sus tomas de tierras en Andahuaylas y Cusco. En las dos décadas siguientes (ochentas y noventas) consagré mi atención principal a la cultura quechua a través de los versos poéticos que se canta, y mi atención al surgimiento de un nuevo actor político en el escenario peruano: el movimiento étnico y político de los indígenas amazónicos, como parte de una corriente que comenzaba igualmente en los países de fuerte composición indígena en América latina. Era el momento de volver los ojos sobre la Amazonía, la hermana ausente y negada, que forma parte del Perú desde su primer brote y que fue poblada y construida por un centenar de pueblos indígenas. 

Paralelamente, seguí tratando de entender el fenómeno de Sendero Luminoso y llegué a una primera conclusión: lo más importante para ellos y ellas era acabar con el estado feudal o semi feudal del Perú, empezando desde abajo, comunidad por comunidad, pueblo por pueblo. Demoler, fue su verbo preferido, seguido de su convicción profunda: basta de programas, tesis e ideas; es hora de actuar, de tomar las armas, de ir del campo a la ciudad. Les parecía inútil hablar de teorías, programas, democracia y socialismo; pensaban que del socialismo se ocuparían más tarde. Profesores de primaria y alumnos de universidades como la de Ayacucho, en castellano y en quechua, serían los mensajeros de esa nueva propuesta. Bastaba ganar la complicidad de los campesinos-indígenas para arreglar cuentas con las malas autoridades, con los pocos gamonales que quedaban porque la mayoría de ellos ya había perdido las tierras que tenía; volando torres de electricidad para que los privilegiados del país sepan lo que es vivir sin luz, sin agua y desagüe; atacando y matando a autoridades del Estado, de los municipios y de las propias comunidades campesinas, por su complicidad con los dueños del Perú, matando a algunos curas por negociar con las ayudas que llegaban de fuera, a funcionarios de gobiernos regionales que inauguraban puentes nunca construidos, o a los maestros jefes que cobraban un sueldo de un profesor o ir a la cama con la profesora que buscaban un puesto para enseñar en alguna parte. Esos actos feroces eran considerados por los senderistas como medios de propaganda eficaz para que los campesinos-indígenas confíen en los cuadros senderistas. El quechua, no les sirvió como una lengua rica en posibilidades para el futuro del Perú; en nombre de la modernidad europea conocida en Perú en el siglo XX y compartida por sus jefes, les pareció un alengua condenadas a desaparecer y tuvieron la osadía de cerrar los programas de Educación Bibilingüe de San Marcos en Junín y de la Iglesia católica con ojos poco oficiales entre los asháninkas.  

Buscando cómo llamar a la causa última que podía explicar las acciones de Sendero, pensé en el concepto de rabia, palabra castellana introducida en el quechua para expresar un estado de cólera en situación límite. Los sacerdotes indígenas aconsejan no llegar al estado de rabia porque sus estallidos pueden traer graves consecuencias. Rabia andina es la que siente un alumno de economía en una universidad como la de Ayacucho, que se expresa mejor en quechua que en castellano, a quien un profesor sabio y con lentes le dijo que por eso nunca tendría un puesto de economista en el Banco Central de Reserva, que era preferible que vuelva al campo para unirse a la guerra popular y acabar con los enemigos, uno por uno, poco a poco, paso a paso, en una guerra prolongada.    

No podía durar mucho esa inicial complicidad ganada con su práctica aparentemente justiciera. Todo cambió cuando los alcaldes varas de los ayllus- comunidades fueron reemplazados por los jóvenes senderistas, cuando las autoridades respetadas por sus pueblos fueron asesinadas por su complicidad con el estado feudal, (lo mismo ocurrió entre los asháninkas), cuando los chicos y chicas de los colegios fueron raptados por los senderistas para ser llevados a sus campos de entrenamiento, sin pedirles su opinión; cuando ocurrió la masacre de 69 comuneros en Santiago de Lucanamarca (1983). Por esa vía, acabó la complicidad y los propios campesinos indígenas se organizaron y pelearon contra SL; ante ese fracaso sus cuadros tuvieron que retirarse de los Andes y perdieron el horizonte. Poco después, con la prisión de Abimael, comenzó el final.  

Cuatro, ¿Hasta cuándo será Perú un país productor de Abimaeles?

Es del Perú que salieron Abimael, Montesinos, y Fujimori, como grandes actores de la violencia peruana en los últimos 40 años. Si tenemos una memoria corta seguiríamos el consejo que desde el poder nos dan para no mirar el pasado y volvernos piedras si es que lo intentamos. Conviene citar algunas cifras para recordar y llenarnos de vergüenza, de más vergüenza que ya tenemos: de los diez o doce millones de habitantes en la sociedad inca, quedaron en 1620, solo seiscientos mil, el 5%, por las pestes y las guerras entre Huáscar y Atahualpa, entre Pizarro y Almagro, nuestros abuelos, de ellos descendemos aunque no nos guste; cien mil fueron los muertos por la revolución nacional indígena de Túpac Amaru, Túpac Katari y Tomás Katari, contra el virreinato del Perú; Tres mil habrían muerto en Uchuraccay allá por 1826; 69, 284 fueron las víctimas entre SL, el MRTA y las Fuerzas armadas y policiales, el 54 % de ellas fueron atribuidas a los primeros ¿y el 46 % restante?, ¿no mataron los militares a nadie?. Ese porcentaje restante está borrado del recuerdo, sí, ¿por cuánto tiempo más? El último ejemplo es el resultado de la pandemia en lo que va de 2020 y 2201; otro tipo de violencia, es cierto, pero por lo menos un 70 % debe corresponder a los pobres, como el 75 % de indígenas quechuas y asháninkas entre 1980 y 2000. Nos guste o no, una conclusión es inevitable: la violencia está en nosotras y nosotros, aunque no queramos verla y nos hagan creer que solo es fruto de los demonios y espíritus del mal.  

Si como cuentan los intelectuales del orden capitalista establecido tenemos en Perú una nación, una república, una democracia, aunque no nos guste tenemos el deber de decir que esta nación, esta república y esta democracia, es productora de la violencia. Abimael Guzmán, acaba de recibir una nueva condena después de muerto con la pretensión de acabar con su ejemplo, no mostrando su cadáver, y haciendo desaparecer sus cenizas para que no tenga un mausoleo o algo parecido. El libreto ha sido oficializado con una ley, y lo veremos después cuando le toque el turno a los que vengan después. 

Cinco, Perú, país de siglos perdidos, (no sólo de las últimas tres o cuatro décadas) por no haber aprendido las lecciones de su historia.  

Como dice el viejo cuento, “desde tiempos inmemoriales”, seguimos con la historia conocida: violencia por violencia, ojo por ojo, diente por diente, (fuentes por leer: la Biblia y el pensamiento de la derecha pura y dura). No hay ninguna superioridad ética entre los bandos que ordenan matar y cuentan sus propios muertos por la misma mano de la violencia, con otras siglas y otros nombres. Está a la vista la confrontación de SL con los gobiernos de Fernando Belaúnde, Alan García y Alberto Fujimori, entre 1960 y 2000.   

¿Reconciliación?, ¿perdón?, no; ¿recuerdo de la generosidad de Grau?, no; ¿recuerdo de la noche nupcial y una torta ofrecida por la fingida generosidad del cogobierno Fujimori-Fuerzas Armadas- Vladimiro Montesinos (ex -”traidor a la patria”) a Abimael Guzmán, luego de la firma del Acta de la Paz, que costó el comienzo de la destrucción de Sendero Luminoso?, no. Quienes se llaman verdaderos peruanos y defensores de la democracia, y al resto nos llama comunistas, terroristas, enemigos de la democracia, son todos católicos apostólicos, romanos, limeños, arequipeños, etc. Probablemente Guzmán no se sentía católico, pero fue cabeza de un puñado de seguidores que lo adoraron como si fuera un santo y las imágenes de él (hace 40 años) en los muros de algunas universidades lo presentaban como si fuera una especie de Jesús saliendo de las aguas, o con lentes de Intelectual y un libro en la mano, parecido a San Gerónimo, el santo doctor. El inconsciente existe y suele aparecer en imágenes conscientemente inaceptables que pueden ser negadas mil veces, pero están ahí, flotando en la superficie hasta que un buen chamán o una buena psicoanalista las desmenuce y desvanezca, tarea nada fácil, por supuesto. 

De las canteras católicas, (papa, obispos y curas) no brotó una voz para dar batalla por la reconciliación y tratar que los enemigos se acerquen, conversen, se expliquen, den y escuchen sus razones; luego, se den la mano, un abrazo, sin trastiendas y no vuelvan a cometer los mismos crímenes. Es historia conocida el entendimiento y la alianza del partido comunista chino de Mao Tse Tung y el Partido nacionalista Chang Kay sek, enemigos aparentemente irreconciliables con miles de muertos en común.

Antes de la juramentación de la Comisión de la Verdad en 2001, el presidente Toledo incluyó en ella a tres nuevos miembros; dos de la Iglesia católica y un teniente general de la aviación ®, que fue juez y parte en sus dos años de trabajo y que fue también jefe de su gabinete de asesores durante los cinco años de gobierno. Publicado el Informe final en 2003, la reconciliación brilló por su ausencia; no podía ser de otro modo, las fuerzas armadas guardaron silencio sobre lo ocurrido; luego, sus altos jefes se sintieron heridos y se refugiaron hasta ahora bajo un paraguas aparentemente poderoso: las fuerzas armadas hicieron lo que hicieron en defensa de la democracia. Se sienten parte de la democracia y la defienden negándola en los hechos, sin aceptar crítica alguna. Esa es la línea compartida por el bloque de poder (político económico y mediático, oficialmente católico con presencia evangélica (“con mis hijos no te metas”) que considera al gobierno de Pedro Castillo como comunista y senderista, y que acaba de lograr la ley que pidieron al congreso: un fiscal ordenará la incineración del cadáver de AGR y encargará a quien corresponda desaparecer sus cenizas en un lugar desconocido que multiplicará las versiones cobijadas bajo el paraguas del atribuido al misterio. ¡Misterio! 

Si la teología de la Liberación del padre Gustavo Gutiérrez, se reencarnase en una izquierda católica como en sus primeros tiempos, otra sería la historia porque saldrían con sus escobas a barrer la iglesia y poner a los mercaderes (esos del mercado y la política) en la calle, como paso previo a la reconciliación y con ese gesto ganarían un apoyo popular y tendrían aliados para realizar el ideal de justicia que defienden.   

Abimael sigue muriendo, no sabemos hasta cuándo, no ha terminado de morir; lo creen vivo quienes no han visto ni una foto de su cadáver, deben verlo antes de creer; y los que, sin haberlo visto, creen la versión oficial. También yo, creo que murió, enfermo, con 86 años, 29 en una prisión de alta seguridad de la que no pudo huir ni ser rescatado. No obstante, hay algunos muertos que siguen viviendo; por un tiempo, no eternamente, porque ni el tiempo es eterno y todo lo que comienza, termina. El bloque de poder, la coalición de derechas, que no acepta aún el gobierno de Castillo, busca la oportunidad propicia para disolverlo, derrocarlo. Siguen creyendo que el peligro comunista y senderista, enemigo de su democracia, es útil aún para sus propósitos. Con esa convicción, ofrecen sus leños para atizar las brasas y mantener el fuego en el que un hecho histórico real, se convierte en mito, en ficción. En la otra orilla, habrá probablemente algunos seguidores de Abimael, que en la semana del cadáver sin ley que autorice cuándo y dónde incinerarlo y desaparecerlo, estén pensando en mantener sus leños, y brasas y su propio fuego.         

Los dueños e ideólogos de las derechas, de los medios de comunicación y los analistas politólogos podrían avanzar unos centímetros más allá de su letanía sobre el comunismo-senderismo-terrorismo, que siguen en su imaginación como si el Perú se hubiese detenido en 1950. Les queda la dura tarea de renovar sus banderas, de la a la z. ¡Tremendo desafío!

---
* Rodrigo Montoya Rojas es antropólogo y escritor peruano, nacido en Puquio, Ayacucho. Profesor Emérito de la Universidad de San Marcos, de Lima, por la que se doctoró en 1970. También obtuvo un doctorado en Sociología en la Universidad de París, y es profesor visitante en varias universidades de Europa y América.

----
Fuente: Columna Navegar río arriba, portal La mula, publicado en Lima el 17 de setiembre de 2021: https://navegarrioarriba.lamula.pe/2021/09/18/abimael-guzman-sigue-muriendo-hasta-cuando/rodrigomontoyar/
Valoración: 
0
Sin votos (todavía)

Añadir nuevo comentario