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¿Existe el manejo forestal comunitario en el Perú?

Viveros en Coriteni. Foto: Serfor

El presente artículo tiene carácter exploratorio y es más bien una invitación a la comunidad de involucrados en el manejo forestal comunitario en el Perú, incluyendo fuertemente a los intelectuales indígenas y de los diversos pueblos y comunidades locales de nuestra Amazonía (hombres y mujeres) a profundizar la reflexión y la capacidad de propuesta.

Por Rodrigo Arce Rojas*

13 de setiembre, 2020.- El presente artículo tiene carácter exploratorio y es más bien una invitación a la comunidad de involucrados en el manejo forestal comunitario en el Perú, incluyendo fuertemente a los intelectuales indígenas y de los diversos pueblos y comunidades locales de nuestra Amazonía (hombres y mujeres) a profundizar la reflexión y la capacidad de propuesta.

Ello como respuesta a que uno de nuestros problemas refiere al hecho que damos por sentados conceptos a partir de las políticas públicas, las normas, los textos oficiales y oficiosos, los discursos de líderes y lideresas de organismos nacionales e internacionales y no reflexionamos lo suficiente sobre lo que estamos hablando.

Ello se debe a que como sociedad hemos generado una cultura de la disciplina que promueve la estandarización y normalización del pensamiento. Salirse del esquema instituido puede ser visto como atrevido e incluso hasta irresponsable, cuando no despistado o irreverente.

Para poder responder a la pregunta si es que existe el manejo forestal comunitario tendríamos que remontarnos a la historia misma de la humanidad. Entonces, podríamos reconocer que de recolectores y cazadores pasamos a la domesticación de plantas y animales lo que finalmente condujo a la agricultura y la ganadería que era una de las formas de asegurarse la provisión de alimentos y la sedentarización de las poblaciones. Aunque en el caso específico de la ganadería se ha ido cambiando de un sistema extensivo a un proceso intensivo que conlleva cada vez procesos de sedentarización.

Hay que entender que el proceso de domesticación de plantas y animales es una forma de manejo pues implica conocer para dominar y someter la naturaleza a favor del interés humano. En el caso específico de la interrelación con los árboles inicialmente primó la recolección de los dones o bondades de los árboles y posteriormente, especialmente en el caso de los árboles frutales, se incorporaron elementos de selección artificial para favorecer características de interés humano. El proceso de manejo de árboles con fines de producción de madera y otros productos forestales es algo más tardío. Todo esto en términos generales.

Ahora bien, si nos trasladamos a la Amazonía y sus pobladores iniciales lo que podemos apreciar es la siguiente secuencia. Partimos de la recolección de plantas silvestres a la caza y a la pesca, posteriormente hace su aparición la horticultura y con ello la domesticación de algunas plantas que actualmente se han incorporada a la dieta de la humanidad. Es así que nos encontramos frente a las chacras de policultivos que en buena cuenta significan diversos cultivos en una misma área imitando la estructura y la funcionalidad del bosque por lo que también es posible encontrar árboles y palmeras en estos modelos de producción agrícola.

Es en ese mismo contexto que podemos entender el papel de las tierras negras antropogénicas a favor de la producción de alimentos y otros fines como medicinales o culturales. Quiere decir que aquí también encontramos expresiones incipientes de manejo forestal. Lo cierto es que inicialmente este manejo, que implica conocimiento y simplificación del ecosistema, tenía orientaciones básicamente de auto subsistencia. Luego hacen su irrupción las chacras de monocultivos, primero para la autosubistencia y posteriormente con fines de comercialización en los mercados.

Ahora bien, es importante detenerse aquí porque cuando estamos hablando de manejo indígena se inscribía en el marco de su cosmovisión que implicaba una relación estrecha con la naturaleza. Esta interrelación donde las categorías de cultura y naturaleza tienen fronteras borrosas o simplemente no existían como entidades separadas. Esto implicaba una relación horizontal y de respeto y que no negaba la intervención humana sobre la naturaleza, pero se hacía en el marco del respeto. En tanto los pueblos indígenas amazónicos no formaban parte de la tradición modernista eurocéntrica el manejo (sin que se use la palabra) era parte de una relación de reciprocidad.

En tanto los pueblos indígenas amazónicos no formaban parte de la tradición modernista eurocéntrica el manejo (sin que se use la palabra) era parte de una relación de reciprocidad.

Es importante subrayar la diferencia porque el concepto de manejo construido como una categoría social europea obedecía más bien al entendimiento que el mundo era una máquina, plantas y animales concebidas como máquinas, e incluso el propio ser humano era concebido como una máquina.

Con el proceso de modernización se generó una racionalidad económica que terminó por cosificar a la naturaleza y mercantilizarla lo que en buena cuenta significa reducirla a cosa, darle precio, reconocer propiedad con fines de poder comprarla y venderla sin ningún tipo de escrúpulos porque se pensaba que la naturaleza había sido hecha para ponerla al servicio de las necesidades e intereses humanos.

Nuestra civilización occidental se ha encargado entonces legitimar la ideología de mercantilización de la naturaleza, algo inédito en la historia previa a la modernidad. En esta perspectiva confluyen la ciencia, la economía y la política y ha sido entusiastamente interiorizada en los Estados y legitimada por la comunidad internacional.

Tenemos que reconocer entonces que en los pueblos indígenas amazónicos sí había expresiones de manejo forestal pero inicialmente tenían una lógica diferente a la visión antropocéntrica europea. Podemos llamar entonces a estas manifestaciones de relacionamiento entre pobladores indígenas y bosques como manejo forestal tradicional. Como tal, su orientación básica era para la satisfacción de las necesidades materiales y no materiales de los pueblos y no estaba vinculada al Estado, a las leyes ni tampoco a los mercados. Menos aún a la dependencia de recursos materiales y económicos externos porque se desarrollaba en función a los requerimientos específicos y condiciones de los pueblos, familias y personas.

El manejo forestal comunitario tal como se entiende actualmente, está ligado al Estado, a las leyes, a los mercados y sustancialmente a los recursos externos. Fueron las necesidades de abastecimiento de la industria forestal las que motivaron que los empresarios forestales se acerquen a las comunidades para proponerles hacer negocios que en la mayoría de los casos fueron (muchos todavía lo son) inequitativos. Ello no implica reconocer que también algunos líderes de las comunidades buscaron (y buscan) a los empresarios para hacer negocios forestales. Con el incremento de las poblaciones de los pueblos indígenas y el consecuente incremento de necesidades las comunidades están urgidas legítimamente de atender la generación de ingresos económicos. Lo que en la práctica sucedió fue que las empresas trabajaron los bosques de las comunidades bajo una relación fuertemente asimétrica basada en el control real de las operaciones forestales, aunque contaban con la anuencia de la comunidad.

Aunque muchas de estas expresiones han sido tipificadas como manejo forestal comunitario en sentido estricto no lo son porque el poder real se encuentra, en la mayoría de los casos, en manos de las empresas forestales.

Aunque muchas de estas expresiones han sido tipificadas como manejo forestal comunitario en sentido estricto no lo son porque el poder real se encuentra, en la mayoría de los casos, en manos de las empresas forestales. Ya sabemos que todo esto desembocó en multas a comunidades por infracciones a la legislación forestal y de fauna silvestre como una de las grandes expresiones de injusticia ambiental en el que también se hizo presente la corrupción y la participación interesada de algunos regentes forestales de la comunidad pagados por la empresa forestal.

Ello no significa que no pueda haber manejo forestal comunitario tercerizado siempre y cuando la comunidad mantenga el poder real y el control para asegurar la sustentabilidad de la operación forestal comunitaria. Salvo contadas excepciones las comunidades no han logrado beneficiarse de lo que se llama “manejo forestal comunitario”. Lo importante es tener claros los objetivos para no entreverar los caminos y seguir legitimando la mercantilización de la naturaleza que alcanza a la mercantilización de las personas, sus ideas y sus culturas.  

Salvo contadas excepciones las comunidades no han logrado beneficiarse de lo que se llama “manejo forestal comunitario”.

Quiere decir entonces que para que haya manejo forestal comunitario la operación tiene que estar bajo el control real de las comunidades con mecanismos claros de gobernanza interna y de vigilancia y control para asegurar la equidad y sostenibilidad de la operación. Aquí llegamos a un punto sensible pero que es necesario expresarlo. Se trata del hecho de la disminución de exigencias del manejo forestal con la finalidad de favorecer que las comunidades puedan hacer manejo forestal comunitario. Aunque tiene una finalidad social y cultural positiva enfrenta el problema que con estas medidas no se asegura necesariamente la sustentabilidad ecológica de los bosques.

Además, bajo el esquema actual que generosamente se llama “manejo forestal comunitario” –cuando en realidad el control real está en manos de la empresa forestal–, las facilidades terminan beneficiando a las empresas forestales más que a las propias comunidades y esto es un contrasentido del manejo forestal comunitario que busca la satisfacción de las necesidades materiales, culturales y espirituales de las comunidades.

Es cuando apreciamos que la lógica de mercantilización de la naturaleza termina por aplastar la cosmovisión de los pueblos indígenas porque el objetivo real no estaría orientado a generar auténticas opciones de bienestar para los pueblos indígenas sino garantizar el abastecimiento a la industria forestal y mejorar la visibilidad de la contribución económica del sector forestal al PBI nacional. La violencia no solo es física sino también cuando priman criterios de injusticia epistémica y ontológica. El hecho que muchos pueblos indígenas estén abandonado su perspectiva biocéntrica de respeto a la vida por la perspectiva antropocéntrica de la cosificación de la naturaleza no justifica que se continúen desconociendo los valores intrínsecos de la naturaleza.

Los pueblos indígenas a nivel político reivindican su relación estrecha con la madre tierra, con la yacumama, también propugnan por la gestión holística del territorio bajo gobernanza propia, también hablan de una economía indígena solidaria respetuosa de su cosmovisión y su cultura. La esencia de su propuesta radica en la vida plena que implica el respeto a las personas y el respeto profundo a la naturaleza. Consecuentemente son estos principios los que se requiere tomar como fundamento para reconceptualizar el manejo forestal comunitario.

Son las propias lideresas y líderes de los pueblos indígenas (aunque el manejo forestal comunitario es aplicable a comunidades locales en general) quienes tienen que dirigir este proceso reflexivo y propositivo. La ficción de la naturaleza como mercancía necesita ser recreada por relatos, narrativas y acciones de celebración y respeto por todas las expresiones de la vida. Ello debería llevar a preguntarse si la actual práctica orientada a la madera es la mejor opción o existen otras alternativas a partir de los árboles en pie. Los especialistas indican que la mejor manera de interrelacionarse con los bosques naturales es a partir de sus bondades ecosistémicas. Pero esa discusión les corresponde a ellas y ellos con base en información y sentido profundo de sustentabilidad genuina y profunda.

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*Rodrigo Arce Rojas es Doctor en Pensamiento complejo por la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin. Correo electrónico: [email protected]

 

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