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Gudynas: El fracaso político en enfrentar el cambio climático

Incendio forestal en Brasil. Foto: Michael Dantas / WWF

Los conglomerados de actores políticos no entienden la evidencia científica sobre el cambio climático y no comprenden lo que está en juego. Esta clase política termina pecando por la indiferencia ante la pérdida de la diversidad de la vida, de la destrucción de ecosistemas y ante el sufrimiento de millones de personas que estarán afectadas por el cambio climático.

Por Eduardo Gudynas*

6 de diciembre, 2021.- La reciente cumbre sobre cambio climático celebrada en Glasgow (Escocia) recogió mucho interés en la política, la prensa y la ciudadanía. Algunos celebraron que esa reunión, que tuvo lugar semanas atrás, mantuviera viva las negociaciones internacionales y promocionaron los acuerdos como el enfocado en reducir la deforestación.

Pero examinando con más detalle y rigurosidad los resultados se confirma una alerta que las organizaciones indígenas ya habían adelantado en Glasgow: ese encuentro fue una “sentencia de muerte”. Ha sido un fracaso en lograr medidas concretas para frenar las emisiones de gases invernadero que alimentan el cambio climático, y no sólo esto, sino que los gobiernos reconocen que están actuando en sentido contrario. Y entre los más afectados en el futuro inmediato están los pueblos originarios.

Esta conclusión puede ser resultar muy dura, pero basta examinar el texto de la declaración final, el Pacto de Glasgow, para advertirlo. Nadie lo oculta ni lo disimula. Los gobiernos reconocen que la meta es evitar que la temperatura media del planeta aumente más allá de 1,5 grados. Para poder respetar ese límite, el mismo texto afirma que es necesaria una reducción del 45% de las emisiones de CO2 al 2030, y asegurar cero emisiones netas hacia el 2050. Tanto esas metas como esas obligaciones ya están incluidas, en su esencia, en compromisos previos de los gobiernos así como en el Acuerdo de París de 2015. 

Sin embargo, en unos párrafos más adelante, en el “pacto” se admite que los compromisos asumidos por los gobiernos no resultan en una reducción, sino que por el contrario, habrá un incremento del 13,7 % al 2030. Esto es impactante, ya que al mismo tiempo admiten que no cumplen con la palabra empeñada y confiesan su incompetencia para detener el cambio climático.

En una reciente revisión se aborda con más detalle un balance de ese encuentro (en una publicación conjunta del Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales y el Centro Latino Americano de Ecología Social). Pero se puede adelantar que los mismos problemas se repiten con los demás compromisos firmados por los gobiernos. Por ejemplo, el enfocado en detener la deforestación en 2030, generaba ilusiones porque sería un alivio para detener la reducción de la selva Amazónica. Pero el texto en realidad no establece compromisos concretos, no hay obligaciones ni mandatos para cada país y su redacción hace que esté mucho más cerca a ser una declaración publicitaria.

el texto en realidad no establece compromisos concretos, no hay obligaciones ni mandatos para cada país y su redacción hace que esté mucho más cerca a ser una declaración publicitaria
 

Descargar reporte completo en el siguiente enlace:

 

Los reportes oficiales de los países también están repletos de trampas. Eso ocurre tanto con los informes sobre las emisiones de gases invernadero como con los planes de mitigación. Hay naciones que simplemente no las actualizan; otras, como Canadá o Australia, excluyen sectores completos; y algunas exageran los mecanismos de captación de carbono para lograr mejores balances. También hay países que presentan programas de reducción de emisiones de gases que son incompletos e incluso que pueden desembocar en legitimar que se emiten más gases.

Los discursos pueden ser muy encendidos y radicales, pero las medidas concretas son tímidas o inexistentes

De esos modos, las negociaciones en cambio climático se vuelven cada vez más confusas. Los discursos pueden ser muy encendidos y radicales, pero las medidas concretas son tímidas o inexistentes. Cada país busca proteger a aquellas actividades que, a pesar de sus altas emisiones de gases invernadero, consideran relevantes para su economía. Por detrás de todo esto está la enorme presencia de los intereses ligados a los combustibles fósiles, como los hidrocarburos y el carbón.

Entonces no puede sorprender que el mayor número de delegados en la reunión de cambio climático en Glasgow correspondiera al sector de los combustibles fósiles con 503 personas, superando al país con la delegación más numerosa, Brasil, con 479 integrantes. Estuvieron allí representantes más de 100 corporaciones y 30 organizaciones empresariales enfocadas en los intereses de petroleros y del carbón. Ese número duplica, por ejemplo, a los participantes de las organizaciones indígenas, y es mayor a las delegaciones gubernamentales sumadas de ocho países muy afectados por el cambio climático.

Esta adicción a los combustibles fósiles está presente tanto en el “norte” como en el “sur”. Entre los más grandes contaminadores planetarios se cuentan tanto naciones industrializadas como Estados Unidos, países del sur recientemente industrializados como China, junto a otros como Brasil o México. Esa mezcla se repite cuando se analizan las emisiones acumuladas desde 1850 y se vuelve aún más complejo cuando se consideran los gases invernadero por persona. El acuerdo entre China y Estados Unidos, países bajo ideologías políticas opuestas, en realidad refleja esa comunión.

Sin embargo, varios gobiernos de ese “sur” imaginado, incluyendo a muchos de América Latina, abusan de la condición de tener proporcionalmente menos o pocas emisiones de gases invernadero en el total mundial. A partir de ese hecho consideran que pueden seguir emitiendo gases o continuar con sus exportaciones de hidrocarburos o carbón, aunque al quemarse en algún otro sitio también contribuirán al efecto invernadero. Desde esa óptica, lo relevante es lograr un beneficio económico. Pero en realidad todas las emisiones se suman, sean grandes o pequeñas, y esto hace que todas las naciones sean responsables.

Sin embargo, aquel razonamiento sigue muy presente. Por ejemplo, allí en Glasgow, el delegado de Bolivia, usó ese justificativo para sostener que los países de ese “sur” imaginado no debían estar sujetos a las mismas exigencias. Consideraba que esas naciones no eran históricamente responsables y que para muchas sería imposible alcanzar cero emisiones netas en 2050. De forma muy simplista calificó las demandas de reducción de las emisiones invernadero en un “colonialismo del carbono”.

Esa postura está por detrás de la insistencia en la explotación petrolera no sólo en Bolivia, sino también en Perú, Ecuador y Colombia. Una actividad que para mantenerse necesita buscar y explotar nuevos yacimientos, y esto desemboca en invadir territorios indígenas y en contaminar sus ambientes. Esto es justamente lo que ocurre ahora en Bolivia, donde el gobierno retomó la agenda de avanzar con los extractivismos dentro de las tierras comunitarias de origen y en comunidades campesinas. La consecuencia de todo esto es una nueva ola de impactos sobre los indígenas.

Tanto las naciones del “norte” como del “sur” otorgan enormes subsidios a los combustibles fósiles.

Al mismo tiempo, la respuesta de los gobiernos de no contar con dinero suficiente para lidiar con el cambio climático carece de validez. Tanto las naciones del “norte” como del “sur” otorgan enormes subsidios a los combustibles fósiles. La más reciente evaluación los estima en US$ 11 millones por minuto; son más de US$ 15 mil millones por día. Si esos subsidios fueron desmontados, las emisiones de CO2 podrían caer 36%, y esos mismos fondos se pueden utilizar en apoyar la protección de bosques, alternativas energéticas y transformaciones agropecuarias.

Niveles de CO2 en la atmósfera medidos en partes por millón (ppm) y los principales acuerdos internacionales para enfrentar el cambio climático. Información del observatorio en Mauna Loa (Hawái). Redibujado de Scripts Institution of Oceanography, UC San Diego y NOAA.

La reunión en Glasgow fue la número 26 en la secuencia de encuentros gubernamentales para lidiar con el cambio climático. Cuando en 1992 se firmó la Convención Marco en Cambio Climático, la concentración de CO2 en la atmósfera estaba un poco por encima de 350 partes por millón; en el año 2000 alcanzaba las 370 partes; cuando se logró el Acuerdo de París, en 2015, ya alcanzaba las 400 ppm, y este año, tras el Pacto de Glasgow subió a más de 410 ppm. Como puede verse, la concentración de ese gas siempre estuvo en aumento. Nunca se logró detenerla. La evidencia es irrefutable: estamos ante un repetido fracaso de la política.

Los conglomerados de actores políticos no entienden la evidencia científica sobre el cambio climático. No logran comprender o aprehender lo que está en juego. Hay algunos individuos que sin duda entienden lo que expresan los indicadores, las gráficas o los modelos, pero lo que aquí se quiere indicar es que como colectivo, como conjunto, e incluso como clase, no asumen lo que está sucediendo ni sus consecuencias. Esto se acaba de confirmar en Glasgow, donde los gobiernos firman un “pacto” que al mismo tiempo por un lado indican la necesidad de reducir las emisiones de gases y por el otro advierten reconocen que no lo hacen. Estas contradicciones no los incomodan.

De esos modos, esa clase política termina pecando por la indiferencia ante la pérdida de la diversidad de la vida, de la destrucción de ecosistemas, y ante el sufrimiento de millones de personas que estarán afectadas por el cambio climático. Están dejando morir a la Naturaleza y con ello a las personas.

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* Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES).

 

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